Óscar Emilio Alfonso Talero (Bogotá,1977). Licenciado en filosofía y letras en la Universidad Santo Tomás. Actualmente da clases de inglés y pastoral en el colegio San José de Calasanz del Rincón de Suba. Ha escrito un libro de cuentos, En un Rincón de Bogotá, que aún corrige, y trabaja en dos proyectos literarios: una novela breve (con nombre inicial Antes de morir) y otro libro al que pertenece este cuento.


A Yeiny Acosta...

Acá
Desde que salí del baño, no he dejado de mirar el reloj; parece que el tiempo ha quedado suspendido tras el fulgurante ardor que envuelve por estos días a la ciudad. El desespero me está agobiando el corazón, me recorre en cortante pasión en medio de esta soledad absurda. No ha sido suficiente pasar media hora bajo la ducha, la frescura siempre será una ilusión. Las gotas salinas de sudor que recorren mi pecho me hacen recordar lo imposible que es luchar contra el calor diabólico que nos abraza. ¡Cuántas manos desearían secar estas gotas, allí donde sólo la mano de él se ha posado! ¡Qué bien luzco ante el espejo! Mi bolso, ¿dónde está mi bolso? Y esta camisa ajustada, agraciada para su mirada pero un tanto fastidiosa para la escasez de brisa. Hora de escapar furtivamente a la rutina de esta casa. «... ción, mamá». «Dios la bendiga, mija». Espero que a cada paso el recorrido suave del viento refresque este hermoso cuerpo. Los vecinos siempre aparecen con la bulla que no cambia; aunque no hay que quejarse porque el silencio sería aumentar el tedio que trae el clima; no me imagino la cuadra calmada en estas tardes tan ardientes, revestida de los sonidos del silencio, imitando monasterios. A ver qué sucede de raro esta vez por las Américas. De nuevo ese pito de loro viejo, inevitable su flirteo. Los choferes no pueden impedir que su instinto animal les brote del bajo vientre; definitivamente, todos los hombres son iguales. Parece que voy aprendiendo bien el discurso de mis hermanas y las patrañas de mis hermanos. «Cornejo, Cornejo. Siga mi amor que la llevamos para donde quiera». ¡Qué palabrería tan sosa! Vallenatos para amenizar el viaje, menos mal que me preparan el ambiente para la rumba que espero recibir en Cornejo. Sólo queda suspirar, ya no será igual a la rumba de la semana pasada. ¿Dónde estarás? Quizá recorriendo parajes que algún día deseo caminar junto a ti para arder en la frialdad de la capital.

Allá
Ante su ausencia femenina, queda bien recorrer los parajes de la ciudad para intentar esquivar la soledad, aunque sé que eso no me alejará de la mente los días vividos a su lado. Otra vez el abrazo de una tarde gélida, inherente a la belleza cálida de la capital. Brisas congeladas que pasman el alma y los pasos de un corazón transido de pasión, regocijado en el silencio; las gotas resultan amenas para ver y no tocar, dignas de una fotografía artística. Voy a llegar otra vez tarde si sigo en tantos parloteos fantasiosos. Definitivamente, de un tiempo para acá, mi pecho se ve más reluciente, el abdomen se endurece con porte de modelo y la barriga da sutileza al movimiento. ¿Dónde habré puesto los talcos? Una canción resulta adecuada para acompañar el tiempo en que la desnudez se adorna con un traje que oculta su belleza y reviste de apariencia. «Estas ganas de verte limitan al sur con la agonía de no tenerte...». Un poco de crema con un tanto de perfume son suficientes. «Dios lo acompañe, mijo». «Gracias, ma’». Ahora a esperar que arribe el alimentador para ingresar al sistema. Ahí viene, cual carro de Sprite. Ya que la educación no ha dado para la cortesía, la obligación enseña: las sillas azules son para niños, embarazadas y abuelos; por algún lado teníamos que cambiar de costumbres; mejor seguir de pie. Con el avance, la vida y la ciudad se ven distintas. A correr para no quedar de último en la fila. Un mal cálculo para los constructores: la demanda superó los planes cuantitativos del alcalde. Y ahora el carro rojo para quedar embotellados, al estilo de Coca-Cola. Qué distinta se ve la ciudad a través de estos ventanales, me siento personaje de una película; la transparencia ya no es sólo un mito de comerciales, es real en estos buses. De este lado son ellos, los del poder económico, los que tienen que aguantar el trancón y no nosotros, los del montón. ¡Cuánto deseo que ella venga a conocer todo esto, así sería más mirífico el recorrido! Habrá que esperar la próxima cápsula del tiempo que dé rienda suelta a nuestra pasión, que nos permita vivir un poco de fantasía.

