|
Liquidación
del
|
![]() |
Por Eladio Valdenebro
Ilustraciones de Eulalia de Valdenebro
|
Si Cristo regresara
hoy, ¿qué haría con su Iglesia? El padre John Warney ha pensado esto,
obsesivamente, toda la noche. Está en una pequeña celda del cuartel
general de los jesuitas, en Roma. Vino con el fastuoso séquito del arzobispo
cardenal de Chicago al Sacro Colegio de la Iglesia Católica, para elegir
al nuevo papa. |
-(Cristo de papa... ¿qué dejaría del catolicismo?). Con tan obsesivo tema, se le pasa la noche al padre John Warney. Sólo a las cuatro de la madrugada puede conciliar el sueño. Duerme así tan sólo tres horas, pues a las siete golpean a la puerta de su celda. "Padre John... padre John... ¿qué le pasó? ¿Por qué no vino a la misa?", le pregunta el joven obispo auxiliar de New Troya, ciudad cercana a Chicago. Es su amigo y compañero del seminario. El cura y el joven obispo son parte de la lujosa comitiva del arzobispo cardenal de Chicago, compuesta por dieciocho personas (sacerdotes consejeros, dos monjas que cuidan de sus trajes y ropajes ceremoniales, tres obispos, fotógrafos, periodistas, médico dietista, peluquero, director de imagen, entrenador de aeróbicos y cocinero) que llegaron desde hace ocho días a Roma. Ocho días de intenso trajín, en reuniones diplomáticas, entrevistas con los medios, visitas discretas a los cardenales más influyentes, a sus más cercanos consejeros. Aparte de esta nutrida comitiva han venido otros dos personajes, por petición expresa del arzobispo cardenal de Chicago: un viejo amigo de él, famoso modisto de Estados Unidos, quien trae una novedosa vestimenta ceremonial para el nuevo papa -su amigo- y así iniciará la imposición de una nueva moda eclesiástica en todo el mundo. Y otro buen amigo, un afamado director de cine, con su staff completo, para montar el más grandioso espectáculo en vivo el día de la coronación del nuevo papa -su amigo-. -(¿Y si Cristo regresara ahora?). El padre John hace entrar al obispo de New Troya y le pide que lo espere sentado al modesto escritorio, mientras va a los baños. Cinco minutos después está de regreso el padre Warney, de bluyines, con un saco de lana gris, de cuello en ve y zapatos de lona con suelas de goma. Se pone la negra sotana, se arregla el incómodo cuello blanco, toma el computador portátil y salen de la celda. Mientras se dirigen al comedor, le comenta a su amigo sobre su desvelador tema. -¿Qué tal que Cristo regresara, que estuviera oculto aquí en Roma, reencarnado como cualquier cardenal del tercer mundo... y resultara elegido papa? ¿Se imagina usted qué pasaría? El obispo de New Troya le reprocha que hable de Cristo reencarnado, a lo que el padre responde: Qué, ¿se me está volviendo budista? Ya le he comentado que no haría falta que fuera Cristo realmente, bastaría que fuera cualquier cardenal, pero guiado realmente por Cristo... El padre John Warney y el obispo de New Troya hablan desde hace tiempo, con mucha frecuencia, de un tema siempre prohibido por la Iglesia: la traición total que hace el catolicismo a las elementales verdades de Cristo. La unión íntima del poder y de la riqueza con la Iglesia católica, la falsificación de la caridad cristiana, las jerarquías de vanidad y orgullo, el lujo y la ostentación de templos y ceremonias, los tontos mitos de santos, vírgenes y apariciones, el absurdo psicológico del celibato, la impúdica avaricia financiera de muchos estamentos eclesiásticos, la opresión total a los reformistas... Pero desde que llegaron a Roma, los dos amigos han agudizado su crítica. Y el padre John Warney le ha introducido un nuevo e inquietante factor: ¿qué haría Cristo con tanta basura? ¿Qué haría Cristo... ahora? El arzobispo cardenal de Chicago no tiene ni idea de estos obsesivos temas que ocupan las mentes del padre John y del obispo de New Troya. Al uno lo trajo por ser experto en sistemas; al otro, por ser experto en finanzas. Al salir del comedor, abordan uno de los grandes buses que recogen a no menos de trescientos acompañantes de veinte cardenales, todos alojados en el cuartel general de los jesuitas. El obispo de New Troya le va contando al padre John Warney su escándalo con lo que visitó la víspera, las oficinas del Banco del Santo Apóstol, la sede financiera donde el Vaticano maneja sus inmensas riquezas. Fue allá, encargado por su cardenal papábile, a negociar un paquete de acciones, unos buenos millones de dólares que había recibido en ostentosa donación de un petrolero texano. "¿Qué tiene esto de Cristo?", se pregunta el joven obispo. El padre John Warney oye en silencio. Tan sólo asiente con la cabeza.
