Uno va acumulando imágenes dispersas, papelitos, rollos sin editar de la película y montones de cosas que no sirven para nada y que no bota, porque uno nunca sabe… Y así va deambulando en medio de todo ese desorden y piensa qué decir en una mesa sobre arte y conflicto armado. Entonces salta de repente una imagen —nada que ver, en apariencia, con el tema de la charla—, pero la imagen no se va.
Me veo cambiando pañales otra noche, 17 años atrás, cuando se interrumpió la programación habitual para transmitir desde Soacha el asesinato de Galán: 18 de agosto de 1989. Veo la tarima burda de madera en esa plaza y lo veo a él: los brazos levantados y su gesto, tal vez el último consciente, y luego aquella confusión: creo que él se cae y hay un tumulto y gritos —me acuerdo mucho de los gritos— y luego lo levantan; se lo llevan acostado, vulnerable. No sé por qué se me grabaron los zapatos de Galán, junto a los pañitos húmedos en la mesita de noche de mi cuarto. Recuerdo también la secuencia en cámara lenta, congelada y vuelta a repetir en todas las noticias: quizás es parte ya de nuestro imaginario, como aquel instante en que un avión rompió las Torres Gemelas y luego llegó el otro y todo el mundo vio pero nadie pudo hacer nada.
Se ha vuelto parte de nuestra colección particular de imágenes ser testigos del instante que partirá la historia en antes y después; en lo que es y ya no es (nunca jamás). La vida y la muerte, que suelen parecernos tan distantes en la rutina cotidiana, de repente, vía satélite, se ven unidas por un hilito tenue que se rompe. En un instante vida y al siguiente muerte: cara o sello, sin pasos intermedios. La cámara se ensaña en repetir y resucita al muerto para matarlo una y otra y otra vez. Y aunque sabemos que está muerto, la imagen retrocede el tiempo, ese que ya no volverá, y vemos al muerto moverse como siempre, con la inocencia de no saber ni presentir lo que le va a pasar «en contados instantes» —como suelen decir los reporteros de televisión—. Desde nuestros respectivos cuartos nos volvemos testigos atónitos, a la vez impotentes y culposos, de ese contado instante que separa la vida de la muerte. Un instante que antes era íntimo: de hecho, morir era un tabú y de eso no se hablaba. Ahora se ha convertido en un asunto para congelar, repetir y analizar en vivo y en directo.
Tal vez fue la comprobación de cercanía entre los dos extremos —vida y muerte— la que me hizo temblar de miedo la noche del asesinato de Galán. En la penumbra de un apartamento iluminado por la luz del televisor, junto a un bebé moviendo las piernas y los brazos —¿acaso hay una imagen más obvia de la vida?—, mis ojos oscilaban entre esos dos extremos: el cuarto y aquello que genéricamente llamamos «el país». Y más adentro, en un lugar incierto, casi entre las costillas, sentí un miedo —cómo llamarlo— existencial. Ya sé que el nombre suena pretencioso pero da cuenta de una sensación inédita de vulnerabilidad, de sentir que nos pesan el mundo y el país y las fuerzas oscuras, o como quiera que se llamen, y el azar y el destino y el futuro y todo lo que más allá de la penumbra de la habitación resguardada sabemos que nos resulta imposible controlar. Es una mezcla de impotencia y responsabilidad que creo que sólo se siente al tener hijos —sí, ya sé que suena a frase de cajón—. Es ese miedo en cuerpo ajeno y a la vez en carne viva por no saber qué les espera. Y de repente me oigo yo, 1989, pensando en off todas aquellas frases recurrentes y manidas que tantas veces había jurado no decir y que me hacían sentir heredera de un mal libreto, de un gran lugar común, casi al estilo de El derecho de nacer. Recuerdo haber pensado en el país que le esperaba a esa criatura y en la frase lapidaria que inevitablemente le sigue al parlamento: ¿por qué la habré traído al mundo?
