COLOMBIA, ¿MUCHA NACIÓN?
Por Herbert Braun
Ilustraciones Andrés Borja
 
Herbert "Tico" Braun, historiador radicado en Estados Unidos, profesor de la Universidad de Virginia, con raíces en Alemania y Colombia, es un observador agudo de la realidad nacional. En este texto explora las raíces del conflicto que nos agobia.

 

Muy difícil sería imaginar las violencias colombia nas en los Estados Unidos. Al fin y al cabo, a la región del norte llegaron los colonizadores anglos, convencidos de que iban a crear nuevas vidas espirituales y también materiales en el Nuevo Mundo por el solo hecho de haberse separado de la antigua sociedad, de sus poderes, sus jerarquías, sus tradiciones, sus culturas y sus cultos. Habían partido para no volver a cruzar el océano jamás. Buscaban la libertad. Y así fue como en la Nueva Inglaterra los colonos se fueron integrando en pequeños pueblos, cada uno con su iglesita y su one-room colegio, y unos pedazos de tierra que todos trabajaban. Pensaban de la misma manera, oraban a un solo Dios, leían la Biblia sin dialogar, y les enseñaban a sus hijos que eran el chosen people, un pueblo -mejor dicho, una serie de individuos- al que Dios había escogido para que ejerciera una vida ejemplar aquí y en el más allá. Cada cual debía aceptar a Dios, find God en su ser, en su fuero interno, abrirse a Él, y albergarlo. A los que les llegaba alguna idea distinta -por bobos, por locos, o porque estaban poseídos por el diablo- o a los que no acataban -sea por pasión carnal o convicción religiosa- las rígidas normas dentro de esas autoritarias culturas pueblerinas, nos les iba nada bien.
   Pero los pueblitos eran pequeños, y el campo grande y afortunadamente despoblado. Había para dónde irse. A los malos se les echaba. Con ellos no era posible convivir. Ellos se iban, ilusionados con la ya tradicional idea de que un poco más allá, en la otra ribera del río, en el valle tierra adentro, construirían un nuevo y pequeño pueblo -un town- donde todos pensarían como ellos, tendrían su propia iglesita y su colegio, trabajarían codo a codo, y lograrían rehacer su vida y vivir la utopía terrenal. Y así los que comenzaron a considerarse americanos empezaron a separarse los unos de los otros, hasta nuestros tiempos, a desparramarse por toda esa tierra, y a buscar dentro de sí mismos, dentro de su self, solitos, en la soledad, en el aislamiento, en otro lugar, esa libertad y esa fe que cada cual tanto añoraba y que todavía hoy los tiene peregrinando.
   Dando vueltas por estos lados hoy en día, en bicicleta o aun en carro, se topa uno a cada kilómetro con una iglesia más. Algunas son más pequeñas y más recientemente pintadas que otras. De vez en cuando una porta un techo nuevo. Otras están a punto de desplomarse, pero parece que siguen funcionando un día por semana. Cada cual tiene su avisito: el nombre de la denominación protestante a la que pertenece y expresa; la hora de la congregación, sea las diez o las once de la mañana de cada domingo; el nombre del reverendo de turno. Algunas veces muestran unas palabras tomadas de la Biblia, o mejor aún, del Nuevo Testamento, un mensaje espiritual. Desde siempre han sido muchas estas iglesias. A partir de 1865, pero también antes, se multiplicaron, ya que la liberada población negra fue construyendo sus iglesias, y hasta hoy es raro que blancos y negros celebren juntos a Dios. Cada raza reza por separado.
   Es así como la felicidad -el pursuit of happiness que llegó a inscribirse en la Constitución- radica en el individuo, y siempre se encuentra un poco más allá de él. Es la gran paradoja de la vida americana. El individuo no se encuentra, no se halla, y sale a buscar su vida y su esencia en otro lugar, a find himself. Abre campo. El ideal americano desde los primeros días de aquella civilización está en el campo, en el wilderness, en tierras vírgenes y sanas, alejadas de donde vive la gente, del pueblo, de la ciudad, de lo urbano, de lo que corrompe, lejos de todo aquello que va mermando al individuo, al self-made man, al self-sufficient individuo, al ser humano que no depende de nadie. El individuo es anterior a la sociedad. Es la cultura de Henry David Thoreau, de Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman. Aquí las universidades las construyeron casi todas distantes de la urbe, para que ahí los jóvenes lograran dedicarse a la vida espiritual e intelectual, alejados de la vida misma. Aun en el movimiento estudiantil de los años sesenta, lo que motivaba a miles de jóvenes era encontrar una comuna rural donde pudieran llevar vidas de amor, de pureza, sin tener que ver los shopping malls, y donde pudieran comer frutas sin rastros de pesticidas. Es el país del inconforme cultural, el cowboy, el rebelde sin causa. Son outsiders. Las cosas no cambian. Prácticamente la única manera de llegar a ser presidente de los Estados Unidos hoy en día es rechazando al mismo gobierno que uno va a presidir, rechazando al poder central, a Washington, a las reglas y a las leyes, a la burocracia.