|
|
Ya
son las ocho de la mañana. La plaza de San Pedro está llena. Miles y miles
de fieles, venidos de todo el mundo, la atestan. Quieren ser testigos
del humo blanco con que se avisa al orbe católico la elección del nuevo
papa. Hay unas cuarenta unidades rodantes de cadenas de televisión y cerca
de cuatro mil setecientos periodistas. El padre John Warney y el obispo
de New Troya están aturdidos, ambos en silencio.
Suena un celular... El padre John Warney lo abre y observa la pantalla. "Otra vez el cardenal... ¿Qué querrá ahora, a estas horas? Si ya deben estar entrando a la capilla Sixtina...", comenta con disgusto a su amigo, mientras acciona el aparato y lo pone al oído. Hace gesto de apartarse a algún lado, pero no hay lado hacia dónde apartarse, pues están en medio de una multitud de ochocientas mil personas. "Sí, ya mismo, su excelencia. No se preocupe, lo tengo en mi portátil; mientras llego lo transfiero al mini. Estoy junto al obelisco... Unos quince minutos. Advierta a los guardias de la entrada a la Sixtina, no puedo más rápido, hay un gentío impresionante". El obispo de New Troya entiende, ve a su amigo acuclillarse afanoso, abrir su computador portátil sobre el suelo, encenderlo, introducirle un pequeño aparato casi del tamaño de una tarjeta de crédito, dar una orden en el teclado, observar una luz titilante en la pantalla, y luego cerrar el computador. El padre John Warney tiene una fuerte voz, y un tono a la vez enérgico y amable. Todo el mundo le va abriendo paso. Al fin llega a alguna puerta lateral de la basílica. Uno de los guardias suizos lo espera, lo hace entrar y lo guía por el gigantesco nártex hasta una puerta menor, donde otro guardia suizo lo aguarda con sister Madelein. "¡Apúrese, padre John, en cinco minutos cierran!". El guardia le hace un gesto, sister Madelein queda atrás y corren por pasillos, por escaleras, por diagonales de salones, por entre estanterías de oscuras bibliotecas... Acezando, llegan a la puerta principal de la capilla Sixtina. Está entrando el último grupo de cardenales. El cardenal gran camarlengo del Vaticano, maestro de ceremonias del magno cónclave, mira con algo de fastidio al acezante curita gringo (¡ah, estos curas deportistas!). Pero está enterado de su asunto, lo pone tras el último cardenal de la fila, le coloca la mano en el hombro, y ordena a alguien que cierre tras ellos dos la enorme puerta. El padre John Warney se sorprende. El cardenal gran camarlengo del Vaticano se ha confundido, no tiene por qué dar instrucción de que cierren la puerta hasta que él salga. El cura gringo se queda de espaldas contra la puerta, mientras oye que afuera ponen candados y cerrojos. Así es el milenario ceremonial. Los 385 cardenales no saldrán en doce horas. Doce horas de votaciones alternadas con oraciones. Y no hay nadie extraño al Sacro Colegio cardenalicio, sólo él. En la capilla Sixtina, que pintó Miguel Ángel hace cinco siglos, están únicamente 385 cardenales y él, el cura director de un sistema de información y ayudas para inmigrantes en Saint Forest, el inmenso barrio marginal de latinos, inmigrantes, en Chicago. Divisa a su jefe, el arzobispo cardenal de Chicago. Está en la segunda fila de sillones, al lado izquierdo. Al verlo, supera su desconcierto, y va a lo que vino. Con paso decidido, avanza en medio de la pompa máxima de los 385 cardenales. No hace venias a nadie. Llega a su jefe, que lo mira a la vez con ira y con gratitud. Le trajo el mini con la información evaluada de la última encuesta y con el cálculo actuarial de probabilidades. El padre John Warney siente las miradas inquisidoras de todos los cardenales. Es un intruso. Bien lo sabe, es un intruso. Aunque lo sea por orden del cardenal más opcionado a ser elegido papa. Piensa que esto le restará puntos a su gran jefe, el arzobispo cardenal de Chicago, ante muchos de los demás cardenales. El curita del programa para inmigrantes se azora. Está ya de regreso a la puerta, pero sabe que está cerrada por fuera. Regresa la mirada a su gran jefe. Sin detener su afanoso paso, espera que el arzobispo cardenal de Chicago haga algo