     
 
 
     

 

Juntos
Estaba pensando que no iba a llegar; quién lo creyera: preocupándome por estas bobadas, por estas situaciones sin sentido. Ahora se ve más lindo que hace un mes, cuando vino por última vez a visitarme; se lo diré poco a poco, para que no se le suba el ego y empiece a creerse imprescindible. Quiero abrazarlo, tomarlo de la mano y dejar que el tiempo nos robe, nos esconda para la eternidad; definitivamente, el verdadero amor la cambia a una y la hace llegar a cosas que nunca pensaba hacer, que no deseaba realizar. Su presencia ha desnudado mi alma; y pensar que hace tres días lo daba por perdido... ¡Estúpido, queriéndoselas dar de importante! He debido creerle a mi hermana: todos son iguales. Pero a él no puedo decirle que no importa lo que diga mi hermana porque para mí sí vale mucho. «¡Hola, amor! Mi gordito». «¡Hola, mi niña linda!». Bello título que me he ganado a su lado. ¡Qué bien se siente estar entre sus brazos, sentir el aroma de su piel, acariciarle la cara y las manos, rozar mis labios con los suyos, sentir la pasión desbordarse en un beso luego de un mes de ausencia! Definitivamente, ya soy dueña de su corazón. Claro que a veces me cansan sus besos eternos, pero si se lo digo se pone susceptible y empieza a rechazarme con su frasecita tradicional: «Los besos de Linda». Pero mejor dejar que sea el amor, expresado en caricias, el que nos haga un solo cuerpo. Me derrite ese estilo suyo de humedecerme los labios con el movimiento de su lengua; me besa con suavidad, a la manera del amante perfecto. Ahora me encuentro muy tranquila sintiendo su ardor, mejor dejar los ojos cerrados. El tiempo se nos escapa al compás de nuestras miradas, que les dan descanso a los labios. «Invítame a una cerveza de esas que venías tomando». Con este clima se ve muy provocativo. «¿De cuál quieres?». «De la tuya». ¡Vaya, me la ha dado sin inconvenientes! Está bien fría, como le gusta sólo a él; venía preparado, sabe que me gusta compartir una con él. «¿Vamos al río?». Acepto. Me encanta que quiera estar solo conmigo, sin tanto espía que juzgue lo que hacemos y no sabe lo que sentimos. Iré por la toalla. Un beso a mi manera.
    Se ve muy linda con esa camisa sisa azul cielo, ese cielo del que no quiero caer; rara vez se la pone porque, según ella, no le gusta que le vean el ombligo, además de que me gusta molestárselo; pero cuando se la pone queda muy linda, celestial, me siento en compañía de un ángel. No pensé que me esperara, ella no es de esas mujeres que demuestran amor, y menos esperando en la puerta de su casa; no sé por qué lo hace si antes le daba pena que viniera, ni un beso me solía regalar. Extraño tanto su presencia, poder besarla, acariciarla, estrecharla entre mis brazos y dejar que el amor nos aúne. ¡Qué beso! «¡Hola, amor! Mi gordito», con la ternura que sólo usa en las palabras. «¡Hola, mi niña linda!». No son necesarias palabras de más, sólo los gestos dan vida a los amantes que han estado separados en la distancia, no en el tiempo. Su abrazo es cálido y tierno, es la primera vez que lo percibo así. ¿Qué le estará sucediendo? ¿Me estará amando? ¡Vaya, me toma de la mano y me acaricia! ¡Qué bien se siente su mano sobre mi rostro! Otro beso, cómo cambian las historias. Quiero besarla delante de todos para ver si en realidad le importo. Sus