RESEÑAS



Noticias de un narrador

Ursúa
William Ospina
Bogotá, Alfaguara, 2005 (450 pp.)

«CINCUENTA AÑOS DE VIDA EN ESTAS TIERRAS llenaron mi cabeza de historias. Yo podría contar cada noche una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales. Mi vida es como el hilo que va enlazando perlas, como el indio que veo animando el metal en ranas y libélulas, en collares de pájaros, en grillos y murciélagos dorados. Tengo historias de perlas y de esmeraldas. Se cómo perdió su ojo Diego de Almagro en la desembocadura del San Juan y cómo perdió el suyo fray Gaspar de Carvajal junto a las playas del gran río. (…)».
Así empieza la primera novela del poeta y ensayista William Ospina, titulada Ursúa, que es a la vez el primer libro de una trilogía sin nombre, cuyos otros dos títulos son El país de la canela y La serpiente sin ojos.
Ursúa, a secas, es Pedro de Ursúa, navarro, hijo del País Vasco, quien partió hacia el nuevo mundo en 1534, siendo aún muy joven, «soñando con los tesoros fabulosos del Perú», y desde allí se embarcó hacia Cartagena de Indias, en 1545, y fue gobernador de Santafé de Bogotá, y fundador de Pamplona, y pacificador de los panches y de los muzos y de los chitareros y de los tayronas y de los esclavos negros de Panamá, y tiempo después, en 1561, murió asesinado por sus propios hombres, en una conspiración liderada por Lope de Aguirre y Fernando de Guzmán, mientras comandaba una expedición por el río Marañón, en busca de Amagua y El Dorado.
Ésta es, pues, la historia de Pedro de Ursúa, desde los tiempos en que «no había cumplido diecisiete años, y era fuerte y hermoso» y no había partido aún de la casa paterna, hasta el momento en que se encuentra, en Panamá, con el narrador de este libro, al que no conoce pero de quien ha oído hablar por haber sido uno de los sobrevivientes de la primera expedición que viajó por el río de las Amazonas al mando de Orellana, y de quien poco o casi nada sabemos nosotros los lectores.
La clara voz que se oye desde la primera línea del libro, el yo que habla sin cesar durante toda la novela, el ser que narra las muchas historias que entreteje la historia de Ursúa, el cronista que quiere contar sólo una: «La historia de aquel hombre que libró cinco guerras antes de cumplir los treinta años, y de la hermosa mestiza que hizo palidecer de amor a un ejército», es, para decirlo de manera franca y elogiosa, una de las más bellas creaciones de William Ospina en esta novela, porque él, el narrador, es el lenguaje mismo de la obra, y su verbo, su pródiga manera de contar, es la única materia que lo constituye en ser para nosotros, y es a la vez el aliento que da vida a la vida de Ursúa.
Nada sabemos del narrador al empezar el libro, y al final ni siquiera nos habremos enterado de su nombre, pero confiamos de inmediato en lo que dice por la propiedad con que nos va contando la historia. El dominio que tiene el narrador sobre cada uno de los pormenores de la tumultuosa y sangrienta vida de Ursúa proviene, es curioso, del propio Ursúa, quien le ha abierto el libro de su vida, y por eso hay una suerte de doble magia en lo que vamos oyendo, puesto que hay un narrador anterior al narrador y es el propio Ursúa.
«Al final no triunfamos los humanos, al final sólo triunfa el relato, que nos recoge a todos y a todos nos levanta en su vuelo, para después brindarnos un pasto tan amargo, que recibimos como una limosna final la declinación y la muerte. Veo mi isla perdida como una ostra abierta en el mar; veo el Perú de juesos incas y de piel cristiana que visité en mi adolescencia; veo los bosques de caneleros que al tocarlos eran de viento; veo el río que nos llevó en su lomo como a una hoja seca arrancada del árbol; veo los muelles de Sevilla llenos de lágrimas y los palacios de Roma llenos de favoritos; veo los cuerpos podridos goteando en las ruedas de Flandes y veo las mezquitas blancas detrás de las aguas azules de Argel; veo los galeones altísimos, los frágiles palacios flotantes con pendones de Cristo y mascarones en forma de arcángeles; y en los barrizales de Panamá veo a Ursúa como lo vi por primera vez, los cabellos dorados y la barba rizada, el rostro ya feroz iluminado por una sonrisa desafiante, a la luz de las velas en la casa de un cirujano, en una noche de hace más de quince años, la noche en que recibí al mismo tiempo un doble don de tiniebla y de luz, una herida en el vientre que pudo ser mortal, y una amistad que desde entonces llenó mis años»: así, de manera oblicua y sabia, con finas y esporádicas pinceladas, el narrador nos da vislumbres de su propia vida, como lo hace al nombrar lo que vio en tan variados lugares, y rememora a vuelo de pájaro a Santo Domingo, la isla que añora y de la cual proviene, y deja entrever que fue testigo del poder en la lejana Europa, y que fue arrastrado por la aventura desde muy joven, y conoció las guerras de aquí y allá, y el horror y las atrocidades y la belleza y la gracia y la amistad, pero lo que nos cuenta se deslíe como la arena y preserva en el misterio su personalidad.
Más en la medida en que el narrador nos relata las peripecias de la vida de Ursúa, y hace crecer ante nosotros la desmesura de su valor y de su crueldad probadas a sangre y fuego en alucinantes gestas de guerra, y nos cuenta de las tareas que le fueron encomendadas por su tío y protector, el juez de Indias Miguel Díaz de Armendáriz, tareas todas suicidas, pues consistían en ir con un puñado de hombres a darse con el alma contra miles de indios feroces en tierras desconocidas, para pacificarlos, lo que la mayor parte de las veces traducía arrasarlos (panches en el Tolima y en el Huila, motilones en las selvas del Carare y en el Catatumbo, muzos en las estribaciones del altiplano boyacense, tayronas en la Sierra Nevada de Santa Marta), y nos habla de los sueños que alimentaba de armar su propia expedición en busca del tesoro de Tisquesusa, del que estaba prendido, y de sus amores con una belleza nativa y luego con una dama española, sobrina de María de Carvajal, va contando en paralelo las atrocidades que iban sembrando sus otros pares en otras regiones del Nuevo Reino de Granada y del país de los incas, los hermanos Pizarro en el Perú, Belalcázar en tierras del Cauca y del Valle, el mariscal Robledo por el cañón del Cauca, Heredia por los valles del Sinú, y así asistimos, seducidos por esa voz, a los muchos horrores que cometieron estos conquistadores, convertidos en bestias sangrientas enfebrecidas y ciegas por el oro que hallaban por doquier, hasta tintineando y pendiendo de los árboles, y del que nunca se hartaban y del que querían más y por el cual estaban dispuestos a ir hasta el infierno e, incluso, a devorarse a sus amigos.
