SENTIMENTAL
JOURNEY
Por Mempo Giardinelli
Ilustraciones de John Naranjo
Mientras
esperaba el bus en el paradero de la Greyhound, en Buffalo, no se dio
cuenta de su presencia. Pero en cuanto ascendió al coche y se sentó,
en el primer asiento de la sección de fumar, le llamó la atención la
belleza de esa mujer. Era una negra alta, altísima, como de un metro
ochenta, que terminaba en un escandalizado pelo afro, sobre un rostro
entre agresivo y dulce, no demasiado anguloso y de un cutis terso y
brillante en el que se destacaban los labios carnosos, rosados de un
rosado natural, sin pintura. Pero lo grande de esa mujer, en todo sentido,
era su cuerpo, sencillamente magnífico. Era un ejemplar de unos pechos
tan amplios, tan generosos, como nunca había visto. Y, sin embargo,
no necesitaban sostén, y acaso se hubieran reído de él, si lo había
para su medida; se expandían dentro de un brevísimo vestido blanco,
de escote profundo como un precipicio tentador en el que cualquier tipo
querría suicidarse. Cuando se hubo quitado el abrigo, él pudo ver también
que su cintura era estrecha y apenas sobresalía una pequeña, sensual
pancita, como la de una mujer que ha sido madre unos meses antes y su
figura está reacomodándose, mientras seguramente le explota adentro
una renovada sexualidad. Se quedó mirándola fijamente,
sin poder respirar, atónito, admirado de la gracia gatuna de esa mujer
espléndida, que acomodó el abrigo en el portaequipajes, ocasión que
él aprovechó para recorrer la línea perfecta de sus piernas, enfundadas
en unas medias negras que parecían emerger de entre la ligerísima tela
blanca del vestido de satén. Rápidamente se le secó la boca, y no abrió
el libro que tenía en la mano. Meneó la cabeza, sonriente, y se dijo
que jamás había visto una mujer igual, que además de la belleza irradiaba
una firme dignidad, una elegancia natural en el porte, en el modo de
sentarse en el asiento de junto, y una calidad espontánea, de esas que
no se aprenden ni se imitan. Y aun su manera de encender ese cigarrillo
larguísimo, finito, de papel negro, cuyo humo aspiró sin ruido para
luego soltarlo despacito, sensualmente, todo le hizo sentir, de súbito,
que su sangre hervía, y supo que ese no sería un viaje tranquilo.Claro
que el problema, reconoció en seguida, era su inglés más que pobre.
Mentalmente, se hizo chistes un tanto procaces, como decirse que con
semejante hembra ni falta que hacía hablar unas palabras. Se prometió
todo lo que le haría si tuviera oportunidad. Sabía perfectamente que
no era la clase de tipo que pasaba inadvertido para las mujeres de buen
ojo. Y esa negra tenía aspecto de saber mirar a los hombres. Pero de
todos modos no pudo evitar sentirse un tanto frustrado: miró hacia afuera
del coche mientras se ponía en marcha, y a su vez encendió un cigarrillo
como planeando alguna forma de abordaje o, acaso, disponiéndose a una
ligera resignación.Cuando llegó a la estación, apenas un par de minutos
antes de que partiera el expreso para Nueva York, y vio a ese tipo que
ascendía al bus, advirtió una súbita inquietud, y casi involuntariamente
se detuvo unos segundos para arreglarse el pelo y se abrió el abrigo
que había cerrado al bajar del taxi. Sabía qué impresión podía causar
con el solo hecho de abrirse el tapado de piel de camello. E instantáneamente
caminó hacia el coche, detrás de ese hombre.Era un fulano que no podía
dejar de ser mirado. Mediría unos seis pies y algunas pulgadas y su
cuerpo era del tipo sólido (no gordo ni mucho menos, pero sí sólido),
grandote sin apariencia de pesado. Vestía con cuidada elegancia y esos
jeans desteñidos, que le calzaban a las maravillas, dibujaban
piernas gruesas, que imaginó muy velludas. Se notaba la fuerza de esas
piernas y le encantó ese trasero alto, duro y todo lo otro; demonios,
era un bulto magnífico.Se quedó mirándolo fijamente, desde atrás, mientras
él se instalaba en el primer asiento de la sección de fumar. Obvio,
se sentaría junto a él. El bus no iba del todo lleno; había otros lugares
vacíos pero ella tenía todo el derecho de elegir su sitio. Y tampoco
le importaba demasiado lo que pensara el tipo. Esas preocupaciones son
de ellos, se dijo, sonriendo para sí, mientras al quitarse el abrigo
hundía su abdomen y su respiración alzaba sus pechos, como globos aerostáticos
de indagación meteorológica. Sabía las catástrofes que podían provocar.
