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CORRERÍAS
TRAS EL «COMPENDIO HISTORIAL» O
LA PERDIDA CONFESIÓN DE XIMENEZ DE QUESADA (1574 - 2000) |
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Por Germán Hermida Barrera
Ilustraciones de Dioscórides Pérez
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Historia de un viaje que va de Colombia a la China y de la China a España en busca del libro que escribió Ximenez de Quesada sobre la conquista de América. Además de ser intensa y divertida, esta crónica busca crear inquietudes con el fin de seguir las huellas de tan anhelado tesoro, hasta hoy desaparecido. |
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Puercos: así
llaman algunos a los chinos por su evidente despreocupación hacia
el papel tirado en el piso, el polvo sobre la vidriera o la cáscara
sucia que se fue de más entre la licuadora. Aun así, son
uno de los pueblos que menos pestes han sufrido y las epidemias, a pesar
del sars, en su larga e inventariada historia resultan tan escasas como
los brotes de sífilis entre un grupo de eunucos. Por ello no
me escandalizaron la basura arrinconada a un lado de la barra, ni cuán
polvorienta se encontraba la pantalla del computador; incluso llegué
a disfrutar aquel jugo agridulce que me sirvieron en un vaso a todas
luces mal lavado. Los café internet en Beijing se han multiplicado;
sin embargo, pese a la enorme oferta de estos portales electrónicos
me conservé fiel al oscuro y estrecho local de la calle Liang.
Apenas contaba con tres máquinas, pero su fibra óptica
era impecable y nunca había fila, un verdadero lujo en China.
Para ser exactos, el congreso al cual asistía terminaría
en dos días y esa tarde, sentado frente al computador, recordé
un remoto pie de página que me había sorprendido hace
unos años y sobre el que juré hacer algo si alguna vez
se presentaba la oportunidad. |
Ese
día, luego de terminar las viandas y un trago del vino de la tierra,
sacó un legajo de papeles en blanco y un paquete de roídos
manuscritos atados con cabuyas. Se trataba de sus apuntes de memoria,
más conocidos como “El gran cuaderno de la jornada”,
que había escrito en sus años de gloria. Sólo en
1547 se los prestó al reputado cronista Gonzalo Fernández
de Oviedo en Madrid, quien escribía una historia americana. “El
gran cuaderno” era en realidad una colección de apuntes hechos
por Ximenez de Quesada sobre lo ocurrido en la conquista del Nuevo Reino
que no sólo él había bautizado sino anexado a la
corona, la misma que ahora lo dejaba en la ruina y le cobraba los 13.000
pesos de a 22 quilates. Pondría en orden aquellos enmohecidos papeles y se daría a la tarea de redactar una historia completa, un compendio íntegro y escrito más fielmente que ninguno. Es cierto que otros habían puesto ya sobre papel versiones de la conquista neogranadina, pero eran esos curas franciscanos que no formaron parte de la Expedición. Los curas compusieron las crónicas años después de los hechos, al hablar con sus hombres, y les faltaban infinitos detalles y sutilezas. No tenía nada contra los devotos fray Pedro Aguado y fray Antonio Medrano (quien había incluso muerto en su última y desastrosa expedición a los llanos del Casanare), pero sus relatos eran incompletos. Ximenez de Quesada también era amigo del campeón de las letras españolas, Juan de Castellanos, de quien sabía que componía en verso una historia sin fin sobre la conquista de la Nueva Granada. Pero Castellanos, hombre de fe y beneficiado de la fría Tunja, también escribía de a oídas. Es cierto que algunos de sus capitanes y soldados invirtieron tiempo en relaciones cortas sobre la Conquista, como por ejemplo Juan de San Martín, Antonio de Lebrija, Antonio Díaz Cardoso, Domingo de Aguirre. Pero eran hombres de guerra, no de letras, y las sucintas líneas que redactaron no hacían la justicia debida a la caída del imperio chibcha. Fernández de Oviedo, el historiador al que había entregado sus apuntes años atrás en Madrid, hizo algunas buenas transcripciones, pero el Adelantado sabía que eran insuficientes, que le faltaba a él pronunciarse. No les temía a los papeles en blanco, ni a la empresa de escribir un compendio, puesto que ya había terminado más de cuatro libros sobre diversos temas. Entre los calores de Mariquita y los afanes de guerra contra los bravos gualíes, Gonzalo Jiménez de Quesada redactó un libro que contenía la versión entera de los hechos que le dieron fama; lo hizo faltándole apenas cinco años para morir, arruinado por la propia corona y asediado por las deudas.
