Gracias al correo electrónico que me
envió a primera hora
mi amigo Alberto Quiroga, pude informarme del resultado de las elecciones.
Bienvenida la desgracia. El hijueputa e-mail de El Tiempo decidió hoy
que yo no estoy autorizado para abrir esa página y no me había
podido enterar del desarrollo de los comicios. Acudí al moribundo
El Espectador, pero el pasquín virtual sólo abre con
la fecha de ayer y no aparecen noticias frescas. Sin embargo, el amable
heraldo del barrio llegó sin suscripción, por buena voluntad,
preciso y con firma propia.
Yo nunca había votado y voté. La experiencia fue un poco
traumática, pues aparte de la insoportable gripa que me acompañó durante
todo el trayecto, sin contar la semana que precedió a la gran
fecha patriótica, por primera vez en la vida tuve que hacer
declaración pública de mis impedimentos físicos.
Sí, señor presidente, le dije al bogotano con cara de
doctor honesto que presidía la mesa de votación: «Declaro
que soy un “elector impedido”».
Resulta que cuando entre estornudos llegué al consulado de la
república de Colombia, en el 500 de la avenida Michigan en Chicago,
después de haber revisado cuidadosamente los documentos necesarios
para ejercer la democracia en un solitario ritual en el ascensor, sentí que
algo faltaba. Como es costumbre, inocente del esfuerzo que hacían
los motores y las poleas del Mitsubishi para llevar verticalmente hasta
el vigésimo piso su carga de 82 kilos de pretendida democracia,
estuve presionado por la rigurosa ausente voz de Sally que sonaba por
los parlantes de mis sesos entonando la obligada lista de chequeo.
—¡Que no vas a dejar la cédula! ¡Acordate
del pasaporte!
— ¡No me jodás! En la billetera tengo el registro
electoral, que es lo que cuenta... —le respondí, agitando
con desespero la única prueba contundente que podía argüir
a mi favor... como inventando defensas de marido desordenado.
Fue un ascenso con gestos de simio incómodo, palmoteando la
superficie exterior de todos los bolsillos repletos con los kleenex
que el invierno te obliga a arrastrar. Los de la chaqueta, los del
suéter, la camisa, el pantalón... para cerciorarme de
si en alguno de ellos se encontraba el bultico de cuero aquél,
el tamalito que carga por costumbre los citados documentos.
¿Será que de un instante al otro podría desvanecerse
tanta buena voluntad? Yo, que tanto me he preciado de recordarle a
mi esposa que dos semanas atrás hice el esfuerzo de ir en medio
del gélido ventarrón de febrero de la windy city hasta
esa oficina donde ejerce funciones un cónsul de fino linaje
paisa, el hijo de un exministro, exgobernador, excalcalde, exdirector
y propietario del periódico más provincial que ciudad
con gran moral y desbordantes perversiones y violencia hubiese inventado
en el mundo para mantener su prestigio. Hablo de Medellín, por
supuesto.
Con mucha amabilidad y tolerancia, había aprovechado la inscripción
de mi cédula en la lista electoral para ir a saludar a ese muchacho
flaco de apariencia tímida que, antes de haber sido premiado
con el regalo del consulado por el apoyo que su padre prestó a
la campaña del actual presidente de la república, un
par de años atrás había sido el patrón
de mi hermanita Vicky... la que ahora trabaja en Venezuela. Ella había
sido la arquitecta encargada de una empresa inmobiliaria suya en uno
de los tantos períodos de quiebra nacional, antes de que tuviera
que irse a buscar fortuna a Caracas con los supermercados Éxito.
Mercancía barata por aquí, mercancía barata por
allá.
«Hay que dialogar a pesar de las diferencias», me dije
en un arrebato de militancia matinal. El momento histórico lo
exige, compañero… Hagamos signos de buena voluntad, aunque
sea en miniatura, para llegar a un entendimiento. Jalémosle
a las conversaciones de paz y al voto en el extranjero. Participemos
en el gran evento democrático de un país convulsionado
y con sentencia de muerte sobre la cabeza si sus ciudadanos no nos
pronunciamos definitivamente contra el terror, como he aprendido en
mis recientes cursos de ciudadano por e-mail.