No quiero decir que el miedo a la muerte hubiera estado ausente de mi vida. Pienso que todos, al rebobinar la película, podemos hallarlo agazapado desde la más temprana infancia. Quizás primero nos sorprende alguna imagen, a la vez culpable y angustiosa, de la posibilidad de que se mueran otros: los papás. Más tarde, y a pesar de la ilusión del todo por hacer, de la sensación de eternidad e invulnerabilidad que es parte de la juventud y que nos impulsa a toda clase de locuras, se cuela esporádicamente el fantasma de la muerte de un amigo y pensamos que a nosotros también podría (nótese el condicional) sucedernos. De algún modo, el proceso de volvernos gente grande aumenta las probabilidades y cambia aquella forma del condicional por la del presente simple puede, aplicado todavía para la gente en general. Después evoluciona hacia el podemos, plural más incluyente —pero nosotros aún es mucha gente—, hasta que un día alcanzamos la primera persona y conjugamos puedo, en singular. Sin embargo, esa sensación inédita de aquella noche del 89 no la experimenta uno como persona, digamos natural, sino cuando se siente responsable de otra vida. Entonces el miedo al puedo adquiere el horror de tener que abandonarlos, de necesitar vivir para cuidarlos. Y el sentimiento sigue evolucionando; mientras los hijos crecen y dejan de necesitarnos, el miedo se empieza a conjugar y a referir a ellos: el pánico innombrable de que les llegue a pasar algo.
Por supuesto, vivir en un país donde el conflicto armado ha hecho que la muerte y la vida convivan con esa familiaridad tan habitual para nosotros aumenta el miedo al puedo y forma parte de la colección privada de imágenes que todos, artistas, escritores o personas sin más título, vamos acumulando. No puedo ser igual a una sueca o a una australiana, ni como gente ni como madre ni como escritora, por ser de un lugar donde mis referencias y mi historia se entrecruzan con el miedo. Soy hija del estado de sitio, nieta de la Violencia y bisnieta de la guerra de los Mil Días. Fui alumna entre la toma de la embajada dominicana, el estatuto de seguridad y el incendio del Palacio de Justicia. Mi práctica professional se ubica entre el asesinato de Guillermo Cano, las bombas de Pablo Escobar, el exterminio de la Unión Patriótica y las masacres de Urabá. Las fechas de nacimiento de mis hijos, ya lo dije, están ligadas a la muerte de Galán, a la de Pardo Leal, a la de Pizarro y tantos otros. He criado niños propios y ajenos entre el fuego cruzado de la guerrilla y de los paramilitares, entre los desplazados del semáforo, entre la incertidumbre de no saber cómo decir, cómo dar cuenta del horror, cómo explicar cada noticia que los hiere.
En mi papel de maestra de literatura de niños he tenido que explicarle a una chiquita de dos años el secuestro de su papá: «Está en un sitio de donde no lo dejan venir. No es que te haya abandonado, no es que ya no te quiera, es que unos señores no lo dejan salir de donde está» («¿Por qué no lo dejan salir? ¿Son malos esos señores?»)… He acompañado a otra familia, durante varios años, a explicarles a sus hijas que su papá está perdido («perdido en la tierra», decía la más pequeña), y luego hemos tenido que ayudarlas a entender, en un lenguaje comprensible —¿acaso existe un lenguaje comprensible?—, que finalmente apareció, pero que está muerto y que no habrá ataúd porque nadie entregó el cuerpo.
He recomendado libros para que un hermano de doce años le lea en una sala de cuidados intensivos a su melliza, que se debate entre la vida y la muerte, con una pierna amputada y todavía sin aceptar que sus padres y su hermanita han muerto en el atentado terrorista. He tratado de reconstruir, juntando trazos infantiles de soles, de paisajes, de serpientes y panteras, un libro sobre África que se quedó sin terminar en el taller y que los niños quieren tenerle listo a su profesora cuando la liberen del secuestro. He escrito columnas —a veces pienso que estoy condenada a escribir la misma columna, cambiando nombres, simplemente— sobre los niños de Pueblo Rico, sobre los de Bojayá, sobre los de El Nogal y tantos más. Soy autora de un libro para niños titulado Los agujeros negros, inspirado en la historia de los investigadores del Cinep, en el que quise llenar huecos para dar forma a las preguntas de un niño que se salvó porque su madre lo escondió en un armario en el último instante de su vida.
No es que me haya propuesto hacer esas cosas, ni que me haya preparado para saber qué contestar, ni que un día haya decidido matricularme en alguna corriente de esas que los escritores y los críticos de generaciones precedentes denominaron «literatura comprometida». En realidad, nunca he sabido qué decir ni qué escribir en esos casos —nadie sabe— y me ha tocado, como a todo el mundo, «hacer de tripas corazón» y conformarme con lo que buenamente puedo... Pero todas esas cosas son parte de la película sin editar a la que recurro cuando escribo y que está ligada a mi historia y a mis gestos («Las colombianas se reconocen desde lejos por la forma como agarran la cartera», me dijo un amigo en Buenos Aires, y yo le completé la imagen: «Y también por la forma como agarramos a nuestros niños para que no se nos pierdan y nadie nos los robe»). El miedo y la desconfianza, cómo negarlo, son parte de nuestra carga genética.