Te preguntarás a qué viene todo esto. Bueno, lo cierto es que Fernández de Piedrahíta fue el último que utilizó y pudo leer el manuscrito de Ximenez de Quesada. Aquellos invaluables folios con las letras del Adelantado están hasta hoy perdidos. Hubo rumores de que una copia descansaba en Bogotá, en la propia Biblioteca Nacional, y que la vieron en la primera mitad del siglo XIX; sin embargo, insignes estudiosos del momento jamás la encontraron. Las letras de Ximenez de Quesada se quedaron sin imprimir y la voz más autorizada para relatar la conquista del imperio chibcha apenas se deja hoy entrever en la obra de Fernández de Piedrahíta. En el libro de Otero D’Costa sobre Ximenez de Quesada, el que te pido que busques entre mis cosas, Otero intenta reconstruir el “Compendio historial” a partir del texto del obispo. En realidad, Fernández de Piedrahíta en sus páginas suele escribir: “… como lo afirma el mismo Ximenez de Quesada en el capítulo tal… de su ‘Compendio historial…’” y a renglón seguido transcribe a Ximenez. Eso es todo lo que nos queda del “Compendio”, retazos. Y sin embargo estos pocos fragmentos permiten vislumbrar detalles únicos no mencionados por ningún otro cronista. Recuerdo que en el libro de Fernández de Piedrahíta, en uno de los pasajes en que copia textualmente a Ximenez de Quesada, el Adelantado rememora el saqueo de Tunja, la noche en que se hicieron ricos. |
Ximenez
describía cómo sus soldados llevaban a cuestas sacos a reventar
de oro y de pasada cargaban también sobre sus espaldas toda la
cristiandad. Arruinado y con algo de remordimiento, al final de su vida
era capaz de ser lo suficientemente honesto para reconocer el robo. En
ese mismo pasaje, Ximenez de Quesada describe como ningún otro
la manera en que las piezas de oro fueron recogidas en la ciudad desde
las seis de la tarde, hora a la que llegaron a Tunja, hasta las nueve
de la noche, momento en que alrededor de la pila formada, dos soldados
colocados frente a frente no podían verse la cara debido a la altura
del arrume. Éstas, mi querida Mariana, son de las pocas cosas que
del “Compendio” se conservan transcritas en el libro del obispo.
No quiero que pienses que se trata de desvaríos de un viejo decepcionado
por no haber recibido ni la décima parte de lo que le dieron a
Pizarro o a Cortés, recuerda que Ximenez de Quesada escribía
frente a muchos testigos de los hechos que aún se encontraban vivos
y que pretendió confeccionar un relato superior y más fidedigno
que ningún otro escrito en ese momento. Por otro lado, por si te
quedan dudas con respecto a la descripción del montón de
metal, el total del botín oficialmente declarado por la hueste
de Ximenez de Quesada fue cerca de una tonelada de oro, la cual puede
conformar, en objetos, un morro como el que describe el Adelantado. Así
mismo, los soldados españoles en el siglo XVI no eran muy altos.
