Por Juan José Hoyos
Ilustraciones de Carlos Esteban Lemoine

Juan José Hoyos (Medellín, 1953). En la actualidad es profesor de periodismo de la Universidad de Antioquia y egresado de la misma universidad. Corresponsal de El Tiempo y colaborador de varias revistas y periódicos del país. Ha publicado las novelas Tuyo es mi corazón (Planeta, 1984) y El cielo que perdimos (Planeta, 1990), y los libros de crónicas y reportajes Sentir que es un soplo de vida (Editorial Universidad de Antioquia, 1994) y El oro y la sangre (Planeta, 1984). Por este último recibió el Premio Nacional de Periodismo Germán Arciniegas.

Es medianoche. La luz amarilla de la lámpara todavía está encendida. Puedo verla desde mi cama por el resplandor que se desprende de la pared de enfrente y atraviesa la cortina de gasa que separa su cuarto del mío. En la casa, todos duermen desde hace rato. Menos él. Menos yo, su hijo. ¿Qué hace? Me levanto sin hacer ruido. Lo miro. La tela blanca de la cortina, con su trama, desdibuja un poco las líneas de su cara, pero aun así, desde la penumbra, mis ojos pueden verlo. Tiene en sus manos un libro. Mi madre yace a su lado, hundida por completo en el sueño. Lo veo pasar las hojas embebido en la tarea de descifrar una tras otra las palabras. Mientras tanto, mi mente de niño se llena de preguntas acerca del misterio que él sostiene en las manos. ¿Qué le dicen, en silencio, esas hojas? ¿Qué historia lee con tanta pasión?
     Nunca me atreví a preguntárselo, pero días más tarde él mismo, sin hablar demasiado, comenzó a darme algunas respuestas. Abrió un armario que permanecía cerrado en una esqui-na del cuarto y sacó varios libros. La mayoría eran muy viejos. Casi todos tenían manchas que los hacían ver como si hubieran sido rescatados del agua en algún naufragio. Mis ojos se detuvieron en el más grande de todos, que también era el más viejo. Había perdido una de las tapas y una que otra hoja porque la tela del lomo se estaba deshaciendo. La única tapa que aún lo protegía tenía un color indefinible, producto de las calamidades de los viajes, de pueblo en pueblo, guardado en las alforjas de las mulas. Mi padre lo puso en mis manos. Casi no puedo sostener-lo. Me dijo que era un diccionario. Su padre era maestro de escuela en un pueblo lejano, y lo había heredado del abuelo. Después de su muerte, el diccionario había pasado a manos de mi padre como única herencia.


     Todavía recuerdo el olor a polvo y a humedad que se desprendía de sus hojas cuando yo las repasaba, maravillado, por las tardes, a mi regreso de la escuela. Pasaba horas enteras, tirado en el piso, contemplando los grabados. Era un Larousse ilustrado de comienzos del siglo XX.
    Con el paso de los días, el libro, para mí, alcanzó un valor extraño. Era la época en que le preguntaba a mi padre por todas las cosas del mundo. Él respondía casi todas mis preguntas con una sonrisa en los labios. Y yo me preguntaba, asombrado: ¿dónde pudo él aprender tantas cosas? El secreto comenzó a revelarse el día en que después de escuchar una de mis incontables preguntas, se levantó de la cama, abrió el armario y tomó en sus manos el diccionario. Para entonces, mi padre ya tenía la sabiduría del hombre viejo que está seguro de que si sale derrotado en un trance de esos, con un niño, su figura puede desmoronarse.