La puerta del ascensor se abrió. Tenía en la boca una
sonrisa nerviosa y un estornudo contenido, en la mano la billeterita
de cuero que compré meses atrás en el One Dollar Store
de la avenida Milwaukee, con pasaporte, cédula y registro. Divisé a
cuatro colombianos. Dos parejas, para ser más precisos, cruzando
la puerta del consulado. Cargaban una de esas muecas de contenida felicidad
que se instalan en los rostros de quienes salen de la última
consulta al dentista después de un largo tratamiento. ¿Será tan
doloroso?, me pregunté. En el piso del pasillo había
arrumes de volantes de campaña, como insinuando «Señor,
agáchese y entérese». La mayor parte era propaganda,
semejante a la que había visto en la mesa del portero en el
hall del edificio. Recordé que el gran negro de uniforme azul
que prestaba guardia esa mañana de domingo me había hecho
firmar el cuaderno de registro y solicitado, con tono nasal del Mississippi,
que cogiera uno de esos papeles verdes dispuestos sobre su escritorio. «No
blues, but greens... No, thanks», le dije al ver la foto de una
cara conocida allí impresa. Su buena voluntad lo había
hecho caer en la nuevecita y bien lubricada maquinaria del candidato
presidencial Uribe Vélez, quien para mí representaba
la razón más contundente para haberme decidido a votar.
Era urgente sumar votos para mermar el peligroso avance en las encuestas
preelectorales de un político profesional apoyado abiertamente
por las grandes derechas y que era considerado públicamente
uno de los gestores intelectuales de los grupos paramilitares que sembraban
el terror en mi añorado paisito. Mancharía mi dedito,
como decían antes, votando por figuras políticas de aroma
democrático.
Pensé en mi amigo Daniel García-Peña, que había
decidido inscribirse como candidato a la Cámara de Representantes
y en los dos últimos meses me había enviado mensajes
explicando el porqué había que votar, cuáles eran
sus planes de campaña, quiénes eran los hombres que le
inspiraban confianza. Él no estaba de acuerdo con la guerra,
ni con la ruptura de conversaciones con la guerrilla de las Farc, decisión
que el presidente Pastrana tomó con el apoyo y la presión
del gobierno americano. Después del 11 de septiembre el mundo
había cambiado y el gobierno del presidente Bush estaba dispuesto
a atacar a todos aquellos que no estuvieran de acuerdo con sus políticas.
Tras «acabar» con la rebeldía afgana, habría
que continuar con todos los terroristas del mundo, y en Colombia había
una buena dosis. Detrás de esa presión se escondía
un interés fundamental: petróleo barato para que el gran
motor de la limusina gringa circule con su acelerador automático
encendido por las grandes autopistas de este mundo. Los grupos armados
de izquierda ponían en peligro el abastecimiento en esa estación
alterna de gasolina tan florida que es Colombia. Necesitamos políticas
y políticos para construir la paz en un país donde las
palabras narcotráfico y corrupción han precipitado al
abismo todas las esperanzas de un pueblo sufrido. Necesitamos demócratas
pacifistas y honestos para que dirijan nuestros destinos. Hay que acabar
con el dinero sucio. Vaya el manojo de buenas intenciones… Y
yo, por aquí, a distancia, tratando de no dejar señales
de ninguna raíz gringa, pues le jalaba con pura convicción
a mi profunda afección territorial... Mi amigo me mantenía
al tanto de quiénes abogaban por la legalización de las
drogas como eficaz medida para acabar con los medios de financiación
de las guerras, la sucia y la «limpia», que habían
instalado campamento en el país de mi propia madre. Entendí su
mensaje y me dije «Pues si todo eso lo estoy diciendo yo desde
hace tiempos, compañero», ¡le-ga-li-za-ción!...
Pero ni en los arrumes en el piso ni pegado en las paredes había
un solo papel que promocionara con grandes letras los nombres de esos
políticos que considerábamos honestos. No se veía
por allí un letrero que dijera Petro, Navarro, Gaviria, Cuartas.
Y, vaya desgracia, mi pésima memoria estaba en escena y no recordaba
el número de su papeleta en medio del inmenso listado electoral.
—Señor, ¿va a votar?
En el hall del consulado estaban sentados dos señores. Frente
a ellos la urna, y a su lado una caja llena de las famosas papeletas.