De hecho, en 1530 un censo de los tercios o escuadrones españoles
en Italia declara que, entre 332 hombres, sólo 20 medían
más de cinco pies y medio (1,70 metros). Perdóname que te
importune con tantos detalles, pero quiero que entiendas la importancia
de lo que te voy a pedir. Volviendo al pie de página del libro de Otero D’Costa, cuando este afilado historiador en la década del treinta escribe sobre la lamentable pérdida del “Compendio historial” y como probablemente el obispo Fernández de Piedrahíta lo había dejado refundido en algún oscuro archivo en España, hace una pequeña nota. En letra menuda apunta que un médico conocido suyo, en un viaje que hizo al norte de España, más exactamente a un pueblecito en Cantabria, había visto dentro de un arcón que servía de asiento a los fieles, unos manuscritos que el cura le había dicho trataban de cosas muy interesantes sobre la conquista del Nuevo Reino de Granada. También recuerdo que en dicho pie de página, Otero D’Costa invitaba al cónsul colombiano en Madrid a que averiguase de qué se trataban esos manuscritos hallados en esa iglesia remota, pues bien podrían tratarse del propio “Compendio”. Ya podrás imaginar, mi querida amiga, que estas palabras me quedaron sonando, pues Otero, el más agudo de todos los estudiosos de su época, invitaba a que alguien se asomara sobre aquellos papeles, que si bien resultaba difícil no era imposible, que se trataran de la obra perdida de Ximenez de Quesada o, en el peor de los casos, de un documento extraviado sobre nuestro pasado. Ahora bien, sabes que en dos días salgo para Madrid a la reunión que tengo en la Universidad Politécnica. El detalle que se me escapa, que necesito que me envíes, es el nombre de ese pueblo en Cantabria. No me pidas que no me ponga a hacer locuras, ya sé lo que pasó en Guasca cuando nos cogió la noche en el páramo. Necesito que busques en el libro de Otero D’Costa el pie de página y me escribas el nombre del pueblo». Abrazos, Germán |
Apenas me permití la sidra necesaria esa noche, la suficiente para ahorrarme cualquier síntoma de guayabo, ya que tenía que madrugar para coger carretera a Santander. En el bus sobre la autorruta, galicismo de los españolitos para autopista, evoqué repetidamente a Ximenez de Quesada blandiendo su pluma sobre el papel, revolcando sus viejas notas o apretándose las sienes al tratar de revivir algún pasaje borroso. Lo imaginé sonreír, pues nadie que rememora sus mejores momentos es capaz de evitarlo. Luego pensaba en Mariana, en cómo se vería con el pelo violeta, una absoluta locura. Ella odiaba pasar inadvertida, y si fuese necesario usaría luces de neón para conseguirlo; esa parte suya exhibicionista me agradaba, pues todavía a su edad podía permitírsela sin siquiera rozar el ridículo. Por otra parte, era posible que mintiera para provocarme y que su cabello conservara intacto ese castaño desteñido que me gustaba ensortijar con los dedos. Llegué a Santander ese sábado por la tarde. Su arquitectura blanca, sus carros lujosos y sus frecuentes casinos me hicieron pensar que me encontraba en el Mónaco español, pero estaba lejos de sentirme perdido pues había comprado una guía con mapas de la región de Cantabria, de la que Santander es capital. Sobre el plano busqué impaciente Espinama, que quedaba cerca de cien kilómetros al occidente de la Mónaco del norte. Disponía sólo de dos días para la búsqueda, ya que tenía que volver a la Politécnica para arreglar unos programas. No lo pensé dos veces, alquilé un Fiat 2000 que probaría ser bastante veloz. La ruta era clara en el mapa, debía bordear la costa cantábrica y desviarme hacia el sur en Unquera. |
Entre
curva y curva se asomaba el helado mar Cantábrico, con un sol en
llamas a punto de sumergirse en él, a pesar de que apenas se acababan
de cumplir las cuatro de la tarde. La carretera estaba vacía, así
que me detuve un instante sobre una colina a tomarles una foto a la costa