    Cuando por fin aprendí a leer, las primeras lecturas alucinantes que recuerdo fueron las de ese libro que, aun así, descuadernado, parecía contener todas las respuestas a todas las preguntas. Con ellas empecé a descubrir el mundo. Sus pági-nas amarillentas se volvieron compañeras inseparables de mis tardes y me abrieron poco a poco las puertas del pasado, de la vida, las puertas de otros libros. Digo esto y recuerdo de inmediato el día en que empecé a leer las Aventuras del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de don Miguel de Cervantes. Tenía once o doce años y acababan de empezar las vacaciones escolares de mitad de año. Durante dos semanas estuve encerrado en uno de los cuartos de mi casa, maravillado con las locuras de don Quijote, ese hombre al que las novelas de caballería le «sorbieron» el seso. Mientras tanto mis amigos elevaban cometas en una manga del barrio, situada enfrente de mi casa. Mi madre, preocupada con mi encierro, tocaba la puerta del cuarto y me decía: «Mijo, no lea más que se va a enloquecer...». Yo preferí no hacerle caso. Y durante esos días, el diccionario estuvo a mi lado como un amigo silencioso, inseparable, y me ayudó a resolver todos los misterios de las palabras con las que deliraba don Quijote. Cuando salí de aquel lugar, hasta la luz del sol tenía para mí otro color. No podía ser el mismo después de andar tantos días por los campos de Castilla velando las armas con don Quijote, durmiendo en posadas miserables con olor a establo, peleando con molinos de viento y recibiendo en las costillas las palizas de los pastores.
    Bastaron pocos días para darme cuenta de los estragos causados por el libro. Tal como lo había pronosticado mi madre, y como le sucedió a don Quijote, empecé a confundir un poco la realidad con las cosas que imaginaba. Me lo hicieron notar mis maestros, en la escuela pública, cuando me sorprendían extraviado, con mi mente a miles de kilómetros del salón donde ellos se esforzaban por explicar los complicados mecanismos de la raíz cuadrada.
    Para acabar de empeorar las cosas, me dediqué a leer novelas. Desde entonces, descubrí que en esas hojas que recorrían mis ojos existía un mundo maravilloso, que parecía un sueño pero que al mismo tiempo encerraba una verdad que nadie podía refutar. Y empecé a soñar con las novelas. Y crecí educándome con ellas y con sus amigos, los diccionarios. Ahí aprendí geografía, historia, ortografía. Ahí aprendí de la vida y del amor.
    Mientras tanto, a medida que leía una novela tras otra, y consultaba sus páginas, la tela del lomo del viejo libro seguía deshaciéndose y el diccionario, día a día, iba perdiendo sus hojas, como un árbol. Primero cayeron las hojas de la A. Después, las de las letras B y C. Luego, la D. El deterioro se detuvo de manera caprichosa en algún lugar, entre la G y la H. Después vino la desgracia. El diccionario desapareció en alguna casa del vecindario, en manos de un muchacho que lo pidió prestado a una de mis hermanas para resolver las preguntas de una tarea escolar. Cuando me enteré de la noticia, al cabo de unas semanas, emprendí una búsqueda casa por casa que sólo terminó cuando me sentí derrotado. Mi hermana olvidó el nombre y la cara del escolar y el diccionario jamás lo devolvieron. Mi padre se puso muy triste apenas le contaron lo que había sucedido. Desde entonces, hasta el día de su muerte, la pérdida del libro pasó a ser un tema recurrente en sus rabietas, cada vez más escasas.

   