para que pueda salir. Pero ya no distingue a su gran jefe, sólo ve una mirada inquisidora de cientos de ojos cardenalicios... se tropieza en algo... y cae de bruces a la alfombra que cubre el pasillo central de la capilla Sixtina. Un hilo de sangre le sale de la sien: se ha golpeado con la pata barroca de un gran candelabro de bronce. No se ve el hilo porque la alfombra es color sangre. No se levanta, ha perdido el sentido. En su inconsciencia leve advierte vagamente la mirada de cientos de ojos cardenalicios, pero cree percibir que ya no es una mirada inquisidora... -(¿Cristo... aquí... ahora?). Afuera, la plaza de San Pedro está abarrotada de ochocientos mil católicos que han venido de toda Roma, de todo el mundo, a ser testigos de la elección del nuevo papa. Son las diez de la mañana. Saben todos que pueden pasar muchos días, semanas, hasta que se pongan de acuerdo al menos 193 cardenales, la mitad más uno de los que están reunidos. En muchos sitios de la plaza hay gigantescas pantallas de televisión, pero sólo se vieron los breves momentos del ingreso de los cardenales. Todo lo que sucederá adentro será secreto. El Espíritu Santo guiará al Sacro Colegio cardenalicio en la crucial elección. Los tres principales papábiles -el estadounidense, el de Toledo y el surafricano- son el centro de suposiciones, cálculos, expectativas, entre millones y millones de católicos en todo el mundo. Pero... los caminos de Dios son inescrutables... concluye siempre alguien. Son las once de la mañana. Debe estar sucediendo ya la primera votación. Los locutores religiosos de televisión han explicado varias veces el ceremonioso proceso. ... De golpe, alguien grita "¡Humo blanco...!", y ochocientas mil miradas se dirigen a la pequeña chimenea que sobresale entre bóvedas y cúpulas del mayor templo del mundo... ¡Humo blanco! En una hora, a la primera ronda de votaciones, se ha elegido al nuevo papa. ¿Quién será? Veinte minutos después, se abre el balcón central sobre la puerta central de la basílica de San Pedro. Aparece el cardenal gran camarlengo del Vaticano. Le acercan un solo micrófono. En latín, informa. Los locutores religiosos de las cuarenta unidades rodantes de televisión traducen: "El nuevo papa ha escogido por nombre, Hermano... Es un estadounidense, es el cura director de un programa para inmigrantes en Chicago". Se enteró de lo sucedido en la sala de enfermería, a donde llegó aún inconsciente. Sintió entonces que todo su ser se inundaba de una extraña fuerza, de una extraña claridad mental. Y sintió que Cristo estaba con él, que Cristo les daría respuesta exacta a las incógnitas que lo desvelaban. Entendió con precisión qué haría Cristo si regresara a dirigir su Iglesia. Entendió con precisión que eso sería lo que tenía que hacer. Cristo actuaría a través de él. (Cristo aquí, ¡ya!). Violando todas las normas milenarias, alterando tradiciones de siglos, el nuevo papa ha dispuesto su inmediata consagración. En el centro del altar mayor de la basílica de San Pedro, bajo el baldaquino de las cuatro columnas salomónicas en bronce dorado, está de rodillas en el suelo -no en el reclinatorio de ébano y nácar-, la cabeza inclinada, las manos apretadas bajo el mentón. Un cardenal se acerca y lo hace poner de pie. Otro le pone una vestimenta larga, de muy delgada tela blanca... Otro más lo unge con un grueso cordón de seda blanca. Dos cardenales más lo hacen arrodillar y luego lo acuestan boca abajo, los brazos extendidos hacia adelante. Doce cardenales se acercan, le rocían agua bendita sobre la cabeza, lo tocan con ramos de olivo, le echan unas gotas de aceite ritual sobre la nuca, y cada uno le da tres leves golpes con su báculo dorado en las suelas de goma de sus zapatos de lona. Los restantes trescientos sesenta cardenales oran en torno. Muchos no rezan en verdad, piensan en aquello de que los caminos de Dios son inescrutables. Dos cardenales se duelen del resultado, el de Toledo y el de Ciudad del Cabo. El de Chicago es el más extrañado, pero, práctico que es, se consuela con que haya sido elegido alguien de los suyos, ya sabrá manejarlo... En