—Sí, cómo no.
Simulando pericia, les extendí el pasaporte donde se encontraban
la cédula y el registro.
—El pasaporte no es necesario, señor.
Me lo devolvió y lo guardé en no recuerdo cuál
de todos los bolsillos.
—Señor, usted debe llenar dos planillas: una para la Cámara
de Representantes y otra para el Senado. Escoja entre las listas que
están en este sobre. Tenga, señor, y marque una equis
sobre la que elija.
Ya iban cuatro veces que me llamaba señor y las canas estaban
volviéndose evidentes. Sentí a mi espalda nuevas voces
con acentos diversos en español colombiano y al girar mi cabeza
calculé unas diez personas esperando su turno. Tan pronto me
entregaron las listas, tuve el reflejo de empezar a palmotear de nuevo
mis bolsillos. Los mismos de la chaqueta de cuero de aviador, el suéter
gris calientito que me regaló el cuñado, la camisa, el
pantalón. Pero no palpaba la estructura que buscaba. Esta vez
agregué una revisión en torno al pabellón de los
oídos y nada. «Mierda, no las traje», me dije.
—Hombre, qué pena —le lancé con tono humilde
al primer jurado de votación que presintió mis dudas—. ¿No
tienen estas listas en letras más grandes? Es que al parecer
olvidé las gafas en casa y no logro leer esas liniecitas…
Comencé a alejar de los ojos los papeles llenitos de líneas
borrosas, pero se acabó la extensión del brazo y no logré descifrar
un solo número, una letra, un apellido, ni a reconocer una cara
entre esas especies de bombillos grisosos impresos en el papel.
—No, señor. Esa es toda la información de que disponemos.
—Entonces perdóneme, vuelvo en hora y media, mientras
voy a casa y recupero mis gafas. ¿Me guarda mis papeletas?
—Señor, lo sentimos mucho, pero como ya están abiertas,
el procedimiento exige que sean depositadas en la misma sesión
o, desafortunadamente, anuladas.
Lo dijo durísimo, como si tuviera la intención de anunciar
a todos los de la fila que la ley colombiana estaba presente y activa.
Mientras, yo continuaba tratando de descifrar las letricas. Recordé a
Susanita, mi gran amiga diseñadora, siempre orgullosa de utilizar
minúsculas escrituras en sus maravillosos diseños. Mierda,
todos estos estetas piensan sólo en las vistas luminosas de
los menores de cuarenta años. Claro que en este caso se trataba
de economía política y no de arte, entonces la excusé.
Un reflejo se desprendió de un vidrio, tropezó con mi
cabeza y las canas empezaron a brillar. Los murmullos de la amorfa
cola que esperaba turno para votar se intensificaron.
—Hermano, eso sí me parece la cagada… —encaré al
presidente de la mesa—… ¿Cómo así que
por razones de envejecimiento normal o presbicia no voy a poder consagrar
mi inalienable derecho al voto?
Escuché un resoplar femenino en los sesos. Sally, perdóname.
García-Peña, perdoname. Álvaro Uribe V. se reía
sin abrir la boca, montado en uno de esos magníficos caballos
de paso sobre los que se pavoneaba de niño en la Feria Exposición
Agropecuaria de Medellín. Recuerdo perfectamente a ese engreído
muchachito con pulcritud y cara de primera comunión agarrando
con destreza las riendas del corcel que le había ensillado su
papá. ¡Y pensar que ahora se postula para presidente de
la república! Dios santo, si ese muchachito blanco, paisa, pichón
de rico de mi generación, abiertamente partidario de armar a
la población civil para enfrentar a la guerrilla sube al poder,
tendré que vivir arrastrando la vergüenza que me propició el
desorden cotidiano.
Los dos hombres decidieron hablar en voz baja entre ellos. Yo aproveché para
colocar las hojas sobre la mesita y apostarle de nuevo a la visibilidad
a distancia. Disimuladamente me fui alejando, tanto que logré que
la nubosidad se convirtiera en ausencia, en nada. «Jeputa»,
murmuré entre dientes.
—Definitivamente no veo un coño sin gafas, señores.