 Unos años más tarde empecé a trabajar y pude comprar mis primeros libros. Mi padre ya estaba jubilado y desde la soledad de su cuarto esperaba mi llegada con ilusión. Si venía de visitar alguna librería de viejo, iba hasta el cuarto a buscarlo y los dos nos sentábamos a destapar los paquetes. Él se quedaba con la mitad de los libros. Cuando acababa de leerlos, yo le entregaba la otra mitad. Poco a poco, nuestra pequeña biblioteca fue creciendo. Hasta que tuvimos que trasladarla a uno de los cuartos de atrás, adonde él se fue a vivir. Allí pasaba los días y las noches, como don Quijote, leyendo novelas. Mi cuarto quedaba en seguida del suyo y entonces, otra vez, yo podía ver la luz. En ocasiones permanecía encendida hasta la madrugada. Uno tras otro, los libros de la biblioteca fueron pasando por sus ojos. Cuando un libro le gustaba mucho, al día siguiente ni siquiera se levantaba a desayunar. Seguía en la cama, con la pijama aún puesta, leyendo durante horas y horas, sin salir del cuarto. Cuando acababa una tanda de novelas, volvía a empezar con la primera. Esa era la señal silenciosa que me recordaba que hacía tiempo que yo no compraba nuevos libros. Cuando llegaba con el paquete, después de escoger con mucho cuidado en la librería de viejo los libros que sabía que le iban a gustar, la cara de mi padre se iluminaba. En seguida, yo ponía el paquete sobre una mesa y él me ayudaba a destaparlo. Examinaba los libros uno por uno y los iba separando. A veces, sin embargo, se detenía en alguno de ellos; sucedía, sobre todo, con los más viejos, que eran casi siempre novelas del siglo XIX. En especial le gustaban los escritores rusos. Pasaba con esos libros semanas enteras. Recuerdo que a William Shakespeare lo leyó completo en dos o tres ocasiones. Yo trataba de leer a la misma velocidad, siguiéndolo paso a paso por esos vericuetos de miles de páginas, pero a veces me quedaba rezagado a causa de mis deberes en la universidad. Solamente en las vacaciones de fin de año lograba alcanzarlo. Entonces nos sentábamos a conversar. Y hablábamos de madame Bovary y de Raskolnikov como si fueran personas vivas que hubiéramos conocido una semana antes. Como si a los dos se nos hubiera contagiado ya para siempre el mal de don Quijote.
    De este modo vivió el resto de sus años, hasta el día en que descubrió que se estaba quedando ciego. Los médicos desecharon la posibilidad de una cirugía porque su corazón y sus pulmones ya no resistían un maltrato de esa clase. Por un tiempo, los lentes aplazaron la desgracia, pero al final no la pudimos evitar. Desde entonces pasó los últimos días de su vida hundido en un silencio triste, acompañado por la música de una pequeña radiola que se había ganado, hacía años, en una rifa.
    Y a mí me sucedió algo inesperado. Sin saber por qué, sentía una ansiedad extraña. Él fue tal vez el primero en enterarse: ¡había empezado a escribir! Primero un cuento. Después unos poemas. Luego, una novela. Años más tarde, cuando una editorial aceptó publicar mi primer libro, y lo tuve entre mis manos, ya impreso, corrí a llevárselo. Era domingo. Para entonces, yo vivía ya en otra casa, con mi nueva familia, desde hacía algún tiempo. Entré en su cuarto. Él estaba acostado, en pijama, oyendo música. Le di un abrazo y le entregué el libro. Él lo miró asombrado, con una sonrisa. Ya casi no podía ver. Pero en su cara apareció de pronto la misma luz que iluminaba sus ojos cuando yo llegaba con los paquetes de libros y los dos nos sentábamos a destaparlos. Recuerdo que me pidió que le leyera en voz alta una o dos páginas. Yo traté de hacerlo lo mejor que pude, a pesar del nudo que sentía en la garganta. Después, supe que hizo la misma petición a mis hermanas y que pasó varias tardes, acostado, oyéndolas leer mis historias que, de algún modo, también eran sus historias.