   Bastante difícil sería imaginarnos unas violencias estadounidenses en Colombia. Es prácticamente imposible que se dé un Theodore Kaczynski, un unabomber criollo, no tanto porque en Colombia la tecnología está tan poco extendida que no valdría la pena oponerse a ella, sino porque ningún colombiano se iría a vivir a una choza por allá en el páramo, año tras año, en la pobreza total, sin música, sin radio, sin televisión, sin con quién hacer el amor, para no comunicarse con nadie, estar ahí consigo mismo, y ponerse a mandar unas bombas por correo sin que nadie supiera de su autoría. En Colombia no se va uno de la sociedad. No se la rechaza. Nadie, casi nadie, quiere separarse de ella. El colombiano, no importa de qué clase social sea, o si vive en la ciudad o en el campo, busca estar en sociedad, con otros, compartiendo, conversando, bailando, haciendo parte de la esencia vital de la colectividad, de la humanidad.
   En Colombia el individuo no se va al monte solo, y no se enmonta para quedarse ahí. No quiere estar allá. En la historia del país no hay movimientos separatistas de algún alcance. Los campesinos de las regiones que el senador conservador Álvaro Gómez Hurtado denominó "repúblicas independientes", simplemente buscaban defenderse, no formar una comuna, una nación nueva, con nombre nuevo. Los que las formaron las entendían como un fenómeno pasajero, y ellos no las llamaron ni "repúblicas" ni "independientes".
   El 27 de mayo de 1964, cuando el ejército ya había comenzado sus maniobras alrededor de Marquetalia, la más sonada de esas "repúblicas independientes", dos miembros de una cuadrilla liberal interceptaron en el sitio Rioclaro, en los límites del Huila con el Tolima, en la carretera en construcción entre El Carmen y Planadas, a un inspector de carreteras y a un farmacéutico del distrito de obras públicas del Huila, para que le entregaran al gobernador González Trujillo y al coronel Corredor Pardo, comandante del batallón Tenerife, una carta firmada por Tirofijo, indicándoles que las autoridades deberían enterarse de ella. En la conversación que sostuvieron los dos guerrilleros y los dos funcionarios del Estado, éstos fueron informados de que en el documento Tirofijo señalaba que no permitiría la entrada de tropas a la región por él dominada, pero que sí aceptaría que civiles construyeran la carretera. La carta hacía hincapié en la construcción de escuelas, puestos de salud y almacenes de víveres. Luego del encuentro, el inspector y el farmacéutico cumplieron con la misión que los había llevado a la región. Al hacer entrega de la carta, los dos funcionarios, cuyos nombres no se dieron a conocer, dijeron que les parecía que a Tirofijo lo tenía sin cuidado la presencia de soldados en la región.
   Hoy en día, el propósito de la guerrilla en una zona de despeje como el Caguán, no es despejarse del país, sino poderse organizar, cobrar más fuerza, para pelear y conversar mejor con el gobierno. Nariño y Putumayo no buscan la autonomía. Por el contrario, quieren más atención del gobierno nacional. Las regiones del país pretenden que Bogotá les haga más caso, les dé dinero, carreteras, colegios. Los paisas siempre han querido hablar de su región, pero el hacerlo sólo vale la pena cuando se contrasta con y no contra las otras regiones de Colombia. Solitos seguramente tendrían que compararse con otros, quizás con los gringos, y así la cosa sería más complicada.

   Lo que atemoriza al colombiano es estar solo. La soledad agobia. Si la novela del Nobel García Márquez se hubiera basado en la historia de los Estados Unidos, seguramente esos cien años habrían tenido mucho de celebración. En Colombia no. Todos piensan que son más de cien años que poco de bueno tienen y nada dieron. ¿Cuántos miles, millones de colombianos no se han escapado de ese aislamiento? En sus Memorias, Alberto Lleras Camargo siente que para los campesinos del siglo XIX "la guerra resultaba un ejercicio alegre, que, con sus tiros y sus gritos, sus asaltos y atropellos a la propiedad y a la mujer del prójimo, rompía la sórdida rutina del trabajo… Porque al campesino aislado en su rancho, más que al habitante de la aldea, lo devoraban la soledad, el silencio, la oscuridad nocturna, el impenetrable rostro de la mujer, el ladrido de los perros, el llanto de las criaturas". "La guerra -dice Lleras- era el correo popular, y a veces el único".