Aprovechó, fugazmente, el pasmo del hombre para ver su mirada. Él no
le quitaba los ojos de encima. Pues bien, que se diera el gusto; hizo
todo muy despacio: puso el abrigo en el portaequipajes, giró lentamente
como para ofrecerle nuevos ángulos de observación y se sentó cruzando
la pierna. El vestido se le trepó varias pulgadas sobre las rodillas.El
tipo era hermoso, de veras. Tenía una nariz pequeña, griega, y una mirada
entre verde y gris, que denotaba algo de miedo, pero a la vez de descaro;
ese tipo no decía que no a una buena oferta, y ella era una oferta sensacional.
Sonrió para sí, pensando en la cara que pondría el tipo si supiera que
ella, bajo el vestido, estaba desnuda; y largó el humo, suave, sensualmente.
Se sentía excitada, aunque a la vez le pareció que algo fallaba. El
tipo tenía un libro en la mano; ella vio de reojo que se trataba de
una obra de Thomas de Quincey. Pero estaba en español, y eso podía ser
un problema. No sabía una sola palabra de español, más que «gracias»
y «porfabor». Se le ocurrió que sería divertido escuchar todo lo que
el tipo podría decir en ese idioma extraño. Bueno, con semejante macho
al lado, quién querría ponerse a charlar. Por un momento cerró los ojos
y se dijo que, si la dejaran, le enseñaría mucho más que a hablar inglés.
Luego se quedó fumando, mentras el bus arrancaba, y sintió un ligero
temor, una cierta resignación impaciente.
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La
noche se hizo en pocos minutos, cuando Buffalo quedó atrás y
él observó el pueblo desde la ventanilla. Qué paisaje tan distinto
de los de su infancia. Qué pulcritud, qué limpieza, pero a la
vez qué falta de misterio. Miró a su vecina de reojo. La negra,
¿cómo se llamaría? ¿Lenda, como suelen decir los gringos a las
que se Ilaman Linda? ¿Algo tan vulgar como Mary? ¿Algo fascinante
como Billy May, como aquel personaje de Tobacco Road,
deCaldwell? ¿O Nancy, ese nombre tan corriente en los
Estados Unidos? Qué curioso ese asunto de los nombres. Una
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designación
es algo tan caprichoso. ¿Por qué una mesa, a la que ya sabemos
representar mentalmente, se llama mesa y no caballo, o libro,
o buganvilla, o matsikechulico? Pero qué importancia tiene una
designación, después de todo, si lo que vale la pena es la materialización.
Esta mujer es hermosa, es negra, una negra bellísima, y no sé
su nombre. Qué importa; sé que es negra, que es bella y que
es mujer. Quizá se llamaría Bella. 0 simplemente Ella; ese nombre
también debía gustarles a los gringos negros. Ella Fitzgerald.
0 quizá fuera un pronombre español; también eso les gustaba
a los gringos: hay mujeres que se llaman Mia, y hay muchas Jo,
y qué estupidez, se dijo, esta divagación absurda para no reconocer
que no me atrevo a hablarle. Porque bien podía suceder que ella
fuera dominicana, o jamaiquina (no, carajo, en Jamaica se habla
inglés). Podía ser cubana, aunque no, estaba muy joven para
ser gusana.