—Señor, hay una concesión prevista por la ley para
estas ocasiones. Si el elector está impedido para ejercer su
derecho al voto por limitación física, puede ser ayudado
por otro elector que libremente acepte prestarle el servicio requerido.
Por ejemplo, en su caso, si alguno de ustedes —aumentó el
volumen de su discurso y dirigió su mirada a todos los presentes,
que ya eran unos quince— está dispuesto a ayudar al señor
leyéndole los nombres, los partidos que representan y el número
correspondiente del tarjetón, pues puede hacerlo.
Me pareció que ninguno de los presentes era mayor de 37. Cualquiera
podría hacerme el favorcito.
— ¿El señor se declara impedido físicamente?
—Sí, señor presidente. No veo ni un carajo sin
gafas, me declaro impedido...
Una joven mujer de unos 30 años, con aspecto de estudiante capitalina
de posgrado, miró a su esposo, de 35, con cara de estudiante
capitalino de posgrado, fruncieron la boca y asintieron con los ojos.
Ella dio un paso adelante y sin decirme nada, dócilmente cogió la
lista. Nos dirigimos al rincón que nos asignaron los jurados
en lo que normalmente es la salita de espera del consulado. Comenzó de
inmediato a leerme con un volumen un tanto más alto del que
se utilizaría en un confesionario. Me sentí incómodo,
pues toda la fila podría enterarse de mi candidato, pero no
fui capaz de hacerle ningún reproche. Cubrí el ángulo
de espionaje con mi espalda, me agaché lentamente y aproximé el
oído a su boca para que entendiera que no era necesario divulgar
mi decisión.
«Cámara de Representantes. Lista de candidatos en el exterior...».
Y empezó a desfilar un sartal de nombres desconocidos. Jamás
los había escuchado y ahora no lograría recordarlos.
Tal vez estaban en orden alfabético y podrían haber sido
algo así como Absalón Abad Abadía, Bernardo Barrera
Barreneche, Carlos Camargo Castaño... Para ahorrar tiempo, quise
preguntarle si no veía por ahí el nombre de mi amigo
Daniel, pero me atacó una repentina timidez y tampoco me atreví.
Ella, paciente, secundada por la mirada de su esposo, quien ya había
hecho su votación y la esperaba reclinado al marco de la puerta,
terminó la primera tanda y pasó a la siguiente lista.
Lista de las negritudes. Ahí me sentí más a gusto.
Recordé al portero del edificio y sonreí. Huy, hermano,
si me hubiera pasado de una estas listas y no las de ese candidato
blanco y pendenciero. ¿Se da cuenta del papelón que nos
habríamos ahorrado?
Un oleaje de calor atacó la escena. No sé si fue un resto
de fiebre que subió a la cabeza y me hizo confundir la incomodidad
de la gripa con un simulado ataque de delirio palúdico, o tal
vez que la lluvia que golpeaba las ventanas del consulado y la palidez
del día se sumaron al giro en la piel de los candidatos y me
sentí transportado a las profundidades del trópico. Escuché el
eco de una voz anciana entonando una súplica.
—El día en que yo me muera, ¿quién me irá a
enterrar?
El eco se volvió imagen y súplica, un rosario acelerado.
—Dios te salve María llena eres de gracia… —detuvo
el rezo, frunció el ceño y gritó—: hay papeleta
falsa. ¡Hay papeleta falsa!
Era una diminuta mujer negra, ebria, de unos 70 años de edad
y piel brillante, que botella de ron en mano alertaba a gritos al corrillo
alborotado que se apretujaba y vociferaba en el patio de la escuela,
tratando de ganar su puesto para votar.
Estaba en Tanguí, en el Atrato Medio, en pleno Chocó,
a escasos ciento sesenta kilómetros de la frontera entre Colombia
y Panamá. En ese paraíso natural, cargado de agua, selva
y mosquitos portadores del paludismo, donde había realizado
uno de mis últimos documentales antes de que hubiésemos
decidido venir a vivir a Chicago por razones que no son del caso mencionar.