verdad, se duele de sus dos amigos: el modisto famoso y el famoso director de cine... Suenan los coros polifónicos, los cuales inundan con sus himnos barrocos la inmensidad total de la basílica de San Pedro; veinticuatro turiferarios agitan veinticuatro incensarios de plata, mientras el azuloso incienso va llenando la inmensidad total del sacro recinto... De repente, el elegido se pone de rodillas. Con su mirada indica algo al cardenal gran camarlengo del Vaticano. Éste toma la tiara pontificia y la pone en la cabeza del nuevo papa, quien hace una leve mueca de dolor, debido a que la tiara pontificia le presiona una herida en la sien. Los cardenales entonan, con monodia gregoriana, un rezo antiquísimo. Luego recibe en los hombros la capa papal de hilos de oro. Los cardenales entonan otra oración. Y recibe el báculo de oro macizo. Los cardenales entonan ahora una letanía en griego. Otro cardenal le pone un grueso anillo, con un enorme rubí. Luego, uno por uno, dicen Amén-Amén-Amén. Concluyen los 385 cardenales su triple amén individual y así concluye, en lo esencial, la ceremonia de consagración del nuevo papa del catolicismo ecuménico... ¡Habemus papa! El nuevo pontífice hace un gesto de silencio. Callan los coros polifónicos, cesan los rezos cardenalicios, se apaga el murmullo de los miles de fieles que han logrado entrar a la basílica de San Pedro, se aquietan los incensarios. En silencio total, el nuevo papa se quita la tiara pontificia. Se quita la capa ceremonial de hilos de oro. Entrega el báculo de oro macizo. Entrega el anillo de rubí. Se quita la vestimenta larga de tela blanca, muy delgada. Se quita la sotana negra, y... queda de bluyines y saco gris de cuello en ve. "Mi nombre ahora es Hermano -dice-, y a Cristo regresamos desde hoy. -(Cristo, ¡ya!).
Ha pasado un año. El catolicismo ha sido liquidado. La conmoción fue total el primer día, pero la voz de Hermano domina a todos. Asumió desde el primer día su papel, y ha actuado como lo haría Cristo si volviera a este mundo a dirigir su rebaño. Hermano ha liquidado el catolicismo, como lo habría hecho Cristo. Dos mil años de elucubraciones teológicas, de dogmas, de concilios, de infalibilidad pontificia, de summas teológicas, inquisiciones e índex han colapsado. Miles y miles de libros religiosos, teorías y praxis de los padres de la Iglesia, tradiciones milenarias, anatemas y catecismos, bulas pontificias, encíclicas, todo ha caído. Tan sólo subsiste la clave de Cristo: el amor entre los seres humanos. Todo lo demás sobra, todo lo demás estorba. No más templos ni santos, no más vírgenes ni apariciones. No más rosarios, misas, sacramentos, ceremonias, procesiones, jubileos. Sólo una oración, el padrenuestro que Cristo mismo enseñó. No más intérpretes de Dios, no más comunidades religiosas, ni monjes, ni monjas, no más curas, no más obispos, arzobispos, cardenales, curias, parroquias, conventos, monasterios, abadías. No más papa. Se acabó el celibato, se acabaron los fallidos votos de pobreza, castidad y obediencia. El que desee hablar de Dios lo hace como quiera, pero sin pretender ser intermediario, sin creerse guía, sin creerse pastor de nadie. Todas las propiedades de la Iglesia, de las comunidades religiosas, se han entregado a la autoridad civil, en cada ciudad, en cada país. Sin inventario, sin contraparte alguna. No puede haber contraparte a favor de nadie, pues todo se ha disuelto. Tan sólo una sugerencia ha hecho Hermano: que toda la riqueza de la Iglesia se emplee en beneficio de los necesitados. Y punto. Y, en todo el mundo, obedecen. Hermano habla con la voz de Dios, nadie lo duda.
|
||||
|
Eladio Valdenebro (Popayán, 1952). Arquitecto. Escritor de literatura infantil en Editorial Norma, con cuatro títulos publicados. Norma evalúa otros títulos, pero ya para gente mayor. Este texto da nombre a un libro de quince cuentos, inédito aún. |
Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar
a la Página Principal
Artículos en Internet |
Suscripciones | Editorial
| Número Ediciones | Números
Anteriores
Revista Número.
Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co