Ursúa, parece, en la novela, condenado a realizar las hazañas de un Hércules vestido de hierro sobre un caballo de hierro luchando contra el calor, el frío, el hambre, el cansancio, la selva, las fieras, las plagas, los mosquitos, «borracho de peligro», blandiendo la espada a diestra y siniestra, hundiéndola con saña en los cuerpos de los indios que se le atravesaban, ya fuera de frente en la batalla o a traición, azuzando a los perros para que desgarraran en lo más tierno de los nativos y contribuyeran al exterminio, antes de que se le permitiera lanzarse a abrazar el destino de riqueza y gloria que él consideraba le pertenecía por derecho propio, y mientras las realiza victorioso va descubriendo su condición de nada, la desmesura de su fracaso: «En un vaivén de abatimiento y de entusiasmo pasó ante el golfo donde cuarenta años atrás otros viajeros fundaron a Santa Marta la Antigua, y pensó que esa ciudad, tan joven y ya invadida por la selva, estrangulada de serpientes y sepultada bajo gritos de guacamayas era como su espíritu, donde todo parecía terminado cuando apenas acababa de comenzar».
Y si nos aterra la crónica de la vida de Ursúa y de los hechos espantosos que cometían estos hombres en el nuevo mundo contada de manera tan vivaz, nos conmueve al mismo tiempo la manera como la insólita geografía y la desmesurada naturaleza van adquiriendo relieve y esplendor en el relato, pues están vistos y narrados con ojos nuevos: «Y así se fue alejando de la tierra donde había sido gobernador en su adolescencia, viendo la confusión en las nubes de su futuro, y dejando atrás para siempre los alcaravanes del Cauca sobre el cráneo de Jorge Robledo, los cormoranes de la Hoya del Gato, los lagartos de la Barranca de Malambo, las iguanas de Tenerife que ven pasar canoas silenciosas, los tigres de Tamalameque, que vuelven feroces a las selvas, los monos diminutos del Carare, las ranas cantoras del Catatumbo, resplandecientes bajo un sol perenne, los azulejos del Guarinó, que no están nunca solos, los sinsontes del Gualí, que a esta hora cantan por las colinas, las garzas grises de Mompox que lo vieron caminar con Teresa junto al río dichoso de aguas pardas, los periquitos de Cantagallo, que vuelven verde el cielo, las urracas del Opón, que ensordecen los hondos cañones, los armadillos de Buriticá que se ovillan ante el peligro, y las águilas tijeretas del Cocuy, de las que salieron los pueblos de la Sierra Nevada, y las iguanas de Magangué, en las que se demora la tarde, y los gatos salvajes de Porce, y los bagres grandes del Yarí, que suben en legión por los ríos, y las comadrejas de Gaurumo, y más allá, decreciendo en el fondo de su memoria, las ranas bermejas de Nóvita, los zancudos sonoros de Zapayán, las salamandras de Yondó, que corren sobre el agua, y los venados ariscos de Bogotá, que no volverían nunca, y las babillas fieras del Nare, quietas en el légamo oscuro, y los guatinajos moteados de Guayacanal, y los caimanes dormidos de Ambalema, en cuyas fauces abiertas vuelan alegremente las mariposas».
William Ospina logra en su novela que el siglo XVI, el primero de nuestra historia americana, se yerga ante nosotros con todo su horrible esplendor, y nos lleva de la mano a sumergirnos en un gran fresco donde sentimos de manera palpable el espíritu de la época, gracias a la soberbia del lenguaje que nombra y pinta con amplitud y minucia los innumerables detalles y singularidades que conforman a estos hombres —conquistadores, guerreros, nativos, príncipes, indígenas de las muchas etnias que poblaban los numerosos reinos que había en la Nueva Granada, cronistas, aventureros, criminales—, y a estos paisajes, así como a una naturaleza mágica y hechiza («yo he podido advertir que cuando un indio acaricia los musgos en la base de los grandes árboles, es frecuente que en lo alto comiencen a sonar las chicharras, como si hubiera una continuidad sensitiva entre el tronco y sus huéspedes. Del mismo modo los pájaros en nido sienten lo que ocurre en el árbol»), y lo hace con tal desenvoltura y elegancia que sólo puede ser fruto de lo mucho que sabe por haber investigado con paciencia de relojero y gran sensibilidad innumerables libros y documentos a lo largo de más de ocho años.
La novela, «esta historia verdadera» como él mismo lo dice en la nota que cierra este primer libro de su trilogía, no habría podido contarla «sin la ayuda de muchos cronistas e historiadores y sin el diálogo con muchos amigos. Sin los poemas de Juan de Castellanos, compañero entrañable de Ursúa; sin las crónicas de fray Pedro Simón, de Lucas Fernández de Piedrahíta, de Gonzalo Fernández de Oviedo, de Pedro Cieza de León; sin el aplicado libro Pedro de Ursúa, conquistador español del siglo XVI, de Luis del Campo, el mayor homenaje de sus paisanos a Ursúa; sin algunas novelas históricas sobre la época; sin la Historia de la conquista del Perú, de Prescott; sin el libro de Karl Brandi sobre Carlos V, sin los libros de Henri Kamen y de Hugh Thomas sobre la época imperial; sin las conjeturas de Raúl Aguilar sobre la muerte de Robledo; sin las biografías de Soledad Acosta de Samper y sin la Historia de la Nueva Granada, de su padre, el general Joaquín Acosta».
Tendría que agregar a esta lista que Ursúa, la novela, no habría sido posible si tantos textos y crónicas y documentos no hubieran sido trasmutados por el aliento de un poeta como lo es el narrador de este libro, William Ospina.

