Ocultó sus ojos tras los párpados

 Por Diana Ospina
Dibujos de Heinz Göll

Revista Número 22  

A media altura de un árbol indeterminado, un pájaro invisible, ingeniándose en hacer más corto el día, exploraba con una sola nota la soledad circundante, pero dábale ésta una réplica tan unánime, le devolvía un golpe tan redoblado de silencio e inmovilidad, que se hubiera dicho como si no lograra más que detener para siempre aquel mismo instante que intentaba hacer más rápidamente pasajero"

-Marcel Proust


El estómago de Ángela pareció no advertir una curva que surgió de pronto frente a sus ojos, descubriendo un yarumo plateado que sobresalía en medio de un pequeño bosque nativo. Miró a través de la ventanilla del carro. La neblina cubría las montañas y la humedad hacía que el verde brotara lleno de una fuerza inusitada, traspasando hasta la superficie que vestía las hojas con un rocío diminuto. Más adelante, un nuevo giro la sobrecogió; respiró hondo, llenándose primero el pecho y luego el vientre en el que se revolvía el olor del eucalipto, del pino silvestre y de la tierra húmeda, con el frío que le agitaba las vísceras, mientras trataba de no escuchar a Jorge, quien seguía hablando de su trabajo.

-Mi jefe es un excelente vendedor -dijo otra vez, acentuando con una risita que aparentaba ser ingenua. Actúa de tal manera que hace que las personas lo busquen -continuó diciendo pausadamente, observando por momentos los movimientos de Ángela sobre el espaldar de la banca.

El vértigo la acosó lanzando gritos desafinados en el centro de su cuerpo. Recostó la cabeza sobre la silla. Su pecho subía y bajaba, una vez tras otra, queriendo escapar. Jorge acarició su muslo. Levantó el tono de su voz, mientras hablaba de su jefe con una sonrisa de mentiras, como si fuera él mismo quien se mirara con ojos cómplices y zalameros.

-¡Qué man tan verraco! Es capaz de lograr lo que sea. ¿Y sabes qué? Siempre termina convenciendo a los demás... pero no es que esté detrás de la gente. ¡Nada, hermana! Todo lo contrario...

-¡Tratá de ir más despacio! -interrumpió Ángela mientras el carro tomaba una curva interminable; sintió que sus ojos habían rotado 360 grados, al tiempo que las punzadas en la mitad de su cuerpo atacaban con violencia, produciéndole unos deseos repentinos de vomitar.

-Un día vi cómo le ofrecía un computador a un cliente... -dijo, pero Ángela no lo escuchó más, sacó la nariz por la ventanilla y empujó por los orificios todo el aire que presionaba su cara; llenó primero el vientre, luego el pecho... y allí, buscando con desespero la calma, brotó un recuerdo apagado por el tiempo. Cerró los ojos, respiró muy lentamente una y otra vez, mientras Jorge continuaba hablando acerca de las estrategias de venta de su jefe, pero ella hacía rato había cazado otro momento pasado y ya no lo escuchaba.

Nuestros ojos se reflejan sobre las vidrieras del ventanal. Abajo, la ciudad es un hoyo negro lleno de luces. Hoy, Alberto y yo estamos celebrando nuestro primer año de conocidos... Yo con la juventud que me regala la certidumbre de ser él ese gran amor necesario, ese primer y único amor; y él, con la madurez que trae la incertidumbre de entregarse a un nuevo amor, sin importarle ya el lugar que ocupe, ni el tiempo que dure. Vi su cara reflejada en el vidrio, giré mi cuerpo y de pronto Alberto recobró una existencia que pareció prolongarse desde el ventanal y que sentí latir cercana y propia... Me lancé a sus labios reclamando un derecho de siglos atrás, y su aliento apuró mis sentidos. Cerca del ombligo unas ramas ardientes se extendieron en todas las direcciones, mis dedos en su piel, mis labios entre los suyos, su lengua en mi boca… Me estreché a su cuerpo, pero Alberto frenó mi impulso interrumpiendo nuestro abrazo. Me invitó a sentarme en una mesa cercana a una fogata y pedimos un trago mientras sonaba un bolero que atravesaba la noche con su murmullo de nostalgias. El mesero trajo dos copas de brandy y las colocó sobre la mesa; Alberto me entregó una y tomó la otra.

-¡Feliz aniversario! -me dijo, mientras chocaba su copa contra la mía. Ambos bebimos un pequeño sorbo y de nuevo me acerqué a  sus labios, aspiré su aliento tibio y ahora dulzón, nos besamos

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largamente, sin palabras, sin ningún pensamiento. Sus dedos en mis labios, el índice en el orificio de mi boca, entre el paladar y la lengua, mientras su olor navega por mi cuerpo que sólo encuentra sentido si se confunde con el suyo.

Jorge estacionó el carro al lado de una tienda. Luego saludó a un señor que se asomó por una ventanita y le preguntó algo sobre un fertilizante. Ángela abrió los ojos, respiró con resignación y observó a Jorge mientras hablaba de las bondades del químico.

-¿Todavía falta mucho? -preguntó Ángela mientras el carro se ponía en marcha.