Todas esas imágenes desordenadas confluyen, naturalmente, en las páginas que escribo. En esa especie de cajón de sastre se mezclan, cada vez en dosis diferentes, risa y llanto, apego, susto y esperanza y, también hay que decirlo, toda la gama de sensaciones de la vida cotidiana porque la mayor parte de los días son comunes y corrientes, aun en medio de una guerra. Es, en el fondo, ese deseo incierto de escribir el que gobierna y traza rutas y ya no importa el tema, sino la voz, la luz particular de ese momento, los personajes, la arquitectura de una historia… Quizás es eso lo que distingue a la literatura: la necesidad de dar cuenta de la particularidad humana; de aquello que se extiende entre los dos extremos, vida y muerte, y de todo lo que hay en la mitad. Lo que interesa es esa arista en la que el conflicto armado, el país, la xenofobia o lo que sea, se cruzan con lo personal, con lo que no muestran las noticias. La tenue línea de lo humano: la que separa lo que vemos de lo que a veces ni siquiera nos atrevemos a decir.
Mientras andaba por la calle pensando en que no tenía ni idea de cómo abordar el tema del arte y el conflicto armado, se me apareció una valla publicitaria: «Revista Cambio. Las cosas como son». («¿Acaso, cómo son?», me pregunté). Entonces descubrí cuál era el matiz que me gustaría aportar a esta conversación. Podría añadirle al eslogan un par de convenciones ortográficas: quizás unos puntos suspensivos y unos signos de interrogación: «Las cosas… ¿cómo son?». En esos intersticios abiertos de repente a la vacilación y a la pregunta se ocultan las infinitas posibilidades de rellenar con la imaginación, con todo el peso bueno y malo de la vida, con eso que cada uno lleva puesto, las mil versiones de una historia.
El proceso de creación literaria, no el de escribir columnas ni ensayos ni el de hacer pedagogía, escapa a toda lógica. Uno va acumulando imágenes, ya lo dije, y espera a que se sedimenten. Y los zapatos de Galán se mezclan con la niebla del Sumapaz y con tardes tranquilas refugiada en el estudio y con las manos de un bebé que todavía no sabe dónde vive y con el humor negro y con la música que suena y con los libros que leí y con la forma tan aprensiva como las colombianas agarramos la cartera y con la novela que acabo de escribir y que nada tiene que ver con el conflicto armado. O tal vez sí, claro que sí...
Entonces viene a la memoria una imagen de mi infancia. Los adultos hablando en voz baja: «Los niños para afuera, los niños a jugar…». Y luego llega otra: tengo diez años, estoy comiendo helados con mis hermanos en una heladería desocupada porque es lunes, aunque a nosotros no nos mandaron al colegio. La mejor amiga de mi mamá se encargó de distraernos todo el día mientras el resto de la gente llora en un entierro. No quiero estar ahí; yo también estoy triste y tengo derecho a la tristeza, pero «por nuestro bien», como decían entonces, para evitarnos sufrimientos, han decidido inventar, en ese lunes triste, un domingo artificial. Violeta se llamaba la amiga de mi mamá. Violeta se llama también la mejor amiga de Juan, el protagonista de Los agujeros negros, ese niño que una noche, a los siete años, le pregunta a la abuela qué sucedió esa otra noche cuando su madre lo dejó encerrado en ese armario y nunca más volvió. El arte, vaya uno a saber, como los sueños, se encarga de unir lo general con lo particular; lo mío con lo tuyo y con lo nuestro y con todo lo demás.
Las cosas… ¿cómo son? Crear, en cierta forma, es ser humilde y cambiar la pretensión de verlas «como son» por la ilusión de reinventarlas cada vez. Quizás es sólo eso: dejar que las imágenes emerjan poco a poco. Las que yo tengo arrumadas tal vez ayuden a explicar por qué no saltan conejitos blancos en las páginas que escribo para niños. Quizás trato de hablarles como habría querido que me hablaran o quizás ellos y yo hemos perdido la inocencia. No sé, no puedo asegurarlo. En este oficio nunca se sabe nada con certeza. ¿Será por eso que inventamos?
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