   A Lleras mismo le pasó algo similar. Ya en la ciudad se unía con los otros intelectuales para encontrarse, para conversar, para sentirse parte de algo grande, amplio, para sobreponerse "al tedio, al frío, a la desolación" del ambiente pueblerino de la Bogotá de los años veinte. Mejor todavía, los intelectuales se iban de la capital, al extranjero. "Y los demás sentíamos, cada vez que alguien se iba, que éramos náufragos en nuestra isla mediterránea, entre las nubes heladas, tan cerca de los 3.000 metros, separados del mar y de la civilización por espacios sin término…". Un día logró irse él también, "hacia el mundo".
   La élite política de Colombia se fue formando generación tras generación precisamente para que pudieran estar juntos, y de ellos brotó un sentido de colectividad. En 1944 Juan Lozano y Lozano escribió que "Para nosotros particularmente, los nativos de los países tropicales, sin cultura, sin tradición, con gloria tan inadvertida, en condiciones de vida social tan primitiva, es la sensación de nacer, crecer, desenvolverse, unirse y chocar, saberse recíprocamente la vida, estar presente en los momentos de duelo y alegría, convivir, en fin, con un grupo de seres, lo que nos ata al concepto de nacionalidad, lo que nos da la emoción profunda e irremplazable de la patria".
   Los rebeldes colombianos también son así. Son insiders. Lo que han estado buscando durante los últimos 50 años es ser parte de la sociedad. En vez de separarse, quieren la integración de Colombia. Desde el aislamiento del cautiverio en 1988, Álvaro Gómez Hurtado siente ese deseo de la guerrilla del M-19. "Porque en ellos menos se insistía en la posesión de la tierra y mucho más en la indefensión y el aislamiento de los campesinos". "Se protestaba -escribe en Soy libre, libro de las memorias de su secuestro- por la soledad, por la incomunicación, por la falta de servicios, por la ausencia de maestros y por el mal estado de las vías".

 Cuando en los años cincuenta los jefes liberales rompieron sus redes clientelistas con sus séquitos del campo, aquéllos se quedaron por fuera, desamparados, aislados, solitos en el campo. Tirofijo se acuerda de esos momentos. "¿Qué planes tienen? ¿Qué dicen los Lleras, los López? Nada, silenciados… ¿Qué dice la dirección liberal departamental…? Pocas noticias. Nada en absoluto, dejaron de abrir la boca, la sellaron de pensamientos; por tanto, dejaron de pensar por miedo físico. O por lo menos ya no actúan. Nosotros no sabemos nada en absoluto, esa gente está perdida en la bruma de la legalidad de las ciudades… Esta situación está muy complicada, parece que todo cambió de carácter, entonces hay que buscar una solución. Ya uno se decía, pero ¿con quién la buscamos? ¿A quién recurrimos? ¿A las armas? ¿Dónde están las armas, cómo se consiguen? Si nos quedamos así de tranquilos, nos van a matar a todos. El cuerpo no resiste más humillación".