labios no me son esquivos, los rozo suavemente como poco a poco he aprendido a hacerlo desde que estamos juntos. Tocarla me despierta pasión, sólo tras este beso puedo demostrárselo; no quisiera acabar, pero no demora en empezar su movimiento de labios en que indica que no quiere más, en que le pone misterio a nuestra pasión. Ya viene ese «beso de Linda». Verdaderamente me hacía mucha falta estar a su lado, estrecharla, tomarla en mis brazos, sentir el hedor de su piel. «Invítame a una cerveza de esas que venías tomando». No pudo evitar las ganas. «¿De cuál quieres». «De la tuya». Para sentirse más dueña de nuestro momento; ojalá nunca olvide que todo lo mío es suyo. Menos mal que sé de sus gustos por esta bebida cuando estamos juntos, así que no sobraba venir preparado. Me aburre estar en su casa. «¿Vamos al río?». Asiente. Definitivamente ha cambiado mucho, habla con alegría, sin sus misterios tradicionales; parece que ahora sí le interesa estar conmigo, no pone tanta atención a los comentarios de otros. Se va a ir. No lo podía hacer sin uno de sus besos.
    Le voy a apretar fuerte la mano para que no diga que aún sigo con el misterio de sujetarlo, bien hizo su indirectazo en la carta de despedida. Se lee en sus ojos que espera muchos cambios de mí; no sé por qué todos los hombres son iguales, viven en su eterna sensación de impaciencia y anhelo desenfrenado; aunque tengo que aceptar que él me ha hecho cambiar en muchas de mis ideas. ¡Cuánto deseo ardientemente abrazarlo, hacer que nuestras manos queden transidas para la eternidad, besarlo en un suspenso infinito! Me gusta su manera tierna de abrazarme y alzarme. «Te vas a ganar una hernia». «Sería una bella hernia de amor». No deja de perder su ternura en el buen humor, como sólo él sabe hacerlo. ¡Toche, no desaprovecha momento para besarme! Me gusta el silencio que nos envuelve al caminar tomados de la mano, aunque a veces me siento extraña, como si anduviera sola. Ojalá nunca se marchara, ojalá se quedara para siempre conmigo.
¡Vaya! Parece que surgió efecto la nota disimulada de la carta. Me toma de la mano con naturalidad, sin sus misterios para apretar a medias y sus frases tradicionales: «Son mis bobadas». Tengo que aprender a respetar su libertad por amor, pero en realidad me gustaría que fuera más tierna, más expresiva, más amorosa en sus gestos; pero no vale la pena decirlo porque cada vez que lo hago me sale con sus discursos universales de «todos los hombres son iguales», esa costumbre que tienen las mujeres de universalizarlo todo. Habla con frases de mujer cincuentona que ha vivido en medio de numerosos hombres, cual alocución que todas repiten con la seguridad de saber sobre el sexo opuesto; y eso que sólo tiene diecinueve años. Voy a alzarla como siempre he soñado hacerlo con la mujer que despierte todo mi amor. «Te vas a ganar una hernia». Aflora su sonrisa, que no muestra si es de ironía o de felicidad. «Sería una bella hernia de amor». Un toque de humor para agregar a su sonrisa. Un beso cae bien para esta caminata. El silencio acompaña en bella armonía, ese silencio que anuncia la presencia del ángel del amor, como lo canta el buen Silvio. ¿Hasta cuándo durará este idilio? ¿Cuándo llegará el cambio que les suele llegar a todas las mujeres, donde se lanzan a entregarlo todo o a negarlo todo?