Recuerdo que luego de grabar los planos obligados de la señora,
corrimos al patio. Había dos filas. Más bien, una fila
de mujeres y un hormiguero de hombres. El inspector del pueblo discutía
a los gritos con un votante recién llegado de Quibdó en
lancha. Era evidente que la población estaba dividida: los que
vivían en el caserío estaban por un compadre de su asociación
campesina y muchos de los que tenían su negocio en la capital
apoyaban a un candidato de una lista liberal tradicional. Todos los
nacidos en el pueblo habían registrado su voto en Tanguí pues
iban a elegir por primera vez un alcalde para el Atrato Medio. La algarabía
se convertía en risas con cualquier afirmación de alguno
de ellos y pronto comprendimos que la disputa no iría más
allá de las palabras. Bulla, la bulla natural de los humanos
del trópico, haciéndole coro al estruendo de las chicharras.
Entramos a la sala de votación. El presidente de la mesa número
uno era Saturnino, el personaje del documental. El día anterior
se había enterado de su privilegio y allí estaba con
su camisa más limpia, ejerciendo el alto honor que le correspondía.
Tan pronto instalamos el trípode, se escuchó al unísono
un coro de varones.
—Dejen pasar a Emiro, dejen pasar a Emiro.
Era un viejito medio ciego e inválido, al que dos musculosos
jóvenes portaban en andas sobre un taburete. Lo cargaron hasta
la mesa. El hombre traía la papeleta en su temblorosa mano y
con la ayuda de uno de ellos trató de introducirla en la caja.
La morena voluminosa de fino rostro que acompañaba a Saturnino
como jurado, al ver que la cámara filmaba la escena, dijo con
mucha convicción al ayudante:
—Lo siento mucho, pero la papeleta sólo puede introducirla
el votante.
Saturnino guardó silencio. Los muchachos le hicieron un gesto
de excusa al viejo y quedaron atentos para volver a levantarlo. Todos
los negros del patio callaron y alternaron la mirada entre mi hermano
camarógrafo y el primerísimo plano de la mano flaca y
temblorosa del viejo, que golpeaba todos los bordes de la ranura pero
no lograba introducir la papeleta.
El presidente de la mesa nos lanzó una ojeada. Parecía
apenado por la situación. Sin respetar el protocolo, le dije
a Saturnino:
—Dejen que alguien le ayude. Todos somos testigos de que no le
van a cambiar su voto.
Nadie opuso resistencia. La chica le dijo algo en voz baja a Saturnino
y el viejo líder asintió sabiamente. Entonces le hizo
un guiño a uno de los negros, quien no vaciló en tomar
la muñeca del anciano para que pudiera encestar su papeleta
en la urna y nosotros desprendernos del magnetismo de su parkinson.
El viejo sonrió. El público aplaudió. No se dijo
más y nos fuimos.
Al caer la tarde, el pueblo se enfrascó en una soberbia borrachera.
Celebraban el triunfo parcial del candidato de la asociación
de campesinos que los representaba y sólo faltaba que se hiciera
el conteo final de los votos de los corregimientos en Beté,
la cabecera municipal, para confirmar su alegría.
Al día siguiente, navegábamos tensos en una lenta canoa
por un afluente del Atrato, atisbados desde las colinas por vigías
guerrilleros o paramilitares camuflados en cambuches de barequeros,
cuando fuimos abordados por una lancha voladora. Dos hombres agitadísimos
nos solicitaban que fuéramos inmediatamente con nuestros casetes
a Quibdó para demostrar que Roque, su candidato, había
ganado en la votación de Tanguí. Ocurrió que esa
mañana, mientras los designados por la Registraduría
se preparaban para la suma de los votos, una gente había incendiado
la casa donde se encontraba la urna número uno y no quedaba
ninguna constancia de que Roque, su candidato, hubiera triunfado en
Tanguí. Incluso se ponía en duda la existencia de la
mesa de votación número uno.
Mierda, les habían robado las elecciones en vivo y en directo.
De nada sirvieron nuestras declaraciones. Copiamos el material grabado
y lo enviamos como prueba procesal a la Registraduría, donde
dormiría para siempre en un archivo o desaparecería vilmente
en cualquier trasteo. Luego nos enteramos de que actos semejantes habían
ocurrido en el Baudó y en no recuerdo cuál otro municipio.
La vieja historia se repetía. Las elecciones en Colombia tenían
una larga historia de robos, compras de votos, desaparición
de urnas. Con razón los muros de las ciudades siempre se llenaban
de letreros que decían descaradamente ¡Abajo la farsa
electoral!