—ALBERTO QUIROGA

 

 


LA LECCIÓN DE LOS MAESTROS
Mito: 50 años después (1955-2005). Una selección de ensayos
Fabio Jurado Valencia (prólogo y selección de textos)
Bogotá, Lumen-Universidad Nacional de Colombia, 2005 (247 pp.)

LUEGO DEL 9 DE ABRIL DE 1948, Colombia parecía un desierto en materia cultural, ya que la «cultura de la muerte» se había enseñoreado de todo. Ciudades y campos eran escenario del enfrentamiento fratricida de partidarios políticos que se disputaban el botín del Estado y las tierras de la nación, cuyo saldo en rojo fueron los más de 400 mil homicidios impunes y los muchos más desplazados que arrojó la década más infame de la historia colombiana. Presionados por la atmósfera asfixiante que se respiraba entonces en el país, algunos jóvenes intelectuales, poetas y escritores, buscaron nuevos aires en Europa; así encontramos a comienzos de los años cincuenta a Hernando Valencia Goelkel y Eduardo Cote Lamus estudiando en España, a Pedro Gómez Valderrama en Inglaterra, a Rafael Gutiérrez Girardot en Alemania y a Jorge Gaitán Durán en Francia. Eduardo Carranza trabajaba en ese entonces en la embajada de Colombia en España, país al que llegarían posteriormente Jorge Eliécer Ruiz y Ramón Pérez Mantilla. Deseosos de contribuir a la reconstrucción moral y material de la nación, este grupo de amigos nacidos en los años veinte, bajo la dirección y empuje intelectual de Jorge Gaitán Durán, fue madurando el proyecto de sacar una publicación periódica independiente que canalizara las fuerzas progresistas del país, órgano de difusión que contaba con antecedentes ilustres en periódicos como Crítica (1948-1951), que dirigiera Jorge Zalamea, o en publicaciones como La Revista de las Indias (1936-1950).
En ese momento, París marcaba la pauta de la discusión filosófica, política y literaria, y era el epicentro de la reconstrucción moral del Viejo Continente después de la debacle de la guerra. Era la época dorada de Les Temps Modernes, la revista de Sartre, que tantas expectativas despertó en el mundo libre. Gaitán Durán vivió intensamente ese momento y se sintió alentado a su vez a emprender una empresa de esta naturaleza en la maltratada Colombia de mediados de siglo. Con este propósito regresó al país en 1954, al mismo tiempo que lo hacían varios de sus amigos de la diáspora europea. Resultado de este propósito conjunto fue la publicación de la revista Mito, que salió a la luz en Bogotá en abril de 1955, cuando el gobierno militar del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957) había logrado garantizar una relativa pacificación en el país luego de uno de los episodios más sombríos de la historia política de Colombia, y lo había hecho —por lo menos durante algunos meses— en medio de una gran acogida y aceptación de amplios sectores de la sociedad, que habían presenciado los estragos de más de un lustro de violencia partidista en toda la nación. Este logro, aunado a una bonanza cafetera que le brindó herramientas al gobierno para enfrentar los grandes retos que tenía por delante, les dio un respiro a sectores importantes de las clases trabajadoras, lo que facilitó su acceso a ciertas mejoras en sus condiciones materiales de existencia. Recordemos para el caso la introducción de la televisión como medio de propaganda del régimen pero también como difusora del saber; los teléfonos públicos que funcionaban con monedas, hoy casi en extinción, y un incremento notable de los niveles de empleo rural y urbano, en parte por las obras civiles que se emprendieron a lo largo y ancho del territorio nacional.
Esta circunstancia fue favorable para la aparición de la revista bimestral de cultura que con el nombre de Mito empezó a circular en los medios ilustrados del país. Desde su inicio no quiso ser una revista literaria, a pesar de la enorme fecundidad que experimentó la creación literaria en Latinoamérica, tanto como en Europa y Estados Unidos. Precisamente por el momento en que logró materializarse el proyecto de la revista, ésta buscó darles mucha importancia a secciones que aparecieron con el nombre de «Documentos» y «Testimonios», donde se presentaban materiales de trabajo y experiencias concretas de la realidad nacional e internacional, como la situación de las cárceles en Colombia, la revolución cubana, la izquierda en Colombia, la cuestión sexual y homosexual en el país, el nadaísmo, y diversos testimonios sobre la vida matrimonial en la ciudad y en el campo al lado de algunas historias de vida que alternaban con las más tradicionales secciones de poesía, creación literaria, ensayo, crónica de libros, artes plásticas, cine y teatro, habituales en una publicación de esta índole. Es decir, que con la concepción de cultura que trabajaba Mito, se ampliaba el espectro de temas que configuran el sentir y la expresión del mundo circundante hasta incluir la vida cotidiana con sus múltiples facetas y expresiones modernas, lo mismo que los conflictos y dilemas que anidan en el alma de hombres y mujeres inscritos en dichas circunstancias.