    Su abrazo me hace sentir protegida, dueña de un desconocido que en poco tiempo se me metió en el alma. Su ternura brota al recostarme sobre su hombro; y esta brisa que envuelve en fantasía nuestro amorío, sin espacio para desconocidos o afanes. Mirar el reloj, mi vieja costumbre que tanto lo desespera, me hace recordar que el tiempo es fugaz, que somos sus prisioneros en un suave abrazo; hay que aprovecharlo al máximo. «¿Cuándo vamos a estar solos?». Hay que sacarle su instinto masculino, reflejado en sus caricias. «Cuando tú lo digas». Para dejarme todas las decisiones. «Tú decides». «El tiempo es breve porque en la madrugada debo regresar». «Entonces, que sea hoy». «¿Alguna condición?». «Protección». Eso sí, hay que poner en práctica todo el conocimiento recibido en el colegio en las famosas clases de educación sexual, que más eran una invitación al sexo que a las relaciones ordenadas. Aunque no habría problema si no usamos protección, bien podría ser el padre de mis hijos.
    No puedo evitar hacer realidad mi deseo de abrazarla, su presencia aviva el anhelo de estrecharla. Esclavo de un corazón y un cuerpo que derrumbaron mis seguridades e ideas acumuladas a lo largo de veinticuatro años de vida. La brisa a través de la ventana hace de este instante una eternidad, un sueño palpable. Quisiera permanecer en esta posición por siempre, sin cortes o aplazamientos. Otra vez mirando el reloj, qué costumbre tan maluca; se nota que se aburre junto a mí y no sirve tanto amor para cultivarla. «¿Cuándo vamos a estar solos?». ¿Qué querrá decir con su pregunta? «Cuando tú lo digas». Para ponerla a pensar. «Tú decides». «El tiempo es breve porque en la madrugada debo regresar». «Entonces, que sea hoy». «¿Alguna condición?». «Protección». Habla con la seguridad de quien ha aprendido muy bien las enseñanzas de colegio.

