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El hombre de barba
en punta, gorra y chaqueta con gastadas insignias de capitán,
sale de su camarote y camina por la despejada cubierta hacia la toldilla
de popa del Torrens. La oscuridad se resuelve en un escándalo
de estrellas que el mar repite en sus ondas obesas. El capitán
lanza un largo bostezo a estribor, que más parece un aullido
mudo en la madrugada, y escucha con escrupulosa atención entre
los apretados crujidos del maderamen los ronquidos y balbuceos de la
tripulación dormida. A veces una tos irremediable abate con estruendo
los otros ruidos. Es un tronar enfermo y viejo como en la agonía
de un paquidermo prehistórico. El capitán la reconoce.
Es la tos de James Wait, el negro fallecido en el Narcisus. |
Hace
inmersión en su vida pasada y no hay nadie en el mundo que consuma
ese oficio con vehemencia más febril. Es una especie de festín
permanente que él sólo alterna con la pericia para conducir
cualquier barco hasta los lugares más insospechados del globo donde
haya una gota de mar. Pero siente que le ha dado mil vueltas al mundo
en busca de Puerto Mariúpol. Ha unido en su singladura el Atlántico
y el Pacífico, el mar de Azov y el mar Negro; el mar de Wadden
y el Mediterráneo lo han saludado con familiaridad. Ningún
puerto le es ajeno, y en todos ha encontrado la misma respuesta: «Está
muy lejos, capitán», y a continuación la prodigalidad
del interrogado ha sido explícita sobre hacia dónde debe
virar. Él también lo sabe, pero siempre se equivoca. La
culpa es de su brújula encantada y de haber perdido la facultad
de pedir consejo a los astros. Y Jessie lo espera para cenar y partir
al día siguiente hacia Berdichev.
—¿No ven que mi atormentado cuerpo ya no soporta ni el movimiento del barco? —y tosió su veneno in crescendo hasta obtener respuesta de alguien. Era Kurtz. —¿Y quién te mandó a unírtenos, negro estúpido y maloliente? ¡Tú te lo buscaste! ¡Por mí puedes reventar de nuevo! —¡Esa respuesta sólo podía provenir de ti, maldito explotador de nativos en el Congo! ¡Demonio ladrón de marfil y de conciencias! —respondió James Wait tragándose la tos. —¿De dónde sacas semejante blasfemia, inmundo comedor de ratas? ¡Una palabra más y romperé tu asqueroso pescuezo de gato envenenado! Pero nada pasó. Los otros hombres hicieron comentarios a favor y en contra de los rivales, para terminar, conciliadores, ayudando a James Wait, que no les dio las gracias y se echó en algún rincón a contemplar las nubes y a barrer la cubierta con fragores de tos invencible. El capitán, por costumbre, quiere llevarse un cigarro a la boca, pero en seguida recuerda que ese placer también le ha sido vedado. Jessie se planta ante él y le recrimina de nuevo esa fea costumbre de aspirar porquería: «Ni los trenes, Joseph. Si te fijas bien, ellos se liberan del humo en vez de tragárselo. Eres un fumívoro, Joseph». Él la mira sonriendo con humildad, y le repite su vieja respuesta: «No te fumes la colilla, querida Jessie», para hacerle ver que vuelve sobre temas fatigados. Ella le acaricia la mejilla con su mano anciana y él cierra los ojos con afligida placidez. Cuando los abre, Jessie se ha marchado. Él suspira y pone la mirada húmeda sobre el lánguido horizonte que se despereza entre púrpuras y amarillos perplejos. Un viento maestral silba y envuelve el barco en giros suaves; el capitán lo aspira y siente que atraviesa su cuerpo, hecho también de brisa. Todavía respira la calma de la madrugada, cuando oye la voz de Jim a su espalda: —Mi destino no podía ser otro, ¿verdad, capitán? |
—Tienes razón, Jim —le dice el capitán—. Tenías que morir a manos del malayo Doramín. —No me refiero al balazo, señor. Eso le sucede a cualquiera, ni siquiera me dolió. Hablo de mi vida toda, de la desdicha de mi cobardía al abandonar un maldito barco creyendo que se hundiría; me refiero al deplorable espectáculo del tribunal que me humilló por esa falta, a la fracasada huida de ese pasado deshonroso. ¿Qué puede haber más dramático que un capitán que abandona su barco en el naufragio? Tal vez sólo el lord que antepusieron a mi nombre. —Y ni siquiera podías merecer el amor de una mujer. El destino es avaro, Jim. Te arrebató del mundo justo cuando empezabas a sorberlo. —Sí, capitán. A veces pienso que mi encuentro con la vida fue sólo un estúpido sueño; como si apenas me hubiera sido dado contemplar su entorno, pero jamás se me permitió introducirme en ella. También, que fui puesto en la vida por un dios caprichoso sin ningún propósito, o sólo para regocijo de sus pasiones más siniestras. Pero ahora, visto todo desde la perspectiva del tiempo, es mucho peor, capitán. Ahora creo que mi existencia no tuvo, ni siquiera para mí mismo, ningún sentido. Nada. El capitán observa minucioso al hombre pálido y delgado que planta su extendida figura ante él. Y ve en Jim la mejor alegoría de la desolación. —Te equivocas, Jim —le dice—, te equivocas. Tu vida fue muy importante: me dio un bellísimo tema para contar al mundo. Ahora, ve a tomarte un café y después ocúpate del cabrestante. ¡Y sacude a los hombres para faenar! ¡Se están tomando muy en serio eso de que ya murieron! Luego se vuelve a babor y distrae la mirada en el soñoliento horizonte. Mira el color del mar y lo ve plomizo. Recuerda que los griegos veían en el mar el color del vino y siente placer en la boca. Sin proponérselo, se encuentra de pronto con los ojos fascinados sobre un punto lejano que parece querer definirse en algo más concreto. «Debe ser otro de esos esperpentos que parecen ser la ocupación predilecta de los astilleros de estos confusos tiempos», se dice el capitán. «Pero es posible que su tripulación me indique al fin un rumbo adecuado a Puerto Mariúpol». Toma el catalejo y observa. Aún está muy lejos para distinguirlo sobre el ondulado lomo del mar. Enfoca atento el catalejo, pero ahora su concentración es agredida por atroces vozarrones que arremeten desde los camarotes hasta subir a cubierta. Ya sabe de quiénes se trata. «De nuevo los duelistas. Hoy empezaron temprano», piensa el capitán, mientras camina hacia la roda donde ya se encuentran los hombres frente a frente en actitud de dentelladas. Levanta el índice para hablar como un teólogo, al tiempo que es interrumpido por uno de los hombres. —Capitán, soy Feraud, oficial de húsares al servicio del invicto ejército del emperador Bonaparte... |
—Sí,
sí, Feraud, ya lo sé. Todos los días lo repites.