y al espectáculo del cielo ardiendo a lo lejos. Examiné de nuevo el mapa, sobre el que entendí que luego de Unquera me alejaría de la costa y cogería hacia el sur atravesando un estrecho cañón. Éste, de unos pocos kilómetros de largo, no era otra cosa que la entrada a un valle cerrado, un valle circundado por escarpadas montañas. Las curvas de nivel sobre el plano mostraban que la única entrada o salida de aquel valle, conocido como La Liébana, era ese estrechísimo y profundo cañón. La cordillera que servía de anillo a la Liébana tenía todas sus cumbres nevadas y se conocían como los Picos de Europa, mirador y centro de esquí en invierno. Como puede deducirse, un valle tan aislado y de geografía tan quebrada resulta ideal para quien lo defiende de invasores. Así desde los romanos, pasando por los visigodos, hasta las huestes del islam, pocos fueron los pueblos que pudieron con la resistencia cántabra, en esos valles inexpugnables. No es un secreto para nadie que en estas tierras de Cantabria nació Castilla y con ella nuestro idioma, el mismo que se iría extendiendo hacia el sur a partir del siglo IX y cruzaría el océano en el XV. La pregunta que restaba por responder versaba sobre si pasar la noche en Santillana del Mar, bellísima ciudadela del siglo XII que se cruzaba en la ruta costera, o emprender la entrada al valle partiendo a las seis de la tarde. Viajar de noche entre ese cañón, conocido para mi propia ironía como el desfiladero de La Hermida, podía ser un poco arriesgado, pero sólo contaba con un día más de búsqueda y no podía darme el lujo de perder tiempo. Avancé por la costa hasta Unquera, donde me desvié hacia el sur, de acuerdo con el plano. Efectivamente la carretera se refundió entre un cañón, cuyos taludes casi verticales se alzaban más de un centenar de metros. Sobre una señal de tránsito de la vía, alguien había grafiteado «País Cántabro»; nunca faltan los radicales solipsistas, a pesar de que Cantabria es una de las regiones más pobres y olvidadas de España. De hecho, entendería después que cuando los madrileños quieren conocer la España más campesina, la más tradicional, la del Cid, de los lobos y de la arquitectura rural del medioevo, se dirigen a Cantabria. Sin salir aún del cañón me detuve en el primer pueblo, La Hermida, un conjunto de casas miserable que se sostuvo de la minería desde la época romana y hoy vive de las cabras. Avancé luego sin detenerme hasta la capital del valle, la villa de Potes. Debo decir que me impresionó la vista de la impecable torre medieval alrededor de la cual Potes creció. Lo cierto es que esa torre de base cuadrada, con una sola y pequeña puerta y diminutas ventanas en cada costado, me recordó la época en que los saqueos de bandas de ladrones y mercenarios hacían su ley en la España del siglo XI. En aquella época de reglas brutales, los habitantes de los pueblos se refugiaban en el torreón de su señor para protegerse de las vejaciones de estos grupos. Uno de ellos, venido a más, estaría justamente liderado por un tal Rodrigo Díaz de Vivar, tiempo después conocido como el Cid Campeador. Afortunado, conseguí un hotel que tenía habitación con vista sobre la plaza principal, allí donde sobrevivía el Torreón. Me acosté inquieto pensando en el texto perdido de Ximenez, reconstruyendo una vez más la imagen del conquistador en Mariquita, escribiendo, esforzándose por recordar la visión primera que tuvo sobre la sabana de los muiscas. Esa sucesión de sembradíos y fortalezas de madera que se asemejaron a los puntiagudos alcázares de la península. El viejo era capaz de recordar, con seguridad, el sonido ronco de la caballería cargando contra un batallón de guechas. Sumido en la pobreza, tendría que ser doloroso reconstruir la imagen de la montaña de oro que formaron sus hombres en el patio del zaque en Tunja. A Ximenez de Quesada tal vez por eso no le importaba ahora