Ocultó sus ojos tras los párpados Por Diana Ospina
El estómago de Ángela pareció no advertir una curva que surgió de pronto frente a sus ojos, descubriendo un yarumo plateado que sobresalía en medio de un pequeño bosque nativo. Miró a través de la ventanilla del carro. La neblina cubría las montañas y la humedad hacía que el verde brotara lleno de una fuerza inusitada, traspasando hasta la superficie que vestía las hojas con un rocío diminuto. Más adelante, un nuevo giro la sobrecogió; respiró hondo, llenándose primero el pecho y luego el vientre en el que se revolvía el olor del eucalipto, del pino silvestre y de la tierra húmeda, con el frío que le agitaba las vísceras, mientras trataba de no escuchar a Jorge, quien seguía hablando de su trabajo. -Mi jefe es un excelente vendedor -dijo otra vez, acentuando con una risita que aparentaba ser ingenua. Actúa de tal manera que hace que las personas lo busquen -continuó diciendo pausadamente, observando por momentos los movimientos de Ángela sobre el espaldar de la banca. El vértigo la acosó lanzando gritos desafinados en el centro de su cuerpo. Recostó la cabeza sobre la silla. Su pecho subía y bajaba, una vez tras otra, queriendo escapar. Jorge acarició su muslo. Levantó el tono de su voz, mientras hablaba de su jefe con una sonrisa de mentiras, como si fuera él mismo quien se mirara con ojos cómplices y zalameros. -¡Qué man tan verraco! Es capaz de lograr lo que sea. ¿Y sabes qué? Siempre termina convenciendo a los demás... pero no es que esté detrás de la gente. ¡Nada, hermana! Todo lo contrario... -¡Tratá de ir más despacio! -interrumpió Ángela mientras el carro tomaba una curva interminable; sintió que sus ojos habían rotado 360 grados, al tiempo que las punzadas en la mitad de su cuerpo atacaban con violencia, produciéndole unos deseos repentinos de vomitar. -Un día vi cómo le ofrecía un computador a un cliente... -dijo, pero Ángela no lo escuchó más, sacó la nariz por la ventanilla y empujó por los orificios todo el aire que presionaba su cara; llenó primero el vientre, luego el pecho... y allí, buscando con desespero la calma, brotó un recuerdo apagado por el tiempo. Cerró los ojos, respiró muy lentamente una y otra vez, mientras Jorge continuaba hablando acerca de las estrategias de venta de su jefe, pero ella hacía rato había cazado otro momento pasado y ya no lo escuchaba.
-Es subiendo por este camino -contestó él, y giró a la derecha de la carretera por un camino destapado, en medio de las flores que crecían a uno y otro lados, moviéndose con desgano, luciendo un púrpura intenso que hizo sentir a Ángela un poco triste. Al llegar a la finca, Ángela se sentó en una tarima que había en el corredor. Un perro se acercó moviendo la cola y olisqueó su falda. Jorge abrió la puerta principal, estiró su cuerpo al lado de Ángela y recostó la cabeza sobre sus muslos. Ahora era ella quien no cesaba de hablar: le preguntaba por el nombre de las flores que brotaban como fuentes de colores en las canastas que tenía en el corredor; por el nombre del perro que no dejaba de mover la cola y buscar juego. Jorge, con sus manos inquietas, abría caminos aquí y allá deslizándose por su rostro, por sus senos, por sus muslos. De momento la tibieza de sus manos sobre su cuerpo, como si fueran las ondas de un río, la doblegaban a un abandono, a un estremecimiento súbito que la desvanecía por unos instantes fugitivos; sus ojos se entrecerraron mientras Jorge acariciaba sus labios, y un leve temblor le sobrevino. Ángela abrió los ojos y apartó su cuerpo con brusquedad. Acarició el perro que continuaba dando saltos de cachorro mimado y juguetón. Jorge insistió con nuevas delicadezas y ternuras, pero al más fuerte desvanecimiento de Ángela le seguía un nuede sus manos sobre su cuerpo, como si fueran las ondas de un río, la doblegaban a un abandono, a un estremecimiento súbito que la desvanecía por unos