"¡Oh, ironía, tú eres la verdadera libertad! / Eres tú la que me libra de la ambición del poder,
de la servidumbre de los partidos, / del respeto de la rutina,
de la pedantería de la ciencia, / de la admiración de los grandes personajes,
del fanatismo de los reformadores, / de la superstición de ese gran universo
y de la adoración de mí mismo".
-P.J. Proudhon
 
Para celebrar el día del periodista, el pasado 9 de febrero, Galería Café Libro y Medios para la Paz presentaron en Bogotá el video de la conferencia que ofreció Jaime Garzón en la Universidad Autónoma de Occidente. Una clase de periodismo y humor que recordó a los asistentes el talento de Garzón y su crítica descarnada a los poderes que azotan a Colombia. Publicamos un texto en homenaje a Garzón, escrito por Iván Darío Álvarez, quien a lo largo de su vida creativa ha mezclado con acierto el humor y el espíritu libertario.

Fotografía cortesía El Tiempo

Resulta retador hablar del humor en Colombia en estos tiempos en que se impone la brutal seriedad de la guerra. Estamos anclados hace un buen rato en un período confuso y difícil. A la violencia que heredamos se suma otra, con imágenes patológicas como "collares bomba" y una larga jornada de sangre en la que muchos sobrevivimos con el salvavidas de la indiferencia o de la impotencia, no sabría decirlo. Por desgracia, mientras llega la tan anunciada paz que nos prometen todos los gobiernos, seguimos preguntándonos: ¿Será que toda violencia futura fue peor?
    Parece entonces que momentos así, penosos y corrosivos para el alma de un país, fueran más fecundos para un escepticismo conformista o para la rabia impotente, que para reivindicar generosamente causas valientes y prometedoras, como ésta del humor que hoy aplaudimos, pero que para nuestro pesar sentimos desprovista de una mayor alegría.
   Digo esto porque el paisaje de fondo son los muertos. Entre ellos Garzón, el cual no murió muerto de la risa porque la muerte a la que lo sometieron, además de ser horrorosamente seria, es profundamente autoritaria.
   Sin embargo, valdría la pena pensar si en situaciones como ésta nos podemos servir del humor como escudo pacífico, que nos permita tomar una distancia crítica frente al absurdo histórico. Quizás éste no nos proteja de las balas ni de la paranoia del enemigo, pero sí tal vez del gobierno absoluto de la tristeza y el sinsentido. A lo mejor el humor no nos libera del todo, pero de pronto sí nos aleja del mesianismo armado, tanto de la derecha como de la izquierda. O de las minorías fratricidas que ostentan tan fríamente el monopolio de la muerte, dejándonos a merced de este posmodernismo melancólico y sin utopías, como un legado maldito y vacío del pasado siglo, en este tropical terruño del tercer mundo.
   Contra ese tipo de seriedad es que hay que luchar y de esa amarga fatalidad es que tenemos que empezar a reírnos... poco a poco, hasta que la risa sea general.
   Es posible que el humor florezca con vitalidad, cuando finalmente entendamos que el buen vivir, o sea el convivir en una armonía no autoritaria, se torna interesante cuando no se construye ciegamente con las iras maquiavélicas de la violencia. Urge una cultura de la libertad y del diálogo, ya que sólo así una democracia será amable, simpática y plural, aunque no sea nunca perfecta.
   La vida como anhelo sublime pasa por el sudoroso esfuerzo de arrancarle alguna sabrosa broma a la cotidianidad, si es que queremos de verdad ir más allá del actual sainete nacional. Tampoco podemos dejar de pensar, como adultos, que alguna actitud positiva hemos de dejar bien grabada en la retina de las futuras generaciones. Apostar por el humor es otra forma de darle razones a la paz. No hay que olvidar que también somos una especie lúdica, capaz de brindar goce, protección y placer.