    El ambiente y la música son apropiados para la expansión; se ve que todos están divirtiéndose en este río. No me agrada la idea de meterme en vestido de baño, por eso no traje nada; la toalla es sólo una excusa para evitar regaños, así lo calmo. Se le ve en la cara que desea que vayamos juntos a mojarnos. ¿Qué va a hacer? Trae la pantaloneta puesta; como siempre preparado, todo calculado; se ve bien. «¿Bajamos?». Siempre acompañando sus preguntas con una sonrisa, para conquistar. «¡Vamos!». Es una propuesta que deseaba escuchar. ¡Qué suavidad con la que me toma de la mano! Es un paseo por nuestro mundo de amantes. Este camino es pausado y tranquilo, ideal para dejar escapar mi pasión. «Chama, dígale a su novio que le compre una botellita de guarapo, ideal para este momento». Este carajito qué cree, ni que tuviera cara de bebedora insaciable. Aquella piedra se ve precisa para sentarnos a descansar. ¿Qué va a hacer? Camina, se sumerge totalmente; ojalá no se lo lleve la corriente porque quedo viuda antes de tiempo, y además no faltará el que me culpe. A pesar de sus gorditos, su abdomen es fuerte, agradable. «No me moje, toche; ¿no se da cuenta de que el agua está fría?». «Cuidado la toco». Ya va a empezar con esas frases que tanto me fastidian. «Ven». Qué tal este toche, llego así a mi casa y me devuelven por donde aparecí; ni loca. Se aleja. Como siempre, no le gustó mi respuesta. La gente se ve contenta, disfruta de esta tarde a la orilla del río. ¡Ah, qué risa! No falta el tonto que se lanza en llanta y luego se voltea. El agua se ve provocativa. Qué va, mejor me meto; así disfruto, gano algún punto para no quedar mal, para que no empiece con su frase de cajón para pedir más: «Usted no hace nada por mí». Voy a hundirlo para ver cómo reacciona; qué bien, zapatea. «Sentémonos». Definitivamente, su compañía se ha vuelto agradable, y más cuando siento el calor de su cuerpo.
    ¡Qué bien se ve el ambiente! Como lo he esperado durante mucho tiempo: un espacio de seducción y fantasía en compañía de mi amada, hacer realidad tantas historias sólo posibles en las páginas de mis cuentos. Desde este lado de la baranda se ve muy provocativa el agua. ¿No pensará meterse? Creo que sí porque trajo toalla y para algo debe ser. Voy a prepararme, para eso vengo listo. «¿Bajamos?». Quiero descifrar en su rostro lo que en verdad significo para su vida. «Vamos». Su tono alto y su sonrisa entusiasta, como pocas veces lo ha demostrado, me animan. Como siempre, llevaré la delantera tomándola de la mano. La marca de estas piedras, al caminar, es una sensación que nunca quiero borrar de mi memoria. Este muchacho tiene cara de venir a ofrecer algo, la mira fijamente. «Chama, dígale a su novio que le compre una botellita de guarapo, ideal para este momento». Como si tuviera mucha plata para gastar... Lo tengo todo bien contadito. En realidad, no tiene cara de querer meterse en el río; mejor me voy para dejarla sola, no demora en soltarme de la mano. ¡Qué fresca el agua!, ideal para este clima avernoso; eso sí, no me quedo mucho tiempo bajo el agua, de pronto me lleva la corriente. Esta otra piedra está precisa para descansar, para detenerme a observarla un poco. Se ve más bella, limpia y pura que nunca. Voy a sacarle el genio con unas gotas de agua. Recuerdo que la primera vez que la molesté para alterarla se me lanzó y me besó, aun teniendo novio. El agua adherida a su piel es todo un encanto, una fantasía inigualable hecha realidad. «No me moje, toche; ¿no se da cuenta de que el agua está fría?». No deja su voz amenazante. «Cuidado la toco». Ojalá se dé cuenta de lo mal que me siento con su voz distante. «Ven». Como sucede normalmente, no accede a mi petición. Mejor vuelvo a sumergirme, creo que así no me siento rechazado. Ojalá algún día me prefiera sobre todo; aunque nunca se sabe, con su forma de ser tan rara puede que le dé por dejarme ahora mismo. ¿Quién me está empujando? ¡Vaya, se animó a venir! «Sentémonos». Su coquetería al hablar, con su sonrisa tierna, me convence. Cómo quisiera que siempre me abrazara con la misma intensidad, con esa pasión que ahora refleja.

    