En esa época de mi vida, yo ya sabía que mi padre había nacido en un pueblo de campesinos, perdido entre las montañas de Antioquia, donde un sacerdote católico había prohibido, bajo pecado mortal, leer novelas. El cura, de tarde en tarde, pasaba por las casas recogiendo libros y luego los quemaba en una hoguera, en las afueras del pueblo. Por las calles de ese pueblo transcurrió la infancia de mi padre. Allí aprendió a tocar guitarra, tiple y bandola y después armonio. Allí aprendió a solfear y a escribir música. Allí conoció a mi madre. Y allí leyó a escondidas los primeros libros, que le regaló su padre.
Dicen que toda escritura es un duelo. Yo vine a comprenderlo después de su muerte. Con el paso del tiempo, cuando pensaba en él, a veces volvía a recordar el diccionario. Y había noches en las que imaginaba que había logrado recobrarlo... y que ahora lo tenía entre las manos, como ese día en que él me lo entregó por primera vez. Y que era la herencia que él me había dejado, como su padre. La única.
    No sé a ciencia cierta cuándo se apoderó de mí la obsesión de buscarlo. Primero averigüé entre todos los vecinos de la cuadra. Después visité una por una todas las librerías donde vendían libros de segunda mano. Y pasó la voz entre algunos amigos de la Universidad de Antioquia que amaban las novelas y recorrían palmo a palmo las calles de mi ciudad buscando libros viejos.
    De este modo, una tarde fui a parar al desván de una lujosa casa de un barrio de ricos. La descubrió un amigo librero que había nacido en el mismo pueblo donde nació mi padre. Después de que tocamos la puerta, nos abrió una anciana que nos invitó a seguir a un desván situado en la parte más alta y más escondida de la casa, en un tercer piso. Subimos las escalas poseídos por una agitación extraña. Lo que hallamos arriba nos dejó desconcertados. Parecía un cementerio de libros abandonados. Estaba Shakespeare, en inglés. La primera edición no expurgada del Ulysses, de Joyce, también en inglés. Un Manual de ética militar para oficiales del ejército de Venezuela, escrito por un oficial colombiano a comienzos del siglo. Un ejemplar de La vorágine, de José Eustasio Rivera, impreso en Nueva York, en 1929, con la dirección del autor. Parecía la biblioteca de un hombre sabio, que había viajado por todo el mundo y que había leído miles y miles de libros. Estaba todo Balzac, todo Tolstoi. Stendhal, Dostoievski, Emily Brontë, Flaubert, Charles Dickens. Las mismas novelas que hacía unos años había leído con mi padre.

 

    Una hora después, mi amigo me confesó la verdad: la biblioteca pertenecía a un cura católico, que había sido censor oficial de la Iglesia. Un hombre de esos que tienen el poder de conceder a los libros católicos y a los manuales piadosos el Nihil obstat. El cura había trabajado como censor, durante muchos años, para un obispo tristemente célebre durante la violencia de los años cincuenta; un obispo que decía en los púlpitos que matar liberales no era pecado. El cura había muerto hacía varios meses. Desde entonces, en ese desván, su biblioteca estaba abandonada. Dos hermanas solteras que le sobrevivieron habían descubierto el lugar y habían decidido poner en venta todos los libros.
    Yo le había oído decir a mi padre que detrás de todo censor siempre hay un hipócrita. Lo comprobé en poco tiempo cuando descubrí, debajo de varios libros enormes escritos en francés, un arrume de revistas pornográficas alemanas de los años veinte. Las estuve mirando durante un rato. Mientras tanto, pensaba en el cura; en ese momento, sus huesos debían estar removiéndose en alguna tumba.
    De pronto, sentí vértigo. A unos pasos había un diccionario Larousse. Tiré las revistas al suelo y corrí a recogerlo. Parecía vivo cuando lo tomé entre las manos y abrí sus hojas. Volví a sentir el mismo olor a polvo y humedad. Por un momento sucumbí a la ilusión. Me costó varios minutos recuperar el aire. Cuando volví a mirarlo me di cuenta: era un Larousse ilustrado del año veintiocho, pero no era el mismo de mi padre. Se hallaba en buen estado. No había perdido las hojas y tenía el lomo bien cosido. Bueno, pensé, tratando de consolarme, pero de todos modos era el diccionario.
    Por eso pagué por él todo el dinero que me pidieron las hermanas del cura. Y abandoné la casa, feliz, llevando el libro bajo el brazo, como un tesoro recuperado. Por eso lo conservo todavía junto a las novelas que leía con mi padre.
    Desde entonces, me ayuda a resolver muchas preguntas. Me ayuda a leer nuevas novelas. Y cuando estoy escribiendo, me ayuda a juntar con exactitud las palabras, como si fueran las piezas del mecanismo de un reloj. Y también me ayuda a juntar, como don Quijote, en un mismo cuarto, en una misma página, fantasía y realidad, miseria e ilusiones. Y de vez en cuando, aunque no busque una palabra, abro sus páginas para mirarlas, para tocarlas. Para volver a sentir el mismo olor a polvo.

 

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