   En favor de ese argumento es preciso potenciar los espacios de la sátira política, como género importante a la hora de vigorizar una democracia. El humor, ya sea éste aristo-ácrata, hace parte fundamental de una nueva cultura política que nos haga mayores de edad, para pensar con rigor y altura nuestro destino colectivo.
   Estos dardos satíricos apuntan al corazón del absurdo y ponen simbólicamente en el paredón de la risa, como escarnio público, a los burócratas irresponsables y corruptos, a los guerreros sin alma, o a los demagogos de todos los tiempos que viciosamente se alternan jugando con las ilusiones y las ingenuidades del pueblo.   
   El humorista cumple así el papel de ojo interno que necesita todo país, puesto que con una imagen o una palabra certera hace comprensible de manera inmediata un problema. En otras palabras, el humor puede producir frente a situaciones dramáticas resultados mucho más reflexivos que los que puede procurar la ira vengativa. Puede, por ejemplo, menoscabar el prestigio de un político marrullero, al ponerlo en ridículo de una manera divertida, que vaya más allá de la ofensa personal. En ese sentido la sátira y la ironía son poderosas, porque son hijas privilegiadas del humor fino y la risa lúcida.
   Quitar las máscaras, rasgar las falsas armaduras o, como en el famoso cuento de Andersen, dejar desnudo el poder, es uno de los objetivos del humor político. Todos sabemos que la historia está llena de héroes mediocres, de impostores, de charlatanes, y el humor es una forma no violenta de desinflarlos.
   El sátiro es, pues, un fantasioso que se vale de lo grotesco y de una fuerte dosis ética para comprometerse en el debate general, aun a riesgo de caer en desgracia o ser impopular. En ese caso se pone su chaleco antibabas de sonriente guerrero para soportar mejor la dureza de su destino.
   El buen humor es el acto de vivir festejando una existencia claramente distraída, cuya única patria es la risa. Se puede apostar y perderlo todo, pero nunca la alegría, el regocijo acogedor. En contraste, es lamentable ver seres cuya amarga vida transcurre con la seriedad de un cadáver. Seres que lo tienen todo pero no disfrutan nada, porque no tienen más premisas que las del desdén profesional y el tedio burgués.
   No quiero decir que la sonrisa que acompaña al buen humor nos dure siempre. El buen humor es un don finito y a veces fugitivo. Nunca es una conquista definitiva que se estampa en nuestro rostro como una alegre máscara de carnaval. Por eso cuando llega nos embriaga como si fuera un elíxir demoníaco. Es un estado de gracia anárquico, ya que al poseer su vigor nos llena de gratitud y de una reparadora creatividad. El humor es una parcela poética de la que nadie tiene ni carnets, ni papeles de propiedad; es más un bien común siempre a la espera de ser compartido.
   Esa intención risueña que en últimas es cosa buena y seria, es lo que podríamos llamar "buen humor" y éste, éticamente hablando, es muy humano, solidario y pacificador.

   

Los humoristas son también grandes pensadores que viven tratando de desmentir un orden absurdo y una visión monolítica de la vida, sin el afán de sacar conclusiones de nada. El humorista hace más extensos los territorios de la verdad abriendo nuevos horizontes, inaugurando vías desconocidas y haciendo imposibles las fronteras entre los seres humanos.
   El humor es también prudencia, un antídoto frente a futuras desilusiones. Gracias a la dulce ironía no somos presas fáciles de la desesperación, ese volcánico mal que agrieta nuestro tiempo y lo llena de conciencias suicidas o desdichadas.


   La ironía rompe ataduras y estimula el libre vagabundeo de la imaginación. Por ello el irónico alado vuela alto y ve más allá de lo permitido, de lo probado, de lo posible. Quizás esa agilidad elástica y aérea sólo la proporciona la alegría que da un pensamiento leve, ligero y nada sentencioso.
   El más serio de los orgullos se desploma fácilmente ante el ingenio de una buena broma. El humorista, con el poder de su risa mordaz, conoce a fondo nuestra infinita fragilidad, y con la fina pluma de su ironía puede encantar a las serpientes o amansar a las fieras más dogmáticas.
   La ironía es también indiscreta y pone como blanco preferido de sus sofisticadas pullas a los hipócritas y los obliga a abandonar sus excéntricos disfraces. En realidad sabe detectar como nadie las mentiras de la verdad o los pecados de la santidad.
   Sin embargo, hay que advertir que el irónico puede también ser víctima de su propio juego, ya que cualquiera de sus torpezas se puede pagar caro. La duda cáustica no está exenta de equivocarse o de volverse funesta, fomentando odios y bajas pasiones, de esas en que los hombres somos grandes campeones. Por esa vía inútilmente se pueden condenar individuos a soledades trágicas y sombrías.
   La ironía festiva, en cambio, puede hacer malabares con los contrarios y con su entusiasmo puede ir más allá de las dualidades excluyentes. Ésta da rienda suelta al desequilibrio y como experta hechicera convierte la rival tontería en tema de reflexión. Sabe cómo ponerle zancadilla al conflicto y a la adversidad sin ningún tipo de amagues.
   Este humor lúdico, como buen saltarín, sabe hacer resortar las palabras con elegancia y hace del lenguaje una fiesta onírica, con ritmos y resonancias bufas, capaces de provocar tal emoción que hasta las estatuas ríen, sienten y bailan.
   En últimas, si nos lo proponemos, las palabras son los juguetes más preciados de los sueños, o simplemente con ellas nos hundimos en el océano de nuestra propia libertad. El humor del lenguaje puede adoptar la forma de un nihilismo lúdico, para acabar con toda liturgia intelectual, toda tesis doctrinal o toda tisis trascendental. Es que no hay nada más peligroso que el pensamiento fijo e inmóvil, amparado en las creencias fanáticas, llámense éstas políticas, estéticas o religiosas.
   Todas las sectas extremistas son tan ridículas como caníbales haciendo dietas vegetarianas para perder peso, o más aún, pretendiendo hacer cursos acelerados de derechos humanos para aparentar ser civilizados.