reconocer el saqueo y la poca cristiandad de su hueste hambrienta. Las más de 1.400 esmeraldas que se guardaban en la caja real, dentro de una bolsa antes de la repartición del botín en Bogotá, se habían esfumado y ya no conservaba ni una de esas piedras. A la mañana siguiente me dirigiría a Espinama, donde revolcaría el pueblo en busca del manuscrito que tiempo atrás había sido visto; en el hotel no se sentía a nadie. Apagué la luz. Esa mañana, las calles de Potes brillaban humedecidas por la lluvia matutina. Al dejar el pueblo atrás con el mapa extendido sobre el asiento del pasajero, me adentré hacia el fondo de ese valle sin salida. La carretera, cubierta por una capa de asfalto escasa y desgastada, tenía —de acuerdo con el plano— una desviación que terminaba en un monasterio muy famoso en toda España, Santo Toribio de Liébana. Este monasterio, además de mantenerse intacto desde el siglo XIII, conserva el resto más importante de la cruz de Cristo, el Lignum Crucis. Es probable que si se juntasen todos los restos de la cruz de Cristo, que dicen las iglesias del mundo resguardar, el trozo de madera resultante haría pensar que el tronco pertenecía a una secoya. Pero eran las seis de la mañana y en Espinama seguramente la iglesia aún debía estar cerrada. Me desvié a Santo Toribio, donde encontré a los madrugadores monjes barriendo las hojas de la entrada y podando los árboles. Dejé el carro lejos de esa impresionante y sólida edificación de obreros medievales. Luego de saludar, hablé un instante con el que barría la entrada, un monje que dijo había vivido más de 26 años en el Paraguay. Aquel hombre de fe me indicó la entrada a la capilla, donde podía ver expuesto el Lignum Crucis. |
El
interior del recinto estaba en tinieblas y apenas alcanzaba a distinguir
los bancos de la iglesia. Busqué entonces el interruptor sobre
la pared, pero no lo encontré; a cambio, hallé un monedero
donde decía «Luz: $100 ptas.». Los monjes desde el
medioevo conservaban bien sus costumbres. Dejé caer la moneda (en
pesos mil) a través de la ranura y se iluminó así
la capilla. Forrado en oro (¿chibcha?), estaba allí colgado
el pedazo de madera. Salí de la capilla directamente hacia el carro, pues me aguardaba una búsqueda que hacía mucho tiempo esperaba. Sin embargo, y a pesar de haber abierto la puerta del auto ya para partir, me detuve por un instante luego de avistar a un espigado monje que podaba las ramas de un árbol. Por alguna oscura razón, aseguré de nuevo el carro y caminé hacia él. Sin permitirle siquiera que me hablase, le hice una pregunta cuya respuesta conocía. —Disculpe, ¿sabe usted dónde queda Espinama? El sacerdote, con el rostro cubierto de sudor, detuvo la motosierra con la que podaba las ramas. —Por supuesto. Siga por la carretera unos 24 kilómetros, y antes de que termine la vía encontrará el pueblo. Yo soy el cura de allá. Si había alguien a quien buscaría en Espinama, era justamente al cura; él sería mi primer interrogado y lo tenía al frente. Una especie de raro magnetismo había hecho que me detuviera y le hablara a este monje que resultaba ser justamente la persona que buscaba. Me presenté como un historiador que venía desde Colombia y que buscaba unos papeles viejos que alguien había visto hace años en un arcón de la iglesia. Los manuscritos hablaban de la Nueva Granada y eran muy antiguos. El cura, que no mostraba mayor interés por mis palabras, intentaba prender de nuevo su máquina y sin pensarlo demasiado me respondió que no tenía la menor idea. Insistí tanto, preguntándole quién podría darme razón de los papeles, que me contestó que en realidad él era nuevo en el puesto, pero que interrogara a los viejos del pueblo. Debo decir que mi encuentro con este monje —cuyo rostro quiero olvidar— fue bastante amargo, pues me iba con las manos vacías luego de haber hablado con mi supuesta fuente más importante. El paisaje del valle de Liébana