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¿Brasileña? Humm,
difícil, y el portugués también le sonaba a sánscrito. Era gringa, evidentemente,
se notaba en su manera de sentarse, en esa especie de arrogancia de
su porte, en ese aire imperialista aunque fuera negra que
parecía estar diciendo hey, aquí estoy yo. Y cómo no, si se notaba su
turbación, la de él, que ahora miraba de reojo, aunque no quisiera,
el meneo formidable de esos pechos que parecían budines de gelatina.
Pero no gelatinas blanditas, aguadas, sino duras, capaces de hamacarse
todo lo necesario pero conservando su firmeza esencial, su consistencia
cárnea totalmente apetecible.Ella reclinó su asiento y extendió las
piernas, dejando que el vestido, una minifalda, se trepara aún más sobre
sus muslos. Era una invitación, carajo, qué descaro, qué hembra, debe
saber que la estoy mirando, cómo no va a saberlo, si lo hace a propósito,
hija de puta, me calienta impunemente. Y no podía dejar de mirar, siempre
de reojo, las piernas enfundadas y la mini que parecía querer seguir
subiéndose y dios mío cómo será esa vaginita, toda mojada; me tienta,
me tienta, y ahora se me para; ay carajo, es incómodo viajar así, tengo
que hacer algo. Pero en realidad no dejaba de pensar que lo que tenía
que hacer era metérsela, negra linda vas a ver lo que te doy. Y ella,
como respondiendo a sus pensamientos, con los ojos cerrados inclinó
la cabeza hacia él y pareció que sonreía de pura placidez, como disponiéndose
a dormitar recordando la última vez que le habían hecho el amor, acaso
una hora antes, o como una niña que se duerme sabiendo que al día siguiente
su tío más querido la llevará al zoológico. Y miró su boca semiabierta,
de labios perfectamente delineados, de una carnosidad que invitaba a
beber en ellos, húmedos como una pera jugosa pero del color de una cereza
pálida.Y la miró con descaro, jurándose que si ella abría los ojos no
desviaría la mirada; le sonreiría y diría algo en su chapucero inglés
a ver qué pasaba. La observó respirar por la boca, que se empeñaba en
resecársele, y metió su vista en el valle de esos pechos soberbios,
increíblemente grandes y firmes, y se imaginó acariciándolos. No cabrían
en sus manos, sobraría tersura por los cuatro costados. Y los pezones,
ay, se notaban bajo el satén y parecían champiñones puestos al revés,
así de carnosos, así de morenos. Y cuando ella pestañeó sin abrir los
ojos todavía, pero anunciando que los abriría, él desvió los suyos rápida,
vergonzantemente, hasta clavarlos en el respaldo del asiento de adelante,
sintiéndose ruborizado, cobarde como el Henry de Crane antes de Chancellorsville.
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El
tipo miraba hacia afuera, interesado en ver cómo se oscurecía
Buffalo. Sin dudas era extranjero, ningún americano se quedaría
viendo con tal curiosidad la campiña. ¿De dónde sería? No parecía
hispano; seguramente era europeo. Quizás español, por el libro
que tenía. Mexicano no podía ser; ni dominicano ni puertorriqueño.
Era demasiado lindo el tipo. Aunque los españoles tampoco eran
gran cosa. No conocía muchos, pero... Una vez había visto en
el Carnegie Hall a un
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cantante
petiso, de nombre ridículo y medio amanerado. Cantaba bien,
pero nada del otro mundo. ¿Raphael? Sí, y Candy lo adoraba,
pero ella jamás entendió por qué Candy adoraba ciertas cosas.
La entrada le había costado doce dólares; nunca se lo perdonaría.
Miró al hombre de soslayo. ¿Qué edad tendría? No menos de 30
pero no llegaba a los 40. La mejor edad, sonrió, cerrando los
ojos y enderezando las piernas, felina, sensualmente. Juntó
los omoplatos hacia atrás, como desperezándose, conocedora del
efecto que ello provocaría en el fulano, porque sus pechos se
ensanchaban y el satén hasta parecía más brilloso en esa penumbra,
al estirarse por la presión de las ubres. Mantuvo una semisonrisa
mientras pensaba que esa era una edad simpática en los hombres,
pero a la vez aborrecible. Muchos descubren formas de impotencia,
se desesperan, empiezan a descubrir que ya no son los potrillos
de una década antes, sospechan que pasados los 40 ya no servirán
más que para hacer pipí, les resurgen en tropel los más insólitos
temores infantiles. Curiosos, los tipos. Tuvo ganas de reírse.