Pero recuerda que lo de invicto fue sólo por un tiempo. Waterloo
todavía humea para desmentirte —responde el capitán
en tono pedagógico—. Y tú, D’Hubert, ¿para
qué te prestas a esta locura? —concluye, dirigiéndose
al otro hombre. —Es la costumbre, capitán; durante toda mi vida fui renuente a este ridículo encuentro, pero siempre terminaba cediendo a la provocación de este bocón, cuyos méritos y ascensos se debieron a mis influencias y buenos oficios. El duelo es la justificación de su existencia, capitán; aceptárselo con renuencia es la mía. A fin de cuentas, él siempre es el humillado. Mientras tanto, Feraud babea de ira; abre la boca y expele injurias de fuego. Se retuerce en su sitio como por una repentina epilepsia, y ya nada lo contiene. —¡Esto es inconcebible! —ruge—. ¡Capitán, formalmente le solicito que me apadrine en esta lid! Ya he hablado con Nostromo y Razumov, que también me asistirán. —Yo sólo cuento con Almayer... si logro arrancarlo de su visionaria pipa de opio —dice algo confundido D’Hubert. El capitán los mira uno a uno, y luego de un prolongado silencio les pregunta lo mismo de todos los días. —¿Y las armas? ¿Se piensan batir con el dedo índice, muchachos? Ya saben que en nuestro estado lo único que podemos portar son cadenas para arrastrar, y eso en las viejas casonas y en los castillos abandonados, porque en este viejo barco sólo servirían para fatigarnos. Los hombres quedan atónitos; entonces repiten su diaria mirada de desconcierto ante omisión tan lamentable y, luego de una gallarda inclinación de cabeza, se retiran cada uno por su lado, confundidos aún por la torpeza de su imprevisión. La tripulación, que ya se dispersa por la cubierta, les palmea las espaldas con afecto. El capitán los ignora porque ahora enfoca todo su cuidado en la presencia del barco en la distancia. Pasa por encima del grumete que enjabona el piso, y vuelve a la borda a concentrar el catalejo sobre ese punto negro que ya se define. «Es raro, muy raro —murmura—, más que el último que avistamos hace tres días y que nos dejó sordos con el estruendo de los engranajes y su motor endemoniado. Éste tampoco tiene velamen ni arboladura; en su lugar han erigido una ridícula arquitectura metálica de cilindros, cubos y rectángulos colosales. Pero no importa. Como va el mundo, todos los barcos terminarán por ser fiel copia del exabrupto ese del Titanic, que fracasó por la soberbia de los armadores: ¡cuarenta y cinco mil toneladas de vanidad!».
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—Como
le decía, señor —habló el joven rubio al primer
oficial—, no es extraño que el radar no lo haya detectado.
Ningún instrumento puede hacerlo. —Pero es que, además, las velas no están izadas y no hay un alma en cubierta —balbuceó el primer oficial sin quitar los ojos de los binoculares. —Se equivoca usted, señor, es tripulado por almas; sólo que no podemos verlas. Allí está el alma del capitán Józef Teodor Konrad Korzeniowski; acaso usted lo ha oído mencionar como Joseph Conrad, el escritor. El primer oficial dejó los binoculares y miró al joven. —Me habla usted de un hombre que murió hace más de setenta años, Marlowe. ¡Claro que he leído sus libros, son memorables! —Mi bisabuelo, que narró con su voz varios de esos libros, legó a mi familia la historia del capitán Konrad Korzeniowski. Contaba él que a ese capitán, después de veinte años de navegar por todos los mares del mundo, una mujer lo retuvo en tierra, luego fue una familia. Se dedicó entonces a su otro dominio: escribir novelas sobre personajes del mar, y ahora ellos son la tripulación de su barco. Y va de puerto en puerto en busca de Jessie, la mujer que lo aguarda. Se habían prometido un último viaje de ancianos a las tierras de su origen para concluir la vejez entre sus mayores, pero la muerte ignoró ese deseo. Y él no quiere incumplir. Por eso navega vehemente en el Torrens, ese barco que usted tiene a la vista, señor. Navega en el tiempo, navega en la ilusión. Dicen que los puertos lo añoran. Él se deja ver en ellos y hay lugares que lo prefieren como paisaje frecuente en su mar. Todos lo recuerdan, sí, señor. Siempre lo esperan y él no puede demorarse porque tiene una cita importante que cumplir. Debido a eso, en cualquier instante una densa niebla lo cubrirá a nuestros ojos mortales, ya verá usted, señor; en otro instante, hombres de idioma distinto del nuestro verán al Torrens recalar en sus aguas, y aspirarán a contemplar el rostro de su infatigable capitán. |
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