en otoño es conmovedor. Las escarpadas montañas que rodean la región se conservan grises hasta sus cumbres y ni una sola planta puede sostenerse o crecer sobre aquellas empinadas paredes. Aquellos picos y montañas, algo teatrales, se asemejan a un perfil de cartón recortado y teñido con témpera gris para el decorado de una obra. Los campos sobre los cuales avanza la carretera son en cambio de un verde encendido, sobre el cual vacas y cabras se ceban. Espinama apareció finalmente construida en una hondonada, a un lado del río que había estado bordeando desde que entré en La Liébana. Un pueblo perdido como todos los de este valle secreto, que sufre en invierno cuando la nieve cierra la salida por el cañón, quedando aislado del resto del mundo. Un escalofrío se me anidó en el cuello y me hizo aferrar aún más fuerte el timón, ¡por fin! Si un capítulo de nuestra historia se encontraba escondido entre estas casas de piedra, lo hallaría. Mariana podía pensar que yo me preocupaba inútilmente por los muertos, pero lo cierto es que intento hacerles justicia. Había sangre derramada de por medio y una que otra dignidad por restituir. Era necesario aclarar algunas victorias y vergüenzas silenciadas. Aún no eran las ocho de la mañana cuando entré en Espinama. Parecían casas construidas a un lado de la carretera, y no había plaza principal o algo que se le pareciese. Dejé el carro sobre la propia vía y alisté mi cámara. No había recorrido aún la primera cuadra cuando una anciana abrió la verja de su casa para sacudir un tapete. Me recibió con una sonrisa encantadora, correspondida de inmediato por un saludo en ese castellano del centro de Colombia, que conserva aún de manera insólita el acento, tono y vocabulario de los que hace cinco siglos cabalgaron por primera vez esas tierras. —¿Vienes de América? —me preguntó mientras castigaba el tapete con un bastón. —Sí, de Colombia. La verdad es que vengo a Espinama buscando unos papeles viejos, que vieron hace algunos años en la iglesia. La anciana reflexionó por un instante y se rascó la cabeza, compartiendo por un momento mi búsqueda. —Espera, llamemos a José —me explicó mientras hacía sonar el timbre de la casa contigua. Entre marcos de piedra labrada, un par de hombres que rebasaban largamente en edad a mi espontánea anfitriona se asomaron por las dos ventanas frontales de la casa. Ella alegó que el joven buscaba alguien que le diera razón de unos papeles antiguos, unos manuscritos que estaban en la iglesia y que trataban de Colombia. Examinando la ruinosa casa, advertí tras ella una silueta que empujaba una carretilla de madera que era una verdadera pieza de museo. La figura, encorvada por el peso y los años, era un trabajador tan anciano como aquellos en las ventanas, quienes se declaraban ignorantes sobre papeleos. Con la sensación de haber caído en un pueblo que se extinguiría pronto, me apresuré a preguntarles a aquellos entrañables campesinos si conocían a alguien del pueblo que hubiese trabajado en la iglesia antes que el actual cura. Golpeando su bastón contra el asfalto, la señora mencionó sonriendo a un tal Francisco Rojas. Impaciente y medio ahogado, la interrogué sobre su paradero. Los viejos de las ventanas callaron pero del fondo, sosteniendo su carretilla centenaria, el anciano trabajador comentó en voz alta: «En el cementerio, hijo… Está podando el prado y arreglando las flores». Mi anfitriona y los que ventaneaban señalaron al tiempo sobre la ladera, al otro lado del río, una arboleda bajo cuya sombra descansaban sus familias, amigos y otros que ya se habían ido. Sin detenerme corrí hacia el riachuelo, crucé el puente con la cámara golpeándome rítmicamente la espalda y luego de remontar una cuesta franqueé una entrada metálica, justo bajo aquellos frondosos árboles vestidos para el otoño. Francisco Rojas, arrodillado sobre las tumbas, no respondió a mi llamado; tuve que acercarme