—Señor, ¿le interesa alguno de ellos? La amable
muchacha bogotana me traía de nuevo a la fría realidad
del estado de Illinois. Me sentí deprimido. ¿Volverá Chicago
a incendiarse? ¿Será que mi voto se perderá en
un accidente de avión entre Miami y Cartagena? ¿Caerán
las papeletas sobre Cuba o se las comerán los tiburones? ¿Será que
voto o mando todo este ritual para la mierda?
En dos oportunidades quise hacerlo, pero a mis candidatos los asesinaron
antes de la fecha de elecciones. La primera fue por Jaime Pardo Leal,
un señor con pinta bonachona que representaba a la Unión
Patriótica, un grupo político de izquierda que aceptó entrar
en la política abierta pensando que podría hacer cambios
en el país desde las venerables salas del Congreso y los cargos
públicos, pero se lo bajaron a mansalva un domingo cuando regresaba
de su casita de campo acompañado por su señora. Luego
quise hacerlo por Bernardo Jaramillo Ossa, un inteligente y activo
muchacho de Manizales que asumió la jefatura de ese movimiento
luego del asesinato del primero. A éste lo mató un muchachito
de Medellín, no se sabe si fue contratado por los militares
o por los mafiosos de la época que luego se unieron a los militares
y se volvieron aguerridos paramilitares y ahora amenazan ganar las
elecciones… Dicen las cifras que del grupo de mis candidatos
asesinaron como a cinco mil militantes…
—Oye, que esto de votar en Colombia es difícil… y
peligroso.
Entendí que no podría votar por mi amigo Daniel García-Peña.
No porque lo pusiera en peligro, él ya se puso, sino porque
no está inscrito en Illinois, por supuesto. Y vaya a saberse
cómo se llama el partido que por aquí lo representa.
Entonces fijé los ojos en los de la muchacha y le dije con toda
sinceridad.
—Oiga, mi amor. ¿Sabe a qué horas terminamos si
usted con su paciencia y queridura me lee toda esa lista? Vea, hagamos
una cosa: ¿uno puede votar por los indios desde por aquí?
Mi lazarilla asintió dócilmente:
—Eso le iba a decir. Aquí están las listas indígenas.
Cómo hemos progresado. Empezó a leerme nombres cuyas
raíces no eran vascas ni valencianas, y sus credenciales representaban
a alguno de los maltratados resguardos nacionales. Se me encendió la
solidaridad ancestral y me dije que daría el voto por cualquiera
de esas comunidades, aunque no conociera los pormenores de sus propuestas.
Las imagino. Respeto sus tradiciones, sus territorios, su neutralidad
en la guerra… No había chibchas, pero sí paeces
y huitotos, ingas y creo que wayúus, y había otros… ¡Son
tantas comunidades pero tan diezmadas! ¡Ella pronunció la
curiosa palabra Cristianía! Se nos facilitaron las cosas.
—Ah, esos los conozco. Es el resguardo entre Andes y Jardín —dije
orgulloso.
Jamás imaginé encontrar esta palabra en un alto edificio
a escasos metros de los rascacielos barrocos de Metrópolis.
Y estoy seguro de que los de la cola no tenían ni idea de qué estábamos
hablando. Eso sonaba como a grupo protestante, a una de esas sectas
cristianas modernas que han puesto a cantar salmos a medio país.
Pero no. Eran indígenas puritos de un resguardo en el suroeste
antioqueño llamado Cristianía, herencia de la Conquista.
Como soy yo, como eres tú, como somos nosotros y vosotros y
no sé si ellos lo reconocen. De seguro ese nombre debe estar
en letritas invisibles en los mapas viales de la Esso, pero nadie lo
visita. Para qué.
—Niña, ¿usted sabe dónde queda Cristianía?
—Jum… ni idea —confesó.