A diferencia de otras publicaciones afines, Mito era una revista hecha por intelectuales que tenían formación universitaria, algo que, en opinión de R.H. Moreno-Durán, «adquiere inusual importancia en un país en el que hasta la fecha el único requisito para ser investido de “genio” era una insobornable trayectoria como autodidacto». Además de escritores, los gestores de Mito eran buenos y avisados lectores, y como tales se dirigían a sus propios lectores, informando, traduciendo, criticando, recomendando, relacionando, descalificando, es decir, desmitificando y reconstruyendo a un mismo tiempo.
Uno de los malestares más palpables de la sociedad colombiana —en opinión de los redactores de Mito— era la indigencia del lenguaje, producto de la retórica del poder y las falacias que divulgaban a diario los medios de comunicación, comprometidos profundamente en el desgarramiento de nación. Por eso Mito abogaba porque las palabras estuvieran «en situación», esto es, en disposición de expresar la situación real que vivían el país y el mundo contemporáneo, con plena responsabilidad de sus consecuencias. Tenían confianza en que la fuerza del argumento pesara más que el argumento de la fuerza, y para ello contaban con las armas de la crítica antes que con la crítica de las armas. Constituían un llamado a la convivencia, a la civilización, a la tolerancia dentro de los estándares de una revolución pacífica, o «invisible», como la llamara Gaitán Durán en uno de los ensayos políticos más lúcidos que se hayan escrito en Colombia. «Nuestra única intransigencia —se lee en el primer número de Mito— consistirá en no aceptar nada que atente contra la condición humana. No es anticonformista el que reniega de todo, sino el que se niega a interrumpir el diálogo con el hombre. Pretendemos hablar y discutir con gentes de todas las opiniones y de todas las creencias. Ésta será nuestra libertad». En efecto, en el seno de Mito confluían partidarios de distintas corrientes políticas y filosóficas, pese a que todos ellos podían considerarse «progresistas», del mismo modo que sus páginas acogieron las críticas que se les dirigían tanto desde el campo de la derecha como de la izquierda. «La calidad y la honradez intelectual —dice Rafael Gutiérrez Girardot— eran el único mandamiento y el lazo humano que los unía». Esta voluntad de restituir a las palabras el sentido escamoteado por la retórica y la pseudocultura rampante en la cultura oficial del país es ya, de por sí, un aporte invaluable a la expresión auténtica del alma nacional, en consonancia con el sentimiento del mundo moderno que les tocó en suerte. La rebeldía que subyace a ese intento necesitaba un lenguaje que le diera cauce a dicha rebeldía. Esta voluntad de verdad define en buena medida la actitud con que los colaboradores de Mito concebían las tareas del momento, orientando su accionar hacia salidas viables socialmente.
Fruto de las múltiples relaciones que lograron forjar los integrantes de Mito con los escritores y artistas de los ámbitos iberoamericano y europeo, en especial por el formidable empuje que le imprimió Gaitán Durán a la empresa, es el elenco de colaboradores de primer orden que estuvieron presentes en las páginas de la revista desde sus primeros números: Jorge Guillén, Octavio Paz, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Julio Cortázar, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Carlos Drummond de Andrade, Jorge Luis Borges, al lado de los colombianos León de Greiff, Fernando Charry Lara, Hernando Téllez, Fernando Arbeláez, Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Rogelio Echavarría, Marta Traba. Un aspecto interesante de esta característica —puesto de relieve por Rubén Sierra Mejía— es el importante desarrollo alcanzado paralelamente en las ciencias sociales en el país, resultado en buena medida de la labor pedagógica del grupo de inmigrantes europeos —en especial españoles y alemanes, perseguidos en sus respectivas patrias—, que llegaron por invitación del gobierno a colaborar en la Escuela Normal Superior, de donde egresaron los pioneros de la sociología, la historia, la arqueología, la antropología, la etnología, la filosofía, la geografía y la pedagogía modernas en Colombia. La labor conjunta desarrollada por estas disciplinas humanistas en aquella época redundó en la claridad y radicalidad de las posturas de Mito, hasta el punto de que se ha señalado este momento como el que dio paso a la mayoría de edad intelectual en Colombia. Con razón Armando Romero ha podido sintetizar la labor de Mito como «la búsqueda de un nuevo orden como producto del cambio cultural y social».