    El pantalón ya está seco, aunque es normal por el calor que brota de la tierra. Ahora a bailar. Está sola la pista. Mejor así, es un ambiente más romántico. «Invítame a una cerveza». Con este clima da demasiada sed. «Espera a que llegue el mesero». Es una tarde que no imaginé posible, aunque definitivamente en mi casa me van a matar porque llegaré tarde. No se mueve nada mal, una razón más para demostrar en mi casa que no es un mal partido. «Espera, vamos por la cerveza». Tengo que aprovechar. ¡Qué bien sabe! Refresca los labios. Ahora a seguir en este tejido de pasos. Estaba demorado en besarme; y sigo sin aprender cómo lo hace; esconde una pasión curiosa que sólo él logra encontrar. Sus labios son delicados, frescos y se mueven de manera armoniosa. Esa forma que tiene de humedecer los míos con su lengua me hace soñar. ¡Qué rápido corre el tiempo!, ya está llena la pista. Menos mal vengo con mi novio, no me imagino bailando con alguno de estos toches. Sus manos recorriendo mi cuerpo me llenan de una extraña agitación por dentro. Creo que es hora de ir a un lugar más íntimo, donde podamos estar solos. «¿Nos vamos?». «Si quieres». Una de sus tantas respuestas que desesperan. «¡Vámonos!».
    La canción es precisa, tal como lo había deseado, para proponer mi ritmo y así llevarla al son que traigo. Qué rápido se le ha secado el pantalón, aunque no es nada raro en este clima tan ardiente. Una mano en la cintura y la otra entrelazada en la suya, en esta pista solitaria que nos da para inventarnos pasos. «Invítame a una cerveza». No pierde momento para cumplir con sus gustos. «Espera a que llegue el mesero». Para que no diga que no escucho sus palabras. Definitivamente ha cambiado mucho, aún no ha mirado el reloj ni ha soltado ninguna de esas frases con las que me corta y me hace sentir que sólo soy uno para la colección. Se deja llevar a mi ritmo sin imponerme ninguno de esos pasos raros que suelen manejar las mujeres de tierra caliente. «Espera, vamos por la cerveza». No hay más alternativa, además también tengo un poco de sed. Cada vez que la beso, con el sabor de la cerveza en los labios, siento una pasión indescriptible, de esas que sólo se explican con obras, más cuando me atrevo a recorrer sus labios con el estilo que aprendí la primera vez que la besé. Entre beso y beso va cayendo la tarde, supongo que no demora en pedir que nos vayamos. Vamos a ver si se acuerda de la propuesta que me hizo; eso sí, antes de que hable, voy a aprovechar este vallenato, de pronto otro me gana la partida y me quedo sin la posibilidad de tocarla una vez más. «¿Nos vamos?». Sabía que no se iba a demorar con su pregunta. «Si quieres». «¡Vámonos!».
    ¿A dónde ir, a dónde ir? No sé qué proponerle. No puedo llegar tarde a casa, y de moteles no sé nada, sólo lo que dicen algunas de mis amigas en el instituto. Además, me está dando miedo; esto de la primera vez es todo un reto. Será dejar que la intuición nos lleve.
    Ahora a esperar lo que se le ocurra. Por su cara, algo me dice que ya se le olvidó la propuesta; creo que no tiene nada de raro, no es mujer que parezca llegar a tanto por amor, si ella en verdad lo siente; y como dice que es virgen, creo que esperará otro prototipo.
    «Sólo espero que sea algo importante para ti, porque para mí lo es». El nerviosismo y la sequedad de palabras me están consumiendo. «Y no sabes cuánto», afirma.
    «Sólo espero que sea algo importante para ti, porque para mí lo es». Mientras habla, recorre mis ojos con su mirada, tal vez buscando algo. «Y no sabes cuánto». Sé hacia dónde voy.
    Tengo miedo, un miedo que no pensé llegar a sentir nunca. Este motel no se parece en nada a lo que me había imaginado con tanto comentario. ¡Huy, qué colchón tan duro, así no es el de mi casa, no hay comparación! Vamos a ver qué hay de bueno en la televisión; el calor es bochornoso, no veo el aire acondicionado. Bueno, que lo prenda ella, para eso está aquí de sifrina. ¿Qué estará pensando él? No logro leer nada en su mirada. ¿Ahora qué, para qué va a la puerta?. «¿Qué haces?». «Es que tocan y dejan en la caja el producto pedido». ¡Ah!, no puedo dejar tan clara mi ignorancia en estos campos, creo que no se vería bien.
    No imaginé que llegara a tanto, han sido tantos desplantes que esperaba uno más, no sé por qué sigo haciendo un viaje tan largo; quizá porque esperaba este momento. Y saber que pensaba terminar con mi virginidad después del matrimonio; así son los ideales mal fundados: caen con un suspiro inesperado. ¿Ahora para dónde va? Como siempre, a buscar distracción en el televisor. Este colchón es cómodo, preciso. Ojalá encontremos cómo aclimatar este cuarto, o si no, me muero; eso está bien, aunque el ruidito fastidia sobremanera. Su mirada me seduce y cautiva. Es hora de recibir el pedido. «¿Qué haces?». «Es que tocan y dejan en la caja el producto pedido». No sé para qué pregunta tanto. Se llegó la hora, ojalá sea la ignorancia la que nos guíe.