-Es subiendo por este camino -contestó él, y giró a la derecha de la carretera por un camino destapado, en medio de las flores que crecían a uno y otro lados, moviéndose con desgano, luciendo un púrpura intenso que hizo sentir a Ángela un poco triste.

Al llegar a la finca, Ángela se sentó en una tarima que había en el corredor. Un perro se acercó moviendo la cola y olisqueó su falda. Jorge abrió la puerta principal, estiró su cuerpo al lado de Ángela y recostó la cabeza sobre sus muslos. Ahora era ella quien no cesaba de hablar: le preguntaba por el nombre de las flores que brotaban como fuentes de colores en las canastas que tenía en el corredor; por el nombre del perro que no dejaba de mover la cola y buscar juego. Jorge, con sus manos inquietas, abría caminos aquí y allá deslizándose por su rostro, por sus senos, por sus muslos. De momento la tibieza de sus manos sobre su cuerpo, como si fueran las ondas de un río, la doblegaban a un abandono, a un estremecimiento súbito que la desvanecía por unos instantes fugitivos; sus ojos se entrecerraron mientras Jorge acariciaba sus labios, y un leve temblor le sobrevino. Ángela abrió los ojos y apartó su cuerpo con brusquedad. Acarició el perro que continuaba dando saltos de cachorro mimado y juguetón. Jorge insistió con nuevas delicadezas y ternuras, pero al más fuerte desvanecimiento de Ángela le seguía un nuede sus manos sobre su cuerpo, como si fueran las ondas de un río, la doblegaban a un abandono, a un estremecimiento súbito que la desvanecía por unos instantes fugitivos; sus ojos se entrecerraron mientras Jorge acariciaba sus labios, y un leve temblor le sobrevino. Ángela abrió los ojos y apartó su cuerpo con brusquedad. Acarició el perro que continuaba dando saltos de cachorro mimado istió con nuevas delicadezas y ternuras, pero al más fuerte desvanecimiento de Ángela le seguía un nuede sus manos sobre su cuerpo, como si fueran las ondas de un río, la doblegaban a un abandono, a un estremecimiento súbito que la desvanecía por unos instantes fugitivos; sus ojos se entrecerraron mientras Jorge acariciaba sus labios, y un leve temblor le sobrevino. Ángela abrió los ojos y apartó su cuerpo con brusquedad. Acarició el perro que continuaba dando saltos de cachorro mimado y juguetón. Jorge insistió con integridad minuciosa para imponerla a mi realidad. Anhelo ver nuestros cuerpos reflejados en un espejo cómplice y silencio sus palabras con un beso urgente. En el ambiente el ondear de tonadas musicales que pasan directo por nuestros poros conjuga una danza de olores y sabores que emanan de su cuerpo y que ya mi mente no alcanza a procesarlos porque el instinto les ha ganado la batalla.

Jorge se sintió extraño. Por primera vez Ángela se doblegaba a las caricias y a los besos... acomodaba su cuerpo y se estrechaba con urgencia sobre su sexo, que se cargaba una y otra vez de fuerza lúbrica; pero de pronto el ladrido del perro obligó a Ángela a abrir los ojos y de inmediato se separó con brusquedad.

-¿Por qué me miras así? -le preguntó Jorge alejando el perro con la mano.

-Me asusté, es que creí que estaba... -se interrumpió.

-¿Dónde queda el baño? -preguntó Ángela levantándose con rapidez de la tarima.

Antes de que el sol abandonara definitivamente el día, salieron a dar una vuelta por la finca. Había entre ellos una pasión refrenada desde hacía tiempo. Ambos sentían cómo la unión de sus pieles les despertaba un mundo que se agitaba con ligereza por sus cuerpos. Sin embargo, Ángela escapó todo el tiempo del cuerpo de Jorge, y cuando estuvo a punto de oscurecer, ambos subieron al carro con cierto desgano. Al salir a la carretera, Ángela miró a través de la ventanilla, pero la noche había hecho desaparecer el paisaje. Jorge puso un casete mientras conducía en silencio. Ella recostó la cabeza sobre la silla y de nuevo apareció esa noche de amor fallido que se obstinaba en sustraerla de su presente.

De regreso a la ciudad mi cuerpo se estremece cada vez que Alberto parece mermar la velocidad o cuando pasa cerca de alguna entrada de una vereda o por un motel; pienso que es ahí donde haremos el amor. Pero el carro sigue de largo. Ésta no es la primera vez que él niega mi placer. Siempre que reclamo su cuerpo termino desencajada, reprochándome la incapacidad para seducirlo. Después de una nueva

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curva, veo a lo lejos un anuncio de un motel. De nuevo el corazón da rezongos alocados, mientras una bola de fuego se extiende por mi cuerpo. Me veo por instantes en cualquier sitio, su cuerpo dentro del mío, con la certeza de ser tan sólo él y yo, más allá de todo... juntos el principio y el fin, el mar brioso y la montaña que se agita con desafueros sin límites y me estruja por todos los rincones de mi cuerpo... pero Alberto ahoga mi esperanza, acelera con la mirada fija sobre la carretera, el carro hace un respingo casi imperceptible frente a la entrada del motel y sigue de largo.