A lo largo de siete años se publicaron ininterrumpidamente 42 números de la revista, además de los libros que con el sello de Ediciones Mito dieron a conocer obras de Baldomero Sanín Cano, Marta Traba, Jorge Gaitán Durán, Hernando Téllez, Alfonso López Michelsen, Pedro Gómez Valderrama y Álvaro Cepeda Samudio, entre otros, publicados todos en la imprenta Antares, de la que era gerente Gaitán Durán. Sólo la muerte intempestiva de este último en un accidente de aviación, el 22 de junio de 1962 —a los 38 años de edad—, dio al traste con una de las aventuras intelectuales más sobresalientes de la vida cultural colombiana. Qué habría podido pasar de no haberse tronchado a tan temprana edad esta pasión desaforada que incendiaba a Gaitán Durán es tema de especulaciones que a nada conducen. Queda entonces su legado como un testamento que bien vale la pena retomar, para darle continuidad, a escaso medio siglo de distancia. Por tal razón hay que saludar con entusiasmo la publicación de Mito: 50 años después, ya que permite poner de nuevo en circulación algunos de los escritos capitales contenidos en la revista. Se echa de menos en la misma, no obstante, la rica producción literaria, verdadera fibra muscular de la publicación, en su modalidad narrativa, poética y dramatúrgica, a la que la revista abrió generosamente sus páginas, producción que llegó a ser de primera línea, lo mismo que la participación de los lectores, donde la revista dio muestras fehacientes de tolerancia al publicar acerbos textos críticos, como los enviados por Darío Mesa, «Mito, revista de las clases moribundas»; Jorge Child, «La comedia de las contradicciones liberales»; y Darío Ruiz Gómez, «¿Es neutral el sexo?», actitud que dio paso a posteriores colaboraciones de estos corresponsales, como en el caso de Darío Mesa. En el criterio del prologuista del libro que comentamos, «los ensayos, las reseñas y los testimonios constituyen el eje de la selección [de textos]». Dentro del ensayo se incluyen los escritos de crítica literaria (Gaitán Durán, Valencia Goelkel, Hernando Téllez, Charry Lara, Jorge Eliécer Ruiz, Fernando Arbeláez y Rafael Gutiérrez Girardot, entre los colombianos, y Carlos Fuentes, Hugo Latorre Cabal, entre los extranjeros); filosofía (Carlos Rincón, Gutiérrez Girardot y Luis Cernuda); cine (Hernando Salcedo Silva); teatro (Enrique Buenaventura); pintura (Marta Traba, Andrés Holguín); y, finalmente, los documentos y testimonios, todos ellos cobijados bajo la divisa del ensayo. ¿Por qué esta selección? Tal vez porque, como dice Juan Gustavo Cobo Borda, glosando un trabajo de Sarah de Mojica al respecto, «el ensayo, como forma mediadora entre la poesía y la vida, entre la creación y la reflexión, le permite al poeta que la visión de su obra sea complementada por un discurso que él propone como tentativo y a menudo inmerso en las contradicciones que lo rodean». Pues, como bien dice Sarah de Mojica, «en el ensayo no sólo se representan sino que se crean también articulaciones intelectuales del proceso social que de alguna manera adquieren, en su representación unida a la imagen, un carácter ejemplar. Entonces el ensayista, como intelectual, está profundamente ligado a los procesos sociales. También es un crítico, y desde esta perspectiva dibuja los límites de la creación, crea su espacio, encauza su sentido y define lo que es posible decir» (citado por J.G. Cobo Borda, en Mito, Manual de literatura colombiana, tomo II, Bogotá, Procultura-Planeta, 1988, p. 152).
No queda más que desear que el rescate de los valiosos textos incluidos en Mito: 50 años después, pueda quizá picar la curiosidad de las nuevas generaciones por conocer un momento estelar de la cultura colombiana, que aún en circunstancias adversas como las anotadas no se amilanó frente a las grandes tareas y responsabilidades que sentía como suyas, y logren despertar del letargo tantas energías derrochadas en aras del becerro de oro de la industria cultural, ahora sin la máscara de la cultura para ser tan sólo entretenimiento; para que la lección de los maestros que le dieron vida a la revista Mito deje de ser un mito más y se convierta en fuerza viva de la cultura nuestra, la más auténtica y, por eso mismo, la más necesaria.

