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EL PLAN Por
Alfredo Molano Bravo Alfredo Molano Bravo (Bogotá, 1944). Sociólogo, escritor y periodista. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Los años del tropel: crónicas de la Violencia (1985), Selva adentro: una historia oral de la colonización del Guaviare (1987), Siguiendo el corte: relatos de guerras y de tierras (1989), Aguas arriba: entre la coca y el oro (1990), Del Llano llano: relatos y testimonios (1995) y Rebusque mayor: relatos de mulas, traquetos y embarques (1998). I.
VERSIONES El plan aprobado por Washington tiene tres grandes objetivos, a nuestra manera de ver: 1. Forzar un acuerdo de paz conveniente para el «establecimiento» por medio del apoyo militar al ejército colombiano. Este «conveniente» significa una negociación sobre entrega de armas y reinserción del movimiento guerrillero en las instituciones vigentes. 2. Aumentar la injerencia militar de Estados Unidos en la convulsionada región andino-amazónica con miras a controlar las reacciones sociales desencadenadas por las políticas neoliberales. A Washington le preocupa ante todo lo que representa Chávez, un caudillo que tiene las armas, los votos y el petróleo; le preocupa también lo que sucede en Ecuador con el movimiento indígena y campesino, y en el Brasil con un creciente Partido del Trabajo y el movimiento de los Sen Terra; le preocupa lo que hay debajo de la oposición a Fujimori, le preocupa Bolivia sin Banzer, y le preocupa un Panamá sin su presencia en la Zona del Canal. Lo han dicho varias veces con el título de estabilidad democrática regional. 3. El Plan Colombia tiene un objetivo doméstico en Estados Unidos: disminuir las presiones del puritanismo norteamericano, que considera la droga el sustituto del comunismo. |
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II.
EL CONFLICTO SOCIAL ARMADO El conflicto armado es un fenómeno que condensa buena parte de nuestra historia. Tenemos una larga tradición de luchas civiles armadas -en el siglo XIX hubo 52 levantamientos- que de manera inequívoca están mostrando la precariedad en la formación del Estado-nación, debido tanto al carácter patrimonial de nuestras instituciones políticas como a la índole rapaz y rentística de nuestro sistema económico. Hay que agregar que estas características constitutivas no están divorciadas de las políticas de subordinación del Sur al Norte. En el panorama político y económico colombiano saltan a la vista dos grandes vacíos: el de una reforma agraria y el de la existencia de un movimiento de oposición a esta estructura. Ha habido intentos inocuos de reformar la tierra, y hay dos grandes partidos que se turnan el poder de manera hegemónica. De ahí que exista la sensación de que algo se hace y de que, pese a todo, somos la «democracia más antigua de América». Por eso es tan fácil decir que las guerrillas son hijas de Rusia, Cuba o China y que la droga es el nuevo demonio. La reforma agraria ha sido imposible por una razón evidente: el Congreso lo manejan -aún hoy- grandes terratenientes. Ha habido dos intentos serios de modificar el régimen agrario. Entre 1936 y 1953 las iniciativas reformistas fueron liquidadas por una astuta combinación de entrabamiento burocrático y de violencia armada. La reforma de los años sesenta -impuesta por la Alianza para el Progreso- fue burlada por un acuerdo biparti-dista, una brutal represión contra los campesinos y un impulso a la colonización -dirigida o espontánea- de nuestras selvas. Debo decir que la violencia ha sido una de las herramientas más idóneas para impedir la reforma agraria, violencia ejercida por grupos armados ilegales al servicio de los terratenientes y de algunos gobiernos. Si se quiere encontrar alguna causa del narco-tráfico habría que buscarla en esta gran frustración. Por su lado, la oposición política ha sido la otra laguna. Las rivalidades políticas entre conservadores y liberales de los años treinta, cuarenta y cincuenta se resolvieron por medio de una violencia que costó 300 mil muertos y por un tratado de paz llamado Frente Nacional que instituyó la alternancia de los dos partidos en el poder. De esta manera se monopolizaron el gobierno y, al mismo tiempo, la oposición. Las diferencias ideológicas se borraron poco a poco, y el clientelismo y la corrupción prosperaron como secuelas de este modelo de gobernabilidad. Desde los años sesenta se ha cooptado, comprado o asesinado toda oposición civil y democrática, obligándola a tomar el camino del monte. Monte donde también se refugian los miles de campesinos expulsados de sus tierras y obligados a colonizar para sobrevivir. En esos inmensos espacios donde la debilidad del Estado es aún más grave, convergen la oposición armada y los campesinos sin tierra. Sin embargo, la colonización no resuelve el problema campesino, porque se convierte en una modalidad de ampliación del latifundio; por tanto, bien vistas las cosas, es un proceso de desplazamiento permanente de los