Bueno, tomemos la iniciativa, ya a lo hecho pecho. Lo mejor será empezar por un beso que nos despierte. ¡Qué bien sabe este beso! Su mano recorriendo mi cuerpo me eriza la piel, nunca he sentido a un hombre tocarme de esa manera tan profunda; me hace cosquillas su mano en mi vientre. ¡Vaya, con qué delicadeza me sube la camiseta! Es hora de ayudar, aunque parece que sabe mucho. Tiene la correa muy apretada, no sirvo para quitársela; creo que no le gustó tener que quitársela él mismo. Por lo menos el pantalón resultó fácil de bajar. ¡Qué giro! Estar encima es novedoso, siempre había visto imágenes del otro lado y no así. Quitarle la camiseta es tan fácil como soplar al viento. Otro giro. Va bien. Su caricia me hace olvidar el sitio en el que estoy, supongo que también necesita sentir mis caricias, aunque no lo hago con la suavidad que él tiene. Los ojos cerrados no me permitieron ver el momento en que me quitó el sostén. Su beso eclipsa mis senos: tensos, pero suavizados por su pasión. Ahora viene lo más duro. Me siento elevada, abstraída, una sensación indefinible. Baja suavemente mi pantalón y ha ajustado bien el hilo para no tener que repetir la acción. Nunca antes un hombre me había visto desnuda, es una sensación extraña. Ahora le quitaré la camisa. En verdad no se ve nada mal. No sé cómo quitarle los pantaloncillos, va y le toco donde no debo.
    Hay rincones donde todos somos débiles y temerosos, y ya me doy cuenta de que éste es el de los hombres. Su beso suave, tierno, penetra hasta lo más profundo de mi ser. El corazón me palpita entre el miedo y la pasión; siento deseos de tocarla, de acariciarla y de que ella haga lo mismo. Me tiembla la mano, no sé qué hacer, de pronto la lastimo o le hago daño. Su piel es suave y su vientre resulta blando. Muchas veces he leído historias así, aunque en la realidad es distinto, es difícil. Su camiseta es fácil de sacar. Le ha quedado difícil abrirme la correa, se nota su poco deseo. El pantalón me bajó fácil. Menos mal o tendría que haberlo hecho todo. Es hora de cambiar de posición. Un breve giro no estaría mal. Con mi camiseta le ha ido mejor. Otro giro, pero esta vez propuesto por ella; van mejorando las cosas. No puedo dejar de acariciarla, es una sensación que motiva más mis movimientos. Se nota que le gusta, su piel se suaviza. El brasier salió fácil. Qué lindos se le ven los senos, blancos y puros, en verdad nunca antes besados. Siento una agitación nueva. No pensé que usara hilos, menos mal lo sujeté con el pantalón. Su desnudez me hechiza: es bella, es un misterio indefinible. Por lo menos no es lampiña como yo. Ahora sí se conectó, me ha dejado absorto su astucia para quitarme los pantaloncillos.
    Listo, desnudos. El vestido de Eva y Adán nos queda a la medida. No me atrevo a mirarlo todo y menos lo que más me interesa. Vamos a ver: lo tiene bien, ni grande ni pequeño, se le ve a la medida; hay que esperar el resultado. Me sigue besando. Siento su miembro sobre mi vientre, va bajando; no soy dueña de mí. Duele; es una experiencia verdaderamente celestial. Sentir parte de otro ser dentro de mí no se puede explicar, sólo queda vivirlo a plenitud. «¡Ay, aj!». ¿Qué hacer? No sé. Penetra con suavidad, con sutileza, aunque no deja de doler. Su tamaño ha resultado adecuado. Se mueve, es emocionante. «Te amo». No pensé que llegara a decirlo. «Yo te amo a ti».
    Nunca imaginé que la desnudez me fuera a descontrolar de esta manera. Definitivamente hay muchas imágenes que destruyen la belleza del misterio; la pornografía es una porquería comparada con la belleza que esconden dos cuerpos limpios frente a frente. Me da pena el tamaño de mi miembro, me da miedo que no llegue al placer que ella espera recibir. Los besos son la medida precisa para despertar el palpitar de nuestros cuerpos. No sé qué hacer. Voy a intentarlo, pero no sé cómo. «¡Ay, aj!». Es húmedo, se siente suave, placentero. Es hora de dejar que los cuerpos hablen por sí solos. El movimiento es adecuado, no expresa que la esté lastimando, creo que voy bien, además me siento bien. Es vibrante. «Te amo». No podía dejar de manifestarlo. «Yo te amo a ti».
    Fue bello, especial. Llegué al placer total, valieron la espera y el cuidado; escapar al desenfreno de la adolescencia para esperar un momento más maduro es acertado. Sólo nos quedan las caricias y el silencio entre dos, no es necesario nada más. El sueño me domina. Me sujeta sobre su cuerpo, lugar ideal para descansar. Me pesan los ojos...
    Valió la pena esperar tantos años, no haber caído ante la ola que despertaba la precocidad de la juventud. Ya sé lo que es el placer genital. Me dedicaré a lo que me gusta vivir junto a ella: este diálogo de caricias y silencio. Parece que tiene sueño, sus ojos parpadean con rapidez. La tomaré sobre mi cuerpo. Se está durmiendo. Bienvenido sea el silencio.
    Está profunda, trataré de no despertarla. Un beso en la frente queda adecuado. Eres mi ilusión femenina, ojalá pronto nos volvamos a ver. Debo partir. Descansa tranquila, mi niña. Y pensar que nuestra historia empezó como un juego, retando a la vida.