—RICARDO RODRÍGUEZ MORALES

LA BÚSQUEDA DE ESTATUS: ANSIEDAD SIN FIN
Ansiedad por el estatus
Alain de Botton
Santillana, Ediciones Generales (Taurus)
Bogotá, Colombia, 2003 (325 pp.)

LA ANSIEDAD POR EL ESTATUS es el tema que intenta desentrañar y alrededor del cual explora e indaga Alain de Botton, autor de este libro. Dicha ansiedad es una característica de los seres que habitamos Occidente hoy en día. No hay quien viva sin pensar en cómo lo ven los demás según sus logros, sus posesiones y sus relaciones. Éste no es un libro de autoayuda o de carácter esotérico. Se trata de una investigación seria y filosófica. Entre los saberes y ámbitos estudiados para desenredar el problema de la causa del sentimiento de esta ansiedad por el estatus, no está la psicología. Sin decirlo, el autor podría defender la tesis de que el estado de la psiquis humana es el resultado de los movimientos sociales de la historia. A partir de la historia política y económica, el texto se construye sobre la base de la modernización paulatina del mundo occidental. De esta manera recorre eventos significativos que puedan, en el arte, en el mercado, en la literatura y en las formas de vida, iluminar sobre el origen y las causas de un sentimiento tan arraigado en la humanidad de hoy. En cada capítulo hay diversas ilustraciones que enriquecen la lectura y van desde uno de los primeros catálogos de los almacenes Sears en sus años de inicio, una foto del presidente Nixon en Rusia en 1959, mostrando el modelo de casa del estadounidense promedio (llamado «Taj Mahal»), hasta ilustraciones de obras de arte de Thomas Jones, Gustave Doré y otros.
El esnob y la ansiedad por ascender en el estatus social tienen un origen en el entorno cultural de los comienzos de la era industrial y la época moderna. La forma en que se percibían los hombres en ese momento —el medioevo— era distinta, pues aunque estaban limitadas las posibilidades de movimiento y «progreso» de acuerdo con el lugar de nacimiento, la clase social y el trabajo, existía una especie de conformidad vital que otorgaba sentido a la vida: un lugar en la comunidad y en el mundo. Más adelante, en la industrialización, la autopercepción cambia radicalmente. Se genera la idea de progreso que hasta hoy perdura. Desde entonces, los hombres pueden cambiar su destino, escoger —aparentemente— entre distintas opciones de vida, sobre todo en las ciudades. El comercio se hizo más importante que la producción agrícola. El papel de la agricultura y aquellos que trabajaban en el campo, aunque situado en la escala inferior de la sociedad en el período medieval, era reconocido como indispensable para el resto del mundo: así lo demuestran artistas y poetas de la época que destacaban esta labor. Pero una vez generados los nuevos esquemas de oferta y demanda, de empleados y empleadores, se crea la clase burguesa y la idea de que es posible adquirir el poder por medio de la acumulación de dinero. Este factor modifica drásticamente las relaciones humanas y otorga un nuevo y único sentido de vida al hombre. La solidaridad y el reconocimiento por la vida y la labor del otro tienen, desde entonces, la única posibilidad de ser apreciadas en la medida en que resulten benéficas comercialmente. Quienes no llegan a alcanzar el poder adquisitivo suficiente, o utilizar ropas de «mundo» y otros objetos, son relegados por la sociedad a un segundo plano. A través de este proceso, el hombre comienza a mirarse a sí mismo de una manera distinta: con desprecio de sí, en razón de las ideas de fracaso y de rechazo.
A causa de las nociones predominantes de «éxito» y «progreso», la envidia se hace cómplice de la ansiedad por el estatus y es una forma de entender las relaciones humanas. El individuo encuentra aceptación y aprecio dependiendo de qué tan «exitoso» es. Pero si no lo es, se requiere asumir el dolor o la desgracia que esto produce con un examen crítico. El autor plantea diversos caminos de solución al problema de sentirse mal ante sí mismo, como resultado de la comparación con el supuesto «éxito» de los demás. Propone repasar estos conceptos («éxito», «progreso», «felicidad») y revisar su sentido. La filosofía es herramienta fundamental para esto. Otra forma de acercamiento al problema, a modo de solución, es el arte. Lo son también el cristianismo y la bohemia, cada uno de los cuales se desarrolla en un capítulo. Pero el capítulo más significativo, dedicado a mirar de maneras distintas, o intentar solucionar el problema de la ansiedad por el estatus, es el que habla sobre la muerte. En ella todos somos iguales y el autor muestra casos históricos diferentes, en los que personajes «famosos» lamentan haber perdido su tiempo de vida buscando el ser reconocidos por otros.
En realidad es muy posible que esta ansiedad, de la que todos en Occidente (si todavía puede hacerse una división entre Oriente y Occidente) nos nutrimos aún, no sea transformada tan fácilmente. Pero la lectura de este libro aporta una luz sobre tal sentimiento, muchas veces tácito e inconsciente, como si fuese una necesidad inalterable o una condición humana innata. Al escoger un tema como éste, Alain de Botton demuestra que tiene una percepción filosófica del estado de cosas en el mundo del ser humano de hoy. Es ingenioso y altruista al dedicarse, con lucidez y claridad en la escritura, en la investigación, en los ejemplos de la historia, a elaborar un nuevo pensamiento que abre senderos para interpretar los sentidos oscuros en los que el hombre se ha ido sumergiendo, olvidando su genuina vocación, sus más profundas posibilidades y, sobre todo, su tiempo de vida limitado. Este tiempo no puede desgastarse en sentimientos que lo apabullan y minimizan, llevándolo a estar en contra de sí mismo. La obligación de ser aceptados por otros para que en esta forma nosotros mismos nos aceptemos no es desmontable en un futuro inmediato. Probablemente se trate de una restricción que la cultura de hoy, de consumo y de apariencia, reafirma cada vez con más vigor y a su turno ofrece menos opciones para dirimirla. No obstante, pensadores actuales y jóvenes como Alain de Botton están dando un primer paso para que exista un camino de vuelta hacia el hombre y hacia la solidaridad con otros, pero especialmente del hombre consigo mismo.

