El ojo ve, el alma
mira. Ver, observar, atisbar, registrar, percibir, otear, vigilar, inspeccionar,
calcular, son operaciones vitales a las que está obligado el
ojo como órgano de los sentidos. El alma, por el contrario, no
es operativa y no tiene una función que cumplir: se asoma, cuando
existe, y, a veces, mira. La mirada es por esencia contemplativa y expresiva:
todas las expresiones del ánimo y del ánima se revelan
en la mirada, y el mundo se ilumina con una nueva luz cuando es mirado.
Tal
vez por ello se habla del misterio de la mirada de la Mona Lisa, que
ha seducido a sucesivas generaciones, y no de la belleza de sus ojos,
aunque son bellos de manera evidente. ¿Qué hay en su mirada?,
nos preguntamos. ¿Qué contempla con tanto arrobo?
Hay ojos agudos, capaces de detectar en el confín
del horizonte la inminencia de un navío pero inútiles
a la hora de percibir la gloria de un atardecer; hay ojos clínicos,
sensibles a las enfermedades y a los síntomas, del ojo por ejemplo,
pero insensibles a la magia de su color y de su forma, y ojos hermosos
pero inexpresivos. Igual sucede con los fotógrafos, que hoy en
el mundo son legión y nos abruman día a día con
millones de fotografías, muchas de las cuales exhiben una técnica
impecable, o son bonitas, o tienen bellos colores y armoniosas composiciones:
tienen ojo para el oficio, un ojo entrenado que puede registrar la realidad
para darnos testimonios de lo que sucede, o crear atmósferas
sugerentes, como en la publicidad, pero está ausente de ellos
la mirada, y sólo a ella le es dado expresar de manera doble
y única el espíritu que anima lo visible y la sensibilidad
y el carácter del que mira.
Hay una foto de Carlos Duque en la que encuentro
expresados, de manera contundente, la plasticidad y el rigor de su mirada,
y en la que la imagen misma parece jugar un juego de palabras: la mano
de una niña, con la muñeca desgonzada, cae y reposa plácida
entre la mano abierta y el pie estirado de una muñeca. El rostro
de la niña y la cara de la muñeca están ausentes
y han sido desplazados fuera de la foto, y la composición de
los miembros, en extraño y perfecto equilibrio, parece calculada
por un diseñador. Pero hay tal concentración en el abrazo,
tanta capacidad de protección en ese brazo que cuida, tanta posesión
en el gesto de la mano, que podemos sentir el afecto y la relación
maternal que existe entre la niña y su muñeca. El ojo
habrá visto el lugar, la situación, el entorno familiar,
pero la mirada se ha posado en la mano para excluir la anécdota
y fijar para siempre un momento de tierna eternidad.
Las fotos de Duque tienden a ser intemporales,
despojadas de historia, y en muchas de ellas los objetos parecen llevar
una vida apacible, ajena a los ajetreos que les damos: escaleras que
no vienen ni van a parte alguna, sillas que conversan entre sí
alrededor de un vacío, monumentos que se yerguen solitarios sobre
montañas solitarias, puentes y estructuras cuya función
parece ser magnificar el cielo, camiones, bicicletas y estatuas abandonadas
al azar, arrumes de candados, edificios que funcionan como espejos de
otros edificios, edificios que se derrumban al son de una ilusión,
cosas que se deterioran y derrumban —como los afiches diseñados
por Duque que muestran a Luis Carlos Galán vociferando, y ahora
son retazos, polvo, una foto de manchones sobre un muro—, ropa
que cuelga a contraluz frente a una ventana o a la sombra de una ventana:
pequeños prodigios, en suma, que casi nadie mira, y están
como a la espera de una mirada que los rescate del olvido.
Podría afirmar, de manera ingenua, que
es ingenua la mirada que Duque pasea sobre el mundo. Los elementos que
lo subyugan son, para decirlo de algún modo, elementales, y no
pretende ser grandilocuente ni descrestarnos con trucos de fotógrafo.
Los encuadres son sencillos, clásicos; la gama de los grises
y todos los contrastes entre el negro y el blanco imponen un aire de
severa serenidad a cada foto; los objetos de su deseo son triviales
y comunes y están al alcance de cualquiera; la luz es natural,
sin artificios. Y es dicha ingenuidad la que le otorga a cada foto un
aire de vez primera, y sentimos que el fotógrafo ha sido obligado
a obturar la cámara para registrar el asombro de una seducción.
¿Cómo no tomar la foto que se revela ante los ojos? ¿Cómo
pasar de largo ante esa flecha que se tiende en la calle para señalar
el ocaso? ¿Cómo no fijar el viento que estremece por igual
a la cometa y la palmera? ¿Cómo resistirse al tejido de
líneas que adornan y torturan esa espalda?
Hay una suerte de química entre el fotógrafo
y sus obsesiones. Duque es fiel a sus temas, y éstos le corresponden
con simpatía. En toda ciudad se detiene con cuidado a mirar los
edificios, y los edificios hacen toda suerte de cabriolas visuales para
llamar su atención y ser fotografiados; en cada rincón
lo acechan los espejos, las ventanas y las puertas se abren, los muelles
se alargan, los árboles penden, las raíces se desparraman,
los cielos se contorsionan. Es curioso, pero fuera de sus retratos hay
pocas personas en las fotos de Duque. Se diría que sólo
cuentan, para su mirada, las ciudades y el campo, esos dos grandes escenarios,
y las tensiones que crean dos objetos o elementos de signo contrario:
dos hombres bellos, arrogantes, felices, blanco y negro; un collage
que nos muestra al Che al lado del Chapulín y el Sagrado Corazón;
la mano que tiene la misma proporción de los edificios de Manhattan;
las efigies de Elvis y una diosa antigua; la ciudad de Nueva York que
le hace contraste a un paisaje del altiplano boyacense. La figura humana
está exaltada aquí al rango de objeto, mientras la ciudad
está viva en su delirio arquitectónico.
Una de las teorías más perturbadoras
de la ciencia moderna dice que el universo se comporta de una manera
distinta cuando lo contemplamos. ¿Distinta de qué? No
lo sabemos. Ni lo sabremos jamás, porque cuando tratamos de saber
cómo es en realidad y hacemos experimentos para observarlo y
precisar sus leyes, el universo se escamotea ante nuestros ojos y adopta
la forma que le conviene. Hilando muy delgado, se podría deducir
de lo anterior que el universo, la naturaleza, ama a los diseñadores
gráficos y posa para ellos de manera espléndida y provocativa.
En las fotos de Duque, como buen diseñador, la naturaleza deja
de ser natural para ser pura arquitectura, objeto fabricado, composición.
Esa hilera de árboles que se fugan entremezclando ramas por el
aire configura una catedral. El atardecer es un tratado de geometría.
La luz talla, esculpe. La mirada, como lo propone la ciencia, trastoca
lo que mira. Ahora las apariencias no engañan, son reveladoras.
Ojo, hay que mirar con cuidado las fotos de
Duque, no sea que de pronto nos trastoquen y nos atrapen: no tenemos
nada que ver, estamos aquí para mirar y ser mirados.