    

Acá
Recorrer los lugares que juntos hemos compartido es bello, pero no es lo mismo sin su compañía. Aunque había la misma gente de hace ocho días, su ausencia se siente. No fue buena elección salir así, en abandono; y este calor que no cesa, aunque ya sea de noche. Tan sólo han pasado ocho días pero son toda una eternidad. A cada paso siento el olor de su piel, ese olor que recuerdo en el silencio cada vez que cierro los ojos para revivir. «¿Cómo le fue haciendo el trabajo?». Otra vez mi madre con sus preguntas, sin saber lo que en realidad hice. «Bien, ya terminamos». Para que piense que estuve con unas compañeras del instituto. Cómo quisiera poder decirle que fui a pasear para tratar de sentir cerca al amor de mi vida, aunque creo que no podrá entenderlo; soy yo la enamorada. Ojalá se acuerde de llamarme hoy, ya que desde que se fue no lo ha hecho. ¿Habré sido una simple aventura?

Allá
Recordar es vivir, así sea simplemente para mantener viva una esperanza, una ilusión, la aparición de un después. Su cuerpo desnudo me acompaña a cada paso, su olor es imborrable. Creo que no me equivoqué al haberle entregado lo que soy como hombre, aunque para ella tal vez no haya sido más que una nueva experiencia. Saber que falta mucho para volverla a ver; puede pasar mucho en nuestras vidas. La distancia es un duro adversario. El centro, en esta ciudad, sigue siendo el mismo caos, aunque ahora con más facilidad para volver a casa; la rapidez y el orden del nuevo sistema han descongestionado el tránsito. Sin embargo, no dejaré de insistir en que fallaron los cálculos en lo planeado. Su nombre no deja de recorrer mi mente, es hora de romper el silencio.

Acá
Quizás en las próximas vacaciones lo vuelva a ver, nos volvamos a ver... No lo sé. El tiempo lo dirá, pues a fin de cuentas a él estamos abrazados. Tal vez para entonces la pasión haya cambiado, aunque estoy convencida de que el amor será el mismo. Tendré que esperar. Algo me dice que con la brisa volverán sus abrazos, sus besos, sus caricias, sus palabras, sus mimos y esa pasión con que recorre mi cuerpo. Y entonces, cuando nos reencontremos, seremos dos en uno para compartir lo oculto de nuestras vidas, nuestros misterios. Otra vez volveremos a ser los amantes que buscan encerrar en un día lo que la distancia les roba en la eternidad.

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