   Contra todo pronóstico pesimista, todavía esperamos milagros de la creación; ojalá gracias a la evolución se desarrolle más la glándula de la risa que las vísceras y las flemas neuróticas de la guerra, aquellas que mantienen fieramente ocupadas a las mentes guerreras, enfermas de odio y descontento, porque son reacias a toda forma de alegría que no sea la de afilar el hacha del verdugo.
   Y no es que desdeñemos, en nombre del humor, la melancolía, la tristeza, la nostalgia, el conflicto o las crisis, sin las cuales nuestras alegrías no tendrían tanto valor. Más bien tediosas resultan las patologías de la ira o las envidias macabras y cancerosas, que no buscan emular al otro o controvertirlo sin malevolencia, sino suprimirlo sacándolo de la escena, en aras de una existencia plana y sin contradicciones.
   Por ello el poder es tan lúgubre, tan amargo y más cuando está fecundado por virus totalitarios como los stalinococos, ya que engendran abominables monstruos, cuya mayor astucia consiste en perfeccionar con vergonzoso cinismo las artimañas del pensamiento siniestro, donde sabemos que no habitan personas sino rebaños de zombies y donde no anidan quimeras, sino la quietud de las tinieblas.
   A contraviento, el humor genera simpatía, coros de alegría; sin duda no hay nada más digno de risa que un tirano, o nuestras atávicas posesiones, nuestras efímeras seguridades, nuestras vanidades egópatas, nuestros ideales redentores, nuestro miedo a equivocarnos, nuestro culto desmesurado al éxito.
   Si no nos quitan la inspiración o la respiración las energúmenas y variopintas pandillas del poder, el gran mito del humor en Colombia será la autogestión generalizada de la risa, con sus barricadas de optimismo, con sus carcajadas de esperanza y con la suficiente lucidez festiva como para poder transgredir los tristes barrotes de la realidad de la guerra y los diversos poderes dominantes que se oponen a la razón poética.
   La risa espontánea es hija de la libertad. No hay nada más dichoso que carcajearnos con libre y relajado antojo, sin pedirle permiso a nadie ni estar sujetos a ninguna mordaza, a ninguna perniciosa autoridad. Si apelamos por el humor es porque queremos sonreír libertariamente y porque deseamos, como en la más fantástica de las utopías, tener el derecho inalienable a una vida buena, sana y alegre. Para ello no se necesita ser exageradamente sabios, sino simplemente tener un poquito de sentido común.
   Desgraciadamente, estamos por ahora entrampados entre el sectarismo armado y la banalidad generalizada, entre el capital transnacional y un Estado antisocial e inoperante.
   La conciencia humorística no es una ceñuda señora, es más una mueca feliz que hace crecer la inteligencia. Un país que condena su existencia es una cultura servil, que no puede liberarse de sus propios prejuicios y borracheras. Otra sería la historia de la humanidad y sus desmanes si por ejemplo el Ku Klux Klan no hubiese sido una secta racista sino una tropa de cómicos ambulantes que bien se hubiesen podido llamar el Ku Klux Clown. O si Hitler, Stalin o Pinochet, hubiesen tenido vocación de payasos o titiriteros, en vez de convertir a muchos judíos y homosexuales en sus trágicas marionetas. O si Dios, con su infinita bondad, hubiese sido tan tolerante como para ser capaz de convertir al diablo en el gran bufón del cielo.
   Sólo me resta decir que loados sean los cómicos que lograron hacer de su humor una estética e iluminaron nuestra conciencia con sus teas de dicha. Y dichosos sean todos los comediantes que nos hicieron ver que por encima de nuestras lágrimas sonreía victorioso un sol resplandeciente.

 

 

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