instantes fugitivos; sus ojos se entrecerraron mientras Jorge acariciaba sus labios, y un leve temblor le sobrevino. Ángela abrió los ojos y apartó su cuerpo con brusquedad. Acarició el perro que continuaba dando saltos de cachorro mimado istió con nuevas delicadezas y ternuras, pero al más fuerte desvanecimiento de Ángela le seguía un nuede sus manos sobre su cuerpo, como si fueran las ondas de un río, la doblegaban a un abandono, a un estremecimiento súbito que la desvanecía por unos instantes fugitivos; sus ojos se entrecerraron mientras Jorge acariciaba sus labios, y un leve temblor le sobrevino. Ángela abrió los ojos y apartó su cuerpo con brusquedad. Acarició el perro que continuaba dando saltos de cachorro mimado y juguetón. Jorge insistió con integridad minuciosa para imponerla a mi realidad. Anhelo ver nuestros cuerpos reflejados en un espejo cómplice y silencio sus palabras con un beso urgente. En el ambiente el ondear de tonadas musicales que pasan directo por nuestros poros conjuga una danza de olores y sabores que emanan de su cuerpo y que ya mi mente no alcanza a procesarlos porque el instinto les ha ganado la batalla. Jorge se sintió extraño. Por primera vez Ángela se doblegaba a las caricias y a los besos... acomodaba su cuerpo y se estrechaba con urgencia sobre su sexo, que se cargaba una y otra vez de fuerza lúbrica; pero de pronto el ladrido del perro obligó a Ángela a abrir los ojos y de inmediato se separó con brusquedad. -¿Por qué me miras así? -le preguntó Jorge alejando el perro con la mano. -Me asusté, es que creí que estaba... -se interrumpió. -¿Dónde queda el baño? -preguntó Ángela levantándose con rapidez de la tarima. Antes de que el sol abandonara definitivamente el día, salieron a dar una vuelta por la finca. Había entre ellos una pasión refrenada desde hacía tiempo. Ambos sentían cómo la unión de sus pieles les despertaba un mundo que se agitaba con ligereza por sus cuerpos. Sin embargo, Ángela escapó todo el tiempo del cuerpo de Jorge, y cuando estuvo a punto de oscurecer, ambos subieron al carro con cierto desgano. Al salir a la carretera, Ángela miró a través de la ventanilla, pero la noche había hecho desaparecer el paisaje. Jorge puso un casete mientras conducía en silencio. Ella recostó la cabeza sobre la silla y de nuevo apareció esa noche de amor fallido que se obstinaba en sustraerla de su presente.
-¿Por qué no podemos estar juntos en este preciso momento? -le hablo con voz mojada sobre su oreja. Él trata de de tranquilizarme con caricias contenidas. -Tómalo con calma. ¿No crees que es mejor en un lugar cómodo? Dentro de poco me entregan la finca. Allá es más romántico... -me susurra, recostando mi cabeza sobre su hombro y dándome palmaditas consoladoras, mientras yo me ahogo entre los cortejos de sombras que rebotan de un lado a otro por mi cuerpo derrotado una vez más ante las palabras -que no cesaron de imaginar lo que sería esa gran noche de amor que nunca llegó-. -... el hilito de luz de una vela chorreando sobre nuestras prendas inútiles, desmadejadas, y tú tendida sobre mi cuerpo -habla con dulzura y su voz sólo consigue aterrizar en mi propio cuerpo, ahora más sola que sola. -No te durmás que me siento como si estuviera solo -dijo Jorge rozando la cabeza de Ángela. El carro avanzaba a una velocidad media y él deslizó la mano por las piernas largas de Ángela, quien no pareció reaccionar, absorta en sus pensamientos. Sonó un nuevo tema musical y Jorge le susurró algo dulzón, metiendo su mano por entre la falda mientras reducía la velocidad del carro. Ángela siguió tendida sobre la silla sin abrir los ojos, humedecidos por las lágrimas.
Diana Ospina es profesora de la Universidad de Antioquia, escritora y guionista. Fue coguionista de La vendedora de rosas. Este relato pertenece al libro de cuentos inéditos Juventud en clave de rosa. |
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