y prácticamente gritarle sobre un hombro. Sin duda el dedicado jardinero era, entre todos con los que había hablado en el pueblo, el que más cerca estaba del cementerio. Me sostuvo la mirada por unos segundos, como tratando de reconocer algo familiar en aquel extraño. La luz de uno de sus ojos se había extinguido y su lento caminar al acercarse denunció un cuerpo que escasamente se mantenía en pie. Inclinándome sobre su oído izquierdo, hice mi primer intento: —Don Francisco, ¿cómo está? —le pregunté, temiendo que el volumen hubiese sido demasiado alto. —¿Cómo? —respondió mientras se despojaba de una boina raída por el uso. —Que cómo se encuentra? —insistí, en lo que en realidad era un tanteo por saber dónde comenzaba a escucharme. —Bien, gracias; ¿quién es usted? —Soy un historiador que viene… El anciano, que había perdido el movimiento de uno de sus ojos y apenas lo conservaba en el resto de sus miembros, pareció comprender perfectamente lo que acababa de decirle, pues no esperó a que terminara. Con su ciclópea pupila brillándole y con un tono intempestivamente entusiasta, agregó: —¿Historia? Claro que conozco. Primera guerra mundial, los aviones, las trincheras, ta, ta, ta, ta. La segunda fue peor… Sabía que no podía permitirme el desespero. Era cierto que el cura había sido inútil en Santo Toribio y también lo era el que los tres viejos no mostraron la menor señal de conocer o haber oído hablar de los manuscritos. Todos habían coincidido, antes de que corriese hacia el cementerio, en que el único que podía dar razón de los objetos de la iglesia era este venerable anciano que continuaba hablando de tanques y bombas. Así que sabía que debía tratarlo con delicadeza, que aquella sordera y pequeños delirios no serían los que me impedirían encontrar las letras perdidas de Ximenez de Quesada. —Don Francisco, don Francisco… Espere. El anciano detuvo su eufórica enumeración de tipos de armas y morteros de la década de los cuarenta, para guardar silencio y cogerse la oreja con la mano izquierda. —Don Francisco —le dije vocalizándole pegado al oído—, vengo desde Colombia en busca de unos papeles que estaban en la iglesia hace un tiempo. ¿Trabajó usted en la iglesia? —Colombia, el viejo Nuevo Reino de Granada; queda lejos… Claro que ayudé en la iglesia desde siempre. Fui monaguillo y sacristán de mi padre, Dionisio Salmuera, que Dios tenga en su gloria. Esa era la persona que había soñado interrogar desde la primera vez que leí el pie de página de Otero D’Costa unos años atrás, era él a quien venía buscando desde el otro lado del mundo; aquella mirada inerte tendría que arrojar luces sobre un sombrío episodio de nuestro pasado. —Don Francisco, escúcheme bien, tómese su tiempo para responder. En la iglesia había un arcón, un baúl sobre el que se sentaban los feligreses. Dentro de ese arcón había unos papeles viejos, unos manuscritos antiguos; ¿sabe dónde están? Hablaban de América, del Nuevo Reino de Granada, unos papeles viejos, ¿recuerda? El anciano removió con el pie un grupo de hojas caídas sobre el piso que comenzaban a podrirse. Debo decir que los instantes de reflexión de Francisco Rojas, aquel momento que se tomaba para revolcar entre sus lejanos recuerdos, no fueron para mí otra cosa que un aliento contenido. Ese mismo que se invoca justo antes de saltar al vacío o sumergirse entre un abismo líquido. Por un segundo y por primera vez sentí que sus dos ojos me observaban. —Lo siento, nunca he visto papeles viejos o manuscritos en la iglesia. El cura Salmuera tampoco mencionó algo parecido. El viejo se arrodilló de nuevo sobre el césped, acomodando tulipanes y claveles entre los floreros de las lápidas que rezumaban agua lluvia de la noche anterior. |