—A éstos les han dado durísimo —le dije. ¿Serán
qué…? ¿Unos 150 kilómetros desde Medellín
hasta allá…? Me acordé de que los paisas habían
masacrado desde tiempo atrás a estos descendientes de los cunas
tratando de sacarlos de esas ricas lomas cafeteras de la cordillera
Occidental, en los límites de Antioquia y el Chocó. Pero
ellos habían logrado resistir por convencimiento y terquedad
y allí estaban, pobres, olvidados, pero vivos y con la ilusión
de levantar una representación en el corazón de la política
patria. En vano traté de tararear sus melodías abstractas,
pero sí percibí el colorido estridente de sus atuendos
para las fiestas. Sonidos dodecafónicos, como decía Jorge
López, y pinta de Mongolia en fotografía de la revista
China Reconstruye, según Mayolo. Y esos ojos de los niños
con todos los lamentos del mundo, mirando este desorden que les correspondió compartir
con nosotros.
En alguna oportunidad los grabé rebotando, girando, danzando
bajo la luna de Palmira en un encuentro de cultura del occidente del
país. Envueltos en las mismas telas que vestían a sus
madres pequeñitas. Hijos de caribes, de catíos, de cunas,
de emberas. Hace 500 años se la pasaban remando en las playas
del Caribe. Luego canalearon por el Atrato para esconderse del azote
enemigo entre la selva. Pero hasta allá llegaron los espantos
y la pólvora, y tuvieron que subir los afluentes hasta la loma
más oscura.y agarrarse de los árboles. Como ahora… Y
cruzaron los Farallones del Citará pensando que en estos desfiladeros
nadie los encontraría. Pero allá los encontraron inevitablemente
los que avanzaban desde el Cauca. Si ellos me regalaron sus imágenes
para Colombia con-sentido, ¿cómo no voy a pagarles aunque
sea con mi primer voto?
—Lo siento mucho, muchachos. No creo que por aquí la votación
por ustedes sea muy numerosa, pero quiero que sepan que aunque no seamos
tantos, algunos en este mundo los tenemos presentes. Lo dije pensando
en mi hermano Luis Fernando, el inmunólogo, que había
pasado un buen tiempo trabajando con ellos en sus estudios sobre tuberculosis
y me había hablado siempre con respeto de esa comunidad.
—Voto por ese señor —dije de repente.
La muchacha sonrió extrañada. Puse la equis sobre la
cuadrícula.
—¿Y cuál por Senado?
La lista era más grande, el tarjetón era enorme. Pero
tenía fotitos.
Y yo no podía darme el lujo de divagar más. De repente,
mis ojos alcanzaron a vislumbrar entre los borrones. ¿Sería
un milagro? Algún chamán de Cristianía había
escuchado mi recuento y me mandaba la gotita de luz suficiente para
reconocer a un tipo muy feo, flaco, cumbambón y muy torcido.
—¿Ese no es Navarro?
—Sí, es Navarro.
—Présteme y verá que a ese le ponemos otra equis.
Y listo.
No les puse una cruz a mis candidatos, los marqué con una equis.
Me prohíbo pensar en los significados.
—Niña, muchas gracias. Señor presidente de la mesa,
aprecio su gesto.
Levanté la mano para saludar al cónsul, que pasaba por
la vitrina que separaba el hall de las oficinas, y salí corriendo,
pues todas las gripas del mundo que habían aceptado una tregua
electoral me amenazaron con descargar su húmeda ira.
El ascensor estaba cerrado. Los de la cola no me miraron.
—Diego, Diego —me llamaba una voz.
—Ah, qué hubo —el cónsul se plantó a
mi lado.
—Le escribí a Vicky para contarle de nuestro encuentro.
—Ah, ¿y qué dijo?
—No ha contestado.
—Quién sabe qué le pasó…
El cónsul no me decía nada. Simplemente me miraba. Para
cortar el silencio, le dije:
—Y qué, ¿ha venido mucha gente a votar?
—Pues… ahí.
—¿Cuántos se inscribieron?
—Como 600.
—¿Cuántos colombianos hay residiendo en Chicago?
—Calculamos unos 35 mil.
Un estornudo violento mantuvo a distancia al cónsul y atrajo
la mirada de la cola silenciosa de votantes en el extranjero.
—Qué pena, hombre, estoy resfriadísimo; después
hablamos.
Al ingresar al ascensor, sonreí. Agradecí a todos los
virus de la gripa por el favor que venían de hacerme. Debo confesar
que me habría gustado preguntarle al cónsul por quién
había votado, pero al fin y al cabo es un derecho que puede
ser ejercido en forma libre y secreta.