-¡Qué lástima no poder estar contigo! -la voz tímida de Jorge sacó a Ángela de sus recuerdos.

-Es que... no sé, me siento mal -empezó a hablar, pero Jorge la interrumpió.

-Lo que pasó fue que no puse suficiente empeño para seducirte...  -Ángela sonrió, oprimió el botón del casete y lo sacó.

-¿No tienes otra música? -dijo buscando en la guantera. El carro estaba en marcha. Jorge puso un nuevo casete. Ella se dejó llevar por los acordes de un piano reposado y sensual que los 

tranquilizaba un poco a ambos. Miró a través de la ventanilla. En la noche su cuerpo soportaba las curvas sin marearse. Se dejó ir tras las lucecitas que aparecían y desaparecían en la distancia.

Ahora mi novio conduce con una mano, con la otra me acaricia, mientras su olor agita mis pensamientos que vagan como fragmentos aislados... y dentro de mi ser combate un ejército de sensaciones que explotan haciendo fuego aquí y allá, hasta que de pronto una imagen irrumpe con un brote de lágrimas:

-¿Por qué no podemos estar juntos en este preciso momento? -le hablo con voz mojada sobre su oreja. Él trata de de tranquilizarme con caricias contenidas.

-Tómalo con calma. ¿No crees que es mejor en un lugar cómodo? Dentro de poco me entregan la finca. Allá es más romántico... -me susurra, recostando mi cabeza sobre su hombro y dándome palmaditas consoladoras, mientras yo me ahogo entre los cortejos de sombras que rebotan de un lado a otro por mi cuerpo derrotado una vez más ante las palabras -que no cesaron de imaginar lo que sería esa gran noche de amor que nunca llegó-.

-... el hilito de luz de una vela chorreando sobre nuestras prendas inútiles, desmadejadas, y tú tendida sobre mi cuerpo -habla con dulzura y su voz sólo consigue aterrizar en mi propio cuerpo, ahora más sola que sola.

-No te durmás que me siento como si estuviera solo -dijo Jorge rozando la cabeza de Ángela. El carro avanzaba a una velocidad media y él deslizó la mano por las piernas largas de Ángela, quien no pareció reaccionar, absorta en sus pensamientos. Sonó un nuevo tema musical y Jorge le susurró algo dulzón, metiendo su mano por entre la falda mientras reducía la velocidad del carro. Ángela siguió tendida sobre la silla sin abrir los ojos, humedecidos por las lágrimas.

Faltan menos de tres kilómetros para llegar a la ciudad. Otra vez mi corazón de animal asustado se agita mientras Alberto conduce con lentitud y acaricia mi cuerpo, haciendo surgir de nuevo corrientes infinitas de fuerza y desmayo. Su rostro, su cuello, su pecho, aparecen entre mi boca como fragmentos de vida que recobro con cada succión, vez a vez más urgente y necesaria, como un bebé de días con el pecho de su madre. Recuesto mi cabeza sobre sus piernas musculo-sas, desabrocho su pantalón y le bajo el cierre descubriéndole la cabeza de su miembro que brota erecto con un olor invisible y fijo, perdiéndose por instantes entre mi boca, para volverlo a encontrar cargado de la sangre y el calor que se propaga sin límites por mi recuerdo. Ahogo un grito en mi boca, y mientras tomo su sexo una y otra vez, se filtra un secreto que me devuelve a un estado total, absoluto... De pronto, en contra de todas sus ideas, él se sale de la carretera y da reversa en una entrada que conduce a alguna vereda. Allí, sin hablar, se levanta de su asiento, me trata con cierta violencia inusual que no reconozco en él, me levanta la falda y me deja un beso tibio por encima del calzón. Luego toma mis caderas, las corre hasta el borde de la banca del carro y mientras apoyo los pies en el parabrisas él, sin quitarme el calzoncito, hace a un lado la parte que cubre mi pubis y penetra con su órgano macizo la oquedad de mi sexo, invadido una y otra

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vez por la fuerza y la desmesura que me envuelve en el amor soñado, el amor primero, el amor de siempre, él, yo lo sé, porque en mí ya no habitan las palabras, ni el pensamiento que ha sido arrebatado en cada movimiento que engendra una forma enigmática y en cada forma que se enlaza a otra y a otra, en medio del gemido acompasado de los grillos, del viento que silba tonadas de siglos atrás, metiéndose en medio de las ondulaciones de nuestros cuerpos, que se encuentran al fin para ser uno solo.

La música dejó de sonar, y el ruido que produjo el casete al terminar hizo que Ángela abriera los ojos y, aturdida por un grito insondable, se incorporara separándose con brusquedad del cuerpo de Jorge, quien se subió el pantalón, se acomodó torpemente en su asiento, encendió el motor del carro y continuó su viaje de regreso mientras el ambiente era invadido por un silencio que ahora les pertenecía a ambos.

 

Diana Ospina es profesora de la Universidad de Antioquia, escritora y guionista. Fue coguionista de La vendedora de rosas.

Este relato pertenece al libro de cuentos inéditos Juventud en clave de rosa.

 

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