   Y muchos años después de esa separación forzosa, Tirofijo siente el aislamiento todavía más. "Ya son muchos los años que llevamos gateando en esta lucha… Pero yo creo que hemos tenido un enemigo, el peor de todos los enemigos. ¿Saben cuál ha sido…? Hablo del aislamiento de esta lucha, que es peor que aguantar hambre por una semana seguida. Entre ustedes, los de la ciudad, y nosotros que hemos estado enmontados, hay de por medio una gran montaña. Las voces de ustedes, las voces de nosotros no se escuchan, pocas veces se hablan. No es una distancia de tierras y de ríos, de obstáculos naturales, no es la montaña atravesada. De nosotros es poco lo que se sabe entre ustedes, de ustedes es poca la historia que conocemos aquí".
   Entre los rebeldes y el gobierno hay teléfonos, conversaciones, diálogos, encuentros, relaciones, chistes, tragos. Es casi como si el proceso de paz tuviera una dinámica propia, más allá de cualquier resultado que pueda traer. ¿Sería un despropósito pensar que una de las muchas razones que llevan a la guerrilla a secuestrar a miembros de la sociedad es el deseo de verse con ellos, de relacionarse con otros, de comunicarse con las familias, de sentir esa angustia humana, de hacerse presentes en la vida privada de muchos colombianos, de decir "aquí también estamos nosotros", de conversar, de transar, de entregar al secuestrado y recibir algo en el canje, dinero, las gracias, la reputación de haber tratado humanamente al plagiado?
   Lo que pasa es que a estas tierras llegaron los españoles y no los ingleses. Establecieron sociedades completas, con un Estado regulador y paternalista, una sociedad jerárquica donde cada cual tenía su lugar por encima y por debajo de otros, donde las personas se relacionaban, eran parte de un organismo social, integradas de manera disímil a la sociedad. En Colombia el individuo se entiende dentro del conjunto de la sociedad, no por fuera de ella, por sí mismo. Ese orden jerárquico se fue desmoronando después de la independencia, el Estado se alejó de la sociedad, y poco a poco la gente se fue organizando por su cuenta, de abajo hacia arriba. Ahí radica mucha de la vitalidad colombiana. Los de abajo han buscado integrarse a la colectividad, muchas veces con bastante éxito, pero otras no. Los de arriba no han sabido, y algunos no han querido, abrirse. Muchas veces, como bien se sabe, incitaban a que los de una colectividad política mataran a los de otra. Y luego, los de arriba se separaron. Desesperados por no poder controlar tanto alboroto, tanta vitalidad, tanta gente tan poco deferente, dejaron de entenderse entre ellos, y se fueron. A comienzos de 1949 dejaron sus cargos públicos y algunos partieron al exilio. Decían que el problema de Colombia era que la democracia había llegado demasiado temprano, y que al pueblo no se lo podía controlar. La noción de nacionalidad que vivía Lozano y Lozano no daba para un país en el que todos querían participar, tener su lugar y estar albergados por la patria.

   Y ahí estamos. Los rebeldes no se enmontaron para encontrarse consigo mismos, sino para encontrarse con nosotros, con la ciudad, la civilización. Y durante todo un medio siglo de historia, desde la urbe no hemos sabido cómo integrarlos. Cosa complicada, Colombia.
   Veamos dos breves textos. Después de que el ejército cercó y bombardeó la "república independiente" de Marquetalia en 1964, el naciente movimiento guerrillero hizo la siguiente declaración al año siguiente.
   "Nosotros, campesinos trabajadores, amantes de la paz, progreso y bienestar social, ansiosos de una patria libre y soberana sin intervencionistas en sus asuntos internos, sin estado de sitio, y sin violencia oficial; después de haber soportado por varios meses el bloqueo económico-militar oficial a partir del 24 de septiembre de 1964 que produjo la muerte de más de treinta niños por falta de atención médica y la pérdida de las cosechas. Fuimos pacientes en esperar que promesas oficiales de respeto a la vida, honra y bienes de los trabajadores fueran cumplidas, después de dirigirnos a todas partes donde nos fue posible: al parlamento nacional y demás entidades representativas, al alto clero, al gobierno nacional y no fuimos oídos… Nos hemos visto obligados a empuñar las armas y convertirnos en un movimiento guerrillero y por tanto hemos resuelto:
   Primero. Permanecer en pie de lucha...".
   El otro texto apareció en El Tiempo el 1º de mayo de 1964, dieciséis días antes de que se diera comienzo al ya anunciado "gran plan de acción cívica militar" del ejército contra Marquetalia.
   "Informaciones obtenidas anoche por uno de nuestros redactores dan cuenta de que su eminencia el cardenal, arzobispo de Bogotá, monseñor Luis Concha Córdoba, en nota cuyo texto aún no se ha dado a conocer, negó el permiso solicitado por los sacerdotes monseñor Germán Guzmán, Camilo Torres y Gustavo Pérez, para formar parte de la comisión socio-económica que proyectaba viajar a las regiones del sur del departamento del Tolima, muy especialmente a Marquetalia, con el fin de buscar un entendimiento con los campesinos para las labores de pacificación que actualmente adelanta el gobierno nacional… La nota en la cual su eminencia el cardenal niega el permiso solicitado fue enviada ayer al ministro de guerra encargado, mayor general Gabriel Rebeiz Pizarro, en respuesta a una carta que el general Rebeiz envió en días pasados al señor cardenal, informándole de la labor que la comisión se proponía adelantar con la cooperación de las fuerzas armadas, y a la vez solicitándole el permiso respectivo para el viaje de los sacerdotes".
   Al día siguiente, los otros tres miembros de la comisión, Gerardo Molina, Orlando Fals-Borda y Eduardo Umaña Luna, los dos últimos autores junto con Germán Guzmán del ahora clásico libro La Violencia en Colombia, publicado en 1962 y reeditado en 1964, informaron a la opinión pública que sin la participación de los tres sacerdotes la comisión no podía funcionar a cabalidad, y por tanto quedaba desintegrada.
   Son orígenes próximos de la crisis que vive el país.

 

 

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