—ALFREDO DURÁN MEJÍA

«LA POESÍA SE EXPRESA COMO PUEDE»
Jean Cocteau
Método fácil y rápido para ser poeta
Jaime Jaramillo Escobar
Medellín, Fondo Editorial Universidad Eafit, 2005 (223 pp.)

HACE ALGUNOS DÍAS RECIBÍ UN CORREO ELECTRÓNICO de una editorial colombiana cuyo texto transcribo de manera literal, quitando, por pudor, el nombre de la empresa:
«Estimado (a) Alberto Quiroga:
El arte es fácil y es para todos. Para los que apenas comienzan y para los más avanzados… (etc., etc.). Los libros de P representan la mejor opción. El autoaprendizaje se vuelve sencillo siguiendo los pasos y recomendaciones de cada uno de los libros».
Habría borrado el e-mail, y habría pasado de largo sobre el texto y no me habría reído como loco, si no fuera porque justo en ese momento estaba leyendo un libro cuyo título podría haber pertenecido a una de las colecciones de dicha editorial, experta en libros de autoayuda y autoaprendizaje: Método fácil y rápido para ser poeta, escrito por el Poeta, con mayúscula, Jaime Jaramillo Escobar, conocido de antiguo en el mundo de las letras como X 504.
Tanto el mensaje publicitario de la editorial como el título del último libro de Jaime Jaramillo Escobar coinciden en utilizar la palabra fácil como gancho y en la idea de que es posible aprender con método ya sea el arte o la poesía, pero hay una diferencia sustancial entre ambos: la editorial cree en serio lo que afirma, y Jaime Jaramillo hace una advertencia al empezar su libro: «Todos los libros de teoría literaria resultan aburridos, porque son falsos y pedantes. Espero que éste también lo sea», y cita, antes de la advertencia, a un Ezra Pound amenazante, que dice: «Déjese de hacer versos, amiguito; con eso no se saca nada».
El título del libro es un chiste, una broma, una humorada, pero al mismo tiempo, oh paradoja, el poeta nos da, página tras página, amén de una espléndida lección de humor negro, un librito hermoso, pleno de poesía, en el que reinan, perdón por la reiteración, la paradoja, el humor negro, la burla, la sátira, el conocimiento, la erudición, la sabiduría, el tono pedagógico, un desorbitado sentido común, el misterio y, ¿a qué seguir? La lista es larga e incompleta porque, como lo podrá comprobar quien se exponga a sus páginas, el autor utiliza y ensaya todos sus recursos para —¿cómo decirlo?— anonadar al lector con el fin de deslumbrarlo, en el sentido de hacerle perder su visión por un exceso de luz, es decir, enceguecerlo para poder darle otras luces e iluminar otros ámbitos.
Jaime Jaramillo parece en efecto, en este libro, un viejo maestro zen dispuesto a darles en la cabeza a sus discípulos, con el mamotreto en la mano, a modo de garrote, ante cada pregunta que le hagan. Maestro, ¿cuándo leer poesía? Y la respuesta fulmina como un rayo: «Cuando quieras orar». Y añade de ñapa, con el cuchillo de la paradoja escarbando: «Los que creen que la poesía es Rin-Rin Renacuajo piensan que la poesía se lee en los recreos. Tú no eres de esos. Tú sabes cuándo hay que leer poesía. Rin-Rin Renacuajo también es poesía. Pero los recreos no son para leer. Cuando quieras orar, di: —Rin-Rin Renacuajo…».
Bien lo afirma el poeta en el preámbulo cuando dice de su libro que es un Manual progresivo de iniciación, pues la poesía es iniciática, y no admite sensibilidades ni pensamientos de cajón: «Elegir la poesía es decidirse contra el sentido común».
Es así como el poeta, en contra del sentido común, escribe éste, su método fácil y rápido de ser poeta, que ni es método, ni es fácil, ni es rápido, y que en la contracarátula se define de manera contundente como «es una cosa que antes no había», refiriéndose al libro, y es una maravilla que la misma frase, dentro del libro, le sirva a Geraldino Brasil para definir la poesía.
Esta cosa que ahora es, y que se puede abrir y leer en cualquier parte y a cualquier hora y de muchos modos, pues «Contiene cincuenta capítulos en riguroso desorden», es una admirable y necesaria y bella defensa de la utilidad de la poesía, y un ataque sin piedad a lo que pretende serlo y no lo es, e incluso contra lo que no es poesía, pues «La auténtica percepción poética —venga de donde venga— enriquece la vida, la embellece, la ennoblece y le da sentido. La discriminación contra la poesía sólo manifiesta una total ignorancia acerca de lo que es la poesía y lo que es el hombre: ojos con los que el universo se ve a sí mismo. Ni siquiera la crítica se muestra muy perspicaz. Por eso se necesitan muchos talleres de poesía. La poesía es lo único que podrá pacificar el mundo. Aunque existan poetas malditos, porque los poetas malditos son pasivos».