colonos y de extinción paulatina de las selvas. El colono tumba la selva para hacer potreros y el terrateniente se los compra -o se los roba-, y así vive a la deriva y siempre al borde de la subsistencia pura y simple. Por esta razón no es difícil entender que, cuando a mediados de los setenta llega la coca, el colono la considera un milagro, y dedica todo su trabajo a cultivarla con la esperanza de salir de la miseria. La guerrilla se opone porque considera el milagro un ardid del «imperialismo» que busca enriquecer a los campesinos para quitarle ese apoyo, pero los colonos le hacen saber que si los guerrilleros no permiten el cultivo, les voltean la espalda. Los cultivos ilícitos -sobre todo la coca- llegaron a Colombia de la mano de los narcotraficantes y de su red internacional. Encontraron un campesinado miserable, unas autoridades corrompidas y fáciles de sobornar, una clase política ávida de recursos a cambio de impunidad y una clase empresarial acostumbrada al trabajo fácil y a la ganancia abundante. El cuadro perfecto para su prosperidad. A ojos del mundo entero, a Colombia entraron en 20 años no menos de 50.000 millones de dólares -2.500 por año-, cifra que explica la singular estabilidad económica del país durante estas décadas. Con semejantes ingresos el país casi no sintió la implantación de las políticas neoliberales. Pero la realidad fue que la industria manufacturera -en grandes dificultades, sin duda- y la agricultura comercial quedaron muy golpeadas por la apertura económica. Se exceptúa de la regla la gran ganadería, defendida por altos aranceles a la importación de carne, lo que se tradujo en un sector de inversión espléndido para los narcotraficantes. Cinco millones de hectáreas de la mejor tierra quedaron en sus manos. Los campesinos, por su parte, resintieron la competencia y se refugiaron en la subsistencia, excepto los que cultivaban coca y amapola, que pudieron integrarse sin dificultades a las realidades del modelo neoliberal. |
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III.
FUERZAS Y ACTORES Miremos más de cerca a los protagonistas. Las fuerzas armadas
Los paramilitares
Las guerrillas |
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IV.
LAS NEGOCIACIONES No obstante, la negociación podría continuar y abordar a fondo la agenda. Sería el camino menos doloroso y más democrático. Las partes están en este momento bastante equilibradas y ello es la condición para llegar a soluciones definitivas. Se esbozan dos grandes acuerdos: uno sobre la cuestión agraria -régimen de propiedad, aranceles, crédito, infraestructura- y otro sobre una gran reforma constitucional que rodee de garantías el pluralismo político, el ejercicio de la oposición, el control de la corrupción y la subordinación real del poder militar al poder civil. Estos logros podrían, a la vuelta de unos pocos años, erradicar los cultivos ilícitos y reducir al mínimo la importancia de las armas como condición para la solución política. Pero este camino implica sacrificios de parte y parte. Por un lado, aceptar que la negociación versa sobre reformas estructurales profundas que sacrificarían muchos de los privilegios de que goza la élite, y por otro, que buena parte de los objetivos deberían ganarse por fuera del campo de batalla, por fuera de la mesa de negociación, es decir, mediante la lucha política democrática. Hoy el Plan Colombia amenaza seriamente esta perspectiva. Estados Unidos y un gran sector del «establecimiento» han fortalecido su alianza para tratar de romper el relativo equilibrio de poder en que se desarrolla la negociación y cargar los dados a favor de sus intereses. Esta operación, con grandes riesgos, busca obligar por medios militares a que la guerrilla acepte el esquema de la reinserción a las instituciones en lugar de una modificación consensuada del sistema político. Es un arreglo que en última instancia equivale a una negociación sobre la entrega de armas, sin duda arropada con algunas modificaciones políticas menores y un trato económico preferencial a los comandantes. Las negociaciones con la insurgencia, desde 1953 con las guerrillas liberales hasta 1990 con el M-19, han tomado este rumbo, pero no han traído la paz; por el contrario, han fortalecido la lucha armada de los grupos que no se han acogido a la reinserción. No me cabe la menor duda de que tratar de imponer hoy este esquema conduciría a un escalamiento sustancial de la guerra. ¿De qué guerra se trata? Quisiera hacer algunas hipótesis. Primera: las guerrillas se irían a una confrontación total de «patria o muerte». Es la alternativa que los estrategas norteamericanos buscan. Un enfrentamiento como el que prometió Saddam Hussein: una batalla madre. La lucha contra los cultivos ilícitos cobraría aquí toda su importancia estratégica al asumir que son la fuente principal de financiación de la guerrilla. El resultado obvio sería la derrota de la insurgencia. Por tanto, hay que hacer otra hipótesis: una resistencia de