Si el tipo supiera lo que ella pensaba...
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Se sentía excitada,
pero con miedo. Siempre, las mujeres pensamos que nosotras somos las
únicas que tenemos miedo, se dijo. Los hombres son la seguridad, el
sexo fuerte; nosotras somos lo incierto, el sexo débil. ¿Será verdad?
Respóndeme papacito, háblame, y ay, qué tipo más sabroso. ¿Me dirá algo?
¿Le voy a responder? Tiene linda boca. Y entreabrió los ojos, justo
cuando empezaba a imaginar la pinga del fulano. Era alto, grande, fuerte.
Bien podía ser un mequetrefe. Pero no lo parecía. Había algo en él que
la atemorizaba. ¿Cómo sería se preguntaba con insistencia
puesto a trabajar en una cama? ¿Y su pinga? Muchas veces los hombres
son completamente decepcionantes: cuando no se disculpan porque la tienen
chica, hacen advertencias por si acaso no se les para; o bien la tienen
como de madera pero no la saben usar. 0 si no, son faltos de imaginación,
tanto como la mayoría de las mujeres. Eso, se dijo, eso es lo grave:
la falta de imaginación. Se pasó la lengua por la boca. ¿Por qué lo
provocaba? ¿Por qué se excitaba al coquetearlo, si también ella sentía
miedo? Si cada vez que un hombre la abordaba sentía esa cosa hermosa,
gratificante, de comprobar su poder, pero a la vez temía, no sabía bien
qué, pero temía como una niñita perdida de sus papás. ¡Ah, si el tipo
la mirara en ese preciso instante, en que con los ojos cerrados se pasaba
la lengua por los labios, ja, se volvería loco!Seguramente, él estaba
pensando en cómo iniciar la charla. ¿Qué le diría? Ellos siempre creen
que son originales, pero siempre dicen lo mismo. Todos, lo mismo. Y
una siguiéndoles la corriente sólo si el chico nos interesa, pero también
diciendo lo mismo. Los hombres amplió la sonrisa, escondió la
lengua son como animalitos: torpes, previsibles, encantadores.
Pero también terríficos y peligrosos cuando adquieren fuerza o cuando
se ponen tontos. Que es lo que casi siempre les ocurre.Entonces pensó
en mirarlo a los ojos. No le diría nada, no necesitaba hablar. Sencillamente
le regalaría una mirada, una media sonrisa y bajaría los ojos. Eso sería
suficiente para que él supiera que podía empezar su jueguito. Y vaya
que se lo seguiría. Pero decidió pestañear primero, por si él la miraba
en ese instante; sería como un aviso, y a la vez una incitación. Si
mantenía su mirada al ser mirado y luego le hablaba, cielos, ese tipo
valía la pena.Entonces abrió los ojos y buscó la mirada del hombre,
pero él contemplaba, en extraña concentración, el respaldo del asiento
delantero. No pudo evitar sentirse un tanto frustrada.Durante un rato
se reprochó crudamente su miedo, su cobardía. Decidió que no haría nada
tan estúpido como encender la lucecita de lectura y abrir el libro.