La lectura del Método fácil y rápido para ser poeta es altamente recomendable a todos los que aman la poesía, sean o no buenos poetas, sean jóvenes que se atreven a escribir sus primeros poemas o veteranos que se atreven a publicar sus obras completas, pues el libro sirve para reflexionar sobre la poesía, lo cual es mucho, y sirve para oír reflexionar a Jaime Jaramillo Escobar sobre la poesía y sus muchos asuntos, lo que tratándose de un verdadero poeta es una maravilla, y sirve también como guía de lecturas, pues cada capítulo remata con un aparte de notas en el que se incluyen citas de los más diversos autores y poetas, de variadas épocas y lugares, que es una delicia leer y un estímulo para emprender la búsqueda de sus libros para leerlos.
Los autores citados son, es obvio suponer, autores amados por el poeta, y es revelador que Jean Cocteau sea uno de los que con más frecuencia aparezcan, ya que en uno de sus libros capitales, El secreto profesional, encuentro una honda afinidad de espíritu con el espíritu de este libro. Vale la pena citar las palabras del prólogo que escribió Borges a este libro, en su colección Biblioteca Personal, pues son justas también con el libro de Jaime Jaramillo, y la frase final de la cita es justa también con el poeta: «Este libro (…) consta, más allá de los dogmáticos manifiestos, de una serie de sabias y sutiles observaciones sobre la misteriosa poesía. A diferencia de tantos críticos, Cocteau la conoció personalmente y la ejerció con felicidad».
Cada uno de los cincuenta capítulos es breve y sustancioso —muchos no tienen más de tres páginas y el más largo no pasa de nueve—, y está escrito en forma clara, concisa y contundente. Los títulos de los capítulos son sencillos y nos dan la medida de los temas que aborda el libro: «Ser poeta», «De la vocación», «El poeta y la poesía», «Educación de la sensibilidad», «Religión y misticismo», «Utilidad de la poesía», «Secretos para escribir», «El poema como forma y la poesía amorfa», «Efectos de la poesía en el tratamiento de los estados depresivos y la adicción de narcóticos y alucinógenos», «El arte de titular», «Los seudónimos», «Declamación y lectura pública», «El dinero y los poetas», etc. El estilo es seco, pausado, sobrio, elegante, expositivo —como corresponde a un taller de poesía— y, de manera única, como en un juego, logra hacer resonar la campana de lo inaudito y poner el mundo patas arriba al nombrar fenómenos inquietantes: «Si a un libro de poemas, por lo general, le sobran todos los poemas, ¡cuánto más le sobra el prólogo!».
Todo el libro podría citarse, ya que es como una larga cita con la poesía, pero es mejor, lector, que tú mismo te cites con él, y lo abras, y te enfrentes a sus delicados y explosivos peligros: «No somos ciegos. De modo que la ridiculez de escribir nos salta a la vista; pero no somos amargos, de modo que no permanecemos en silencio». Jean Cocteau.
Para terminar, quiero citar un aparte, que es poema, del capítulo titulado «Cuándo leer poesía»:
«Si estás en casa, y llueve, puedes leer poesía. Porque la lluvia amansa el corazón y predispone la sensibilidad. Si estás en el campo, y es el atardecer, puedes leer poesía, porque el atardecer en el campo es tranquilo y pleno de sugerencias. Si estás en el silencio de la noche, bajo tu lámpara, también puedes leer poesía, porque la noche es propicia al entendimiento y la reflexión. Si dispones de una mañana gris o soleada, tales mañanas presentan un marco ideal para la lectura de poemas, porque el día comienza lleno de promesas y expectativas. Si, por el contrario, te hallas en un lugar sórdido, allí deberías leer poesía para quitarle algo de su sordidez a ese lugar. Cuando viajes, es conveniente que lleves un libro de poesías contigo, y cuando no viajas, sino que permaneces en tu lugar, la mejor compañía es un libro de poemas, porque en el poema está todo lo que no eres tú en ese momento. En la mesa de noche, un libro de poemas espera para decirte unas palabras antes de que entres en el sueño. Si te sientes solo, la poesía te acompaña desinteresadamente. Si reposas con tu amor, y lees un poema en voz baja, ella te lo agradecerá porque es un exquisito gesto de cortesía y un modo delicado de decirle que la amas. Las mujeres aprecian mucho que también se estime su inteligencia».

—ALBERTO QUIROGA

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