desgaste. Esta ha sido la estrategia tradicional de las Farc. La guerra de guerrillas se ampliaría, sin grandes concentraciones de fuerza, pero buscando que el tiempo corra en contra de su enemigo. El ataque a la infraestructura económica podría ser la respuesta a los ataques contra los cultivos ilícitos. En este sentido la guerrilla tiene un ilimitado poder de destrucción. Si la economía colombiana está de rodillas con la infraestructura intacta, hay que imaginar a dónde llegaría con un ataque sistemático a vías, redes eléctricas, oleoductos. La Otan dio ejemplo de las funciones de una estrategia de ataque a la infraestructura. Así mismo, la guerrilla continuaría su avance militar en zonas pobladas y sin duda llevaría la guerra a las ciudades. Es posible que en este estado de postración económica los cultivos ilícitos, más que desaparecer, se desplacen hacia países vecinos y hacia otras áreas del país, no sólo por la necesidad de financiar la guerra sino principalmente para resolver el problema de la alimentación de la gente. Quizás no sería un Vietnam sino un nuevo modelo de guerra prolongada, irregular, que arrecie el desangre. En esta opción los paramilitares entrarían a cumplir un gran papel sustituyendo lentamente a las fuerzas regulares y llevando el peso de la guerra, ya que es la única arma que le quedaría al establecimiento para debilitar el avance guerrillero. El panorama de desplazamiento, destrucción y masacres que hoy vivimos se multiplicaría. INTERROGANTES
Todo apunta a responder afirmativamente la pregunta. Por una razón fundamental: es muy posible que el conflicto colombiano no sólo se salga de madre en razón de la naturaleza misma de la guerra -desplazamiento de los cultivos ilícitos, destierro masivo de campesinos-, sino porque quizás sea éste el verdadero sentido de la injerencia de Washington atendiendo al peligro que para sus intereses representan Chávez y los movimientos sociales que se agitan en Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia. Se ha comenzado a oír hablar del eje Caracas-La Habana-San Vicente del Caguán. El Departamento de Estado ha insistido una y otra vez en el peligro que representa la inestabilidad de «la democracia» colombiana para la estabilidad política de la región. ¿Qué pasaría entonces? ¿Cuál sería el papel de la Unión Europea en este eventual desenlace? Se dejaría arrastrar Europa a tomar parte en un conflicto que tiene hoy por hoy todavía opciones de solución civil? ¿Cuál sería su costo? De salir avante en esa guerra, ¿qué ganaría Europa en una región sometida a la Pax Americana? Y de perderla, ¿qué consecuencias le traería para el desarrollo de su política exterior? No es una tesis chauvinista: Colombia, para bien o para mal, es un país de significativa importancia geoestratégica regional. Por eso el problema podría extenderse, y transformar una guerra de carácter doméstico y limitado -con grandes posibilidades hoy de resolverse políticamente-, en un conflicto de alcance y proporciones desconocidos. El Plan Colombia puede ser el fulminante que se busca activar para lanzarnos a una aventura de la que nadie saldrá bien librado. Será un conflicto terrible con dos costos altísimos: el atropello a la población civil, habida cuenta de la guerra sucia, y el ecocidio representado en los destrozos causados por la guerra biológica que hace parte de los compromisos contraídos por el gobierno en el Plan Colombia. De manera indirecta Europa, de apoyar la estrategia norteamericana, avalaría estos nefastos resultados. Nadie podría desconocer que el Plan Colombia presentado a ustedes por nuestro gobierno, tiene para Estados Unidos una función esencial: mitigar la imagen militar de la estrategia y comprometer a Europa en un proyecto bélico común. Permítanme hacer finalmente una consideración: Colombia necesita ayuda económica y política para resolver el conflicto. La participación de una tercera parte, como lo es la comunidad internacional en el proceso de negociación, sólo es justificable y útil si las dos partes en conflicto así lo demandan y, por tanto, lo aceptan. No es comprensible que se participe de manera unilateral si quiere evitarse caer en la intervención. Quiero decir, señores, que la verdadera ayuda de Europa estaría condicionada a que la negociación continúe, y en esta deseable opción, la participación debería estar indisolublemente asociada a los acuerdos logrados en la mesa. Los acuerdos requerirán la veeduría responsable y competente y ella no se lograría si Europa tercia en el proceso a favor de una de las partes. La solución necesita ayudas económicas, pero ella no sería factible si Europa contribuye a respaldar una estrategia militar inconveniente, aventurera y contraproducente. El tiempo para evitar este desenlace fatal es muy limitado. Pero existe un margen. Contribuyan ustedes a evitar la muerte de miles de colombianos y a impedir que nuestro medio ambiente sufra daños irreparables. |
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