De Quincey le parecía, de repente, el autor menos interesante de toda
la historia de la literatura universal. Prendió otro cigarrillo y, de
nuevo fugazmente, observó de reojo a su compañera. ¿Estaba ella esperando
que él iniciara una conversación? ¿Y qué carajos podría decirle si apenas
hablaba inglés como para no morirse de hambre en los restaurantes? ¿Por
qué mierda no había estudiado ese idioma, o acaso no sabía que en el
mundo desarrollado el que no habla inglés está jodido porque así son
las cosas en esta época? Pero debía reconocer que la barrera no sólo
era el idioma, sino su miedo. Era un gallina infame, un aborrecible
sujeto que se atrevía con las mujeres que intuía más débiles, pero con
ésta que estaba junto, y que parecía un acorazado de la segunda guerra,
toda artillada y más grandota que Raquel Welch, no se atrevía. Era un
pusilánime.Hasta se sintió vulgar, despreciable, porque apenas la espiaba
de reojo, como un voyeurista adolescente que miraba calzones
en los tendederos y se masturbaba imaginándose los contenidos. Cerró
los ojos con fuerza, y terminó el cigarrillo fastidiado consigo mismo,
nervioso y ya casi convencido de que la batalla estaba perdida. Pero,
¿por qué? Si él tenía el sexo hecho un monumento al acero de doble aleación,
y sabía muy bien cómo manejar a semejante muchacha, y la colocaría así,
y le besaría aquí, y la acariciaría allá, y otro poquito así, y ay,
a medida que se imaginaba todo, y la veía desnuda, encandilado por el
brillo incomparable (seguro, debía ser así) de su sexo profundo, negro,
vertical y jugoso como durazno de estación, a medida que fantaseaba
se turbaba más pero también se dolía porque empezaba a pensar, a darse
cuenta de que esos pechos magníficos, esa piel oscura y brillosa y como
bañada en aceite de coco, esas piernas monumentales como obeliscos paralelos,
no serían para él.Le empezó a doler la cabeza. Cerró los ojos y se dijo
que lo mejor era dormirse. Llegarían a Nueva York al amanecer.
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Durante
un rato, esperó que el hombre le hablara, pero al cabo se dio
cuenta de que no lo haría. ¿Era que no le gustaba? No, no podía
ser. La forma como la había mirado. Demonios, era obvio que
él la espiaba; pero se lo notaba turbado. ¿Por qué no le decía
algo, por qué no le ofrecía fuego cuando ella, ahora, encendía
también otro cigarrillo? ¿Sería gay, acaso? Caramba,
no lo parecía. De ninguna manera, ella había visto la codicia
en sus ojos, varias veces. Si hasta le costaba tragar saliva
cuando por cualquier movimiento a ella parecían elevársele los
pechos.
Estaba
caliente. A pesar del frío de la noche, de esos campos nevados
que atravesaban, estaba excitada. Tenía muchas, muchísimas ganas
de que semejante padrillo la montara. Porque debía ser un padrillo,
caray, cómo se le abultaba la mercadería debajo del pantalón;
le recordaba a esos sementales de las granjas de Oklahoma, que
pacían tranquilos, indiferentes, con esas mangueras negras que
les colgaban como flecos. Mejor cambiaba de tema. Aunque no
podía. Quizás el tipo estaba cobrando coraje, adquiriendo fuerza.
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¿Qué
le pasaba? ¿Acaso ella lo había amilanado? ¿Acaso resultaba
tan impresionante que el otro se retraía? A veces sucede eso
con nosotras las mujeres, se dijo, asustamos a los hombres.
0 si no, ¿podía ser que fuera un asqueroso racista, un cerdo
wasp que se vomitaba ante una negra a pesar de que sé
muy bien que estas tetas y toda mi carrocería lo tienen con
el pene endurecido? ¿Sería un cerdo, inmundo marica racista?
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No, leía en español;
debía ser un latino, un hispano y esos son racistas con sus indios.
Casi no tienen negros, dice Candy, y al contrario, parece que se vuelven
locos pensando en que algún día puedan hacerlo con una negra. Ja, Candy
dice cada cosa. Pero, como fuere, el fulano sigue en lo suyo. Incluso,
me doy cuenta de que me espía y luego cierra los ojos, como ahora. No
entiendo, es un idiota; no sabe lo que se pierde. Pero ella tampoco,
se dijo, también se lo estaba perdiendo al semental, dios, y entonces,
¿por qué no le digo algo, yo, y empiezo la charla? No, mejor no, a ver
si es, no más, un asqueroso marica racista. Que hable él o calle para
siempre. Mierda, si fuera un negro ya estaríamos saltando uno arriba
del otro. Y se rió, nerviosa, excitada, pero a la vez con la decepción
de pensar que la noche era todavía larga, y no era lindo dormir en el
bus al lado de semejante espécimen, sin hacer nada. Y llegarían a Nueva
York a las seis y media de la mañana. Qué desperdicio.No podía saber
la hora, pero el traqueteo del camión era acompasado y supuso que ya
debían estar en el estado de Nueva York. No hacía falta mirar el reloj:
con la calefacción del autobús al máximo, ahora que estaba abrazado
a esa hembra se sentía sensacional. La casualidad era sabia: se habían
encontrado en el último asiento del carro, que providencialmente estaba
vacío, junto al pequeño baño, y ahí coincidieron y cambiaron unas sonrisas.