Me alejé del cementerio y dirigí mis pasos hacia la antigua iglesia con techo de piedra. Mientras atravesaba las calles de ese pueblo de octogenarios, me pareció éste aún más vacío y más muerto que ningún otro. No me crucé con ningún alma para cuando alcancé la verja del templo. No obstante, debo decir que al traspasar la reja sí noté algo extraño. Un cerrojo enorme y oxidado sellaba, con la ayuda de un candado, la puerta principal del recinto y no había otra entrada. La iglesia en realidad tenía un pequeño pero muy descuidado antejardín, con un muro hecho de arcadas que dividía justamente el antejardín de la propia calle. Ese muro tan antiguo como la propia iglesia no rodeaba por completo la construcción, en un momento dado giraba 90 grados y enfilaba directamente contra una de las paredes de la iglesia, donde terminaba. Con la iglesia sellada podía haber dado la vuelta y marcharme, pero entendí que en mi país muy pocos sabemos de la existencia y desaparición del «Compendio historial». Somos aún más escasos los que leemos a Enrique Otero D’Costa, cuya mejor producción vio la luz en la Bogotá de los años treinta y los que leen la diminuta y exhaustiva letra de los pies de página se pueden contar con los dedos de una mano. Pero tal vez sólo yo fuese tan maniático de leer las notas al pie de este remoto escritor y de atreverme a ponerlas en práctica. No podía rendirme así de fácil. Ese muro exterior formado de arcadas que se encontraba finalmente contra una pared de la iglesia, terminaba también cerca de una estrecha y elevada ventana. Antes de intentar cualquier cosa, verifiqué que nadie estuviese siguiendo mis pretensiones. Dejé la chaqueta y el saco que traía sobre el piso y con ambas manos me aferré al borde superior del muro, que para ser francos se veía bastante débil. Al intentar completar la flexión, una de las rocas de las que me había agarrado cedió y fue a parar exactamente sobre mi cabeza. Debo confesar que tuve que sentarme y esperar a que el dolor y el bochorno se apaciguaran para intentarlo de nuevo. Haciendo de equilibrista sobre el muro, logré llegar hasta la pared de la iglesia donde, inclinándome a la derecha y estirando al máximo los brazos hacia arriba, alcancé apenas el borde inferior de la ventana. Sin pensarlo demasiado, terminé colgado de la parte inferior de ésta, y luego de un intenso y corto esfuerzo pude descansar el abdomen sobre ese borde y contemplar así la capilla por dentro. Una visión surrealista se reveló dentro de aquel recinto. El techo estaba roto y un grueso haz de luz se filtraba hacia el interior. Lo cierto es que gracias a esa cubierta agujereada pude descubrir cómo se abría paso, entre las baldosas del piso de la nave, un árbol gigantesco que se apropiaba con su follaje de buena parte del espacio y cuyas ramas más altas se aprestaban a escapar por el agujero en el techo. El árbol no era la única planta dentro de la iglesia, que en realidad estaba infestada de malezas y pasto. Antes de descender también noté unos andamios y tablas arrumadas junto al altar. Luego de tomar las fotos del caso, descendí confundido a la calle y me dirigí hacia el carro. Sobre la vía volví a encontrar a mi vieja anfitriona, quien se acercaba apoyándose en su bastón; traía puestos un par de zapatos de madera, una especie de zuecos con cuatro taches. Según me explicó, se llamaban alparcas y se usaban para el barro. —Mi señora, ¿qué le pasó a la iglesia? —Cómo que qué le pasó. La guerra, hijo. —¿Cuál guerra? —le pregunté aún aturdido. —La guerra civil. Arrasaron el pueblo y la iglesia con él, pero no la quemaron, por fortuna de Nuestro Señor. La alcaldía la está empezando a reparar. Me subí de nuevo al carro y luego de dar media vuelta empujé el acelerador hasta el fondo hacia Potes. Maldita sea, Otero D’Costa había escrito su pie de página antes de 1931 y la guerra comenzó en 1936. El «Compendio historial» debe sobrevivir refundido en alguna biblioteca o archivo poco consultado en cualquier recóndita iglesia ibérica, por lo que su búsqueda continúa. |
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