Él, en una curva, medio se cayó sobre ella, quien no se resistió, y
así se quedaron, abrazados, y empezaron a hacerlo, y ahora ella le lamía
la oreja derecha y decía daddy, daddy, y él tocaba sus
pechos, dios mío, decía, nunca he tocado algo igual, y era asombroso
porque ella estaba semidesnuda, con las tetas fuera del vestido, y la
mini levantada completamente, y con las piernas abiertas, sobre él,
a horcajadas.A ella algo le decía que era la una de la mañana. La una,
número uno, número fálico, como eso que sentía metido adentro. Oh, dios,
cómo le gustaba. Lo tenía descamisado al padrillo; y su pecho era tan
peludo como lo había imaginado, y recorría con los dedos esa maraña
y le acariciaba con violencia las tetillas, y él respondía, se excitaba
y decía cosas en español, «porfabor, porfabor», y se hundían en el otro
con desesperación y alcanzaban un orgasmo atómico, universal; ese hispano
era un macho soñado, maravilloso, tierno y bruto como les gustan los
hombres a las mujeres, y dios mío, se decía, qué miembro, qué pene,
qué palo, qué lingote de acero, y le daba y le daba, y ella pedía y
él daba, y él pedía y ella daba, claro que le daba, le daría todo lo
que quisiera esa noche inolvidable.Los dos despertaron cuando el Greyhound
entró en el Lincoln Tunnel, y el ritmo acompasado se mutó por un sonido
como hueco, cuando cambió la presión en el momento en que el bus fue
cubierto por el río Hudson y las luces del túnel dieron la sensación
ineludible de que estaban en un tiempo que era imposible de precisar,
que podía ser ayer o nunca, o mañana o siempre, y la mañana o la tarde
o la noche. Despertaron casi a la vez y se dieron cuenta, sorprendidos
y amodorrados, de que tenían las manos entrelazadas: la derecha de él
con la izquierda de ella. Se miraron las manos que formaban una extraña
figura asimétrica pero hermosa, como una bola amorfa de chocolate blanco
y chocolate, y de inmediato desanudaron, a causa del azoro, esa figura
que él pensó irónicamente hermosa y fugaz, y ella pensó fugazmente hermosa
e irónica.Y aunque no se miraron a los ojos, ni les importó ver la hora,
los dos supieron que sonreían. A él se le habían pasado la turbación
y el miedo a un supuesto enojo por su atrevimiento; y a ella se le habían
pasado la excitación y la decepción de la noche porque él no hacía nada.
Y cuando llegaron a la estación de la calle 42, en silencio, sin mirarse,
cada uno decía para sí mismo, sin que el otro lo supiera, que había
sido un sueño hermoso, mamacita, y que what a dream, guy. Hasta
que abandonaron los asientos y bajaron del camión, y sin saludarse,
los dos con leve desilusión y a la vez intrigados por un sueño que adivinaron
común y compartido, se fueron cada uno por su lado a la gélida mañana
neoyorquina, que los recibió con una nieve lenta, morosa, asexuada.
Mempo Giardinelli (Resistencia, Chaco, 1947). Ha publicado,
entre otros, Luna caliente (Premio Nacional de Novela en México,
1983), Santo oficio de la memoria (novela, VIII Premio Internacional
Rómulo Gallegos, 1993; Seix Barral, 1997), El país de las maravillas
y Los argentinos en el fin del milenio (ensayo, Planeta,
1998).Este cuento forma parte del libro de próxima aparición Puro
Erotismo